adiós, Sharazad

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El murmullo de los abanicos de plumas apenas lograba quebrar el solemne silencio del harén. Mihrimah Sultan, radiante con la gracia de su juventud y la altanería de su linaje, caminaba a paso firme entre las columnas de mármol. Sus ojos, serenos y calculadores, dejaban claro a todos que aquella niña ya no era una criatura inocente; sabía más de lo que aparentaba, y había aprendido muy pronto qué debía aceptar… y qué jamás debía tolerar.

Una figura, vestida con sedas apagadas, se cruzó en su camino. Era Mahidevran Sultan, cuyo porte aún conservaba un aire de la realeza, pero cuyo rostro delataba amargura y orgullo herido. Se inclinó en una reverencia forzada, bajando los ojos.

—Sultana. —Saludó Mahidevran, su voz temblando entre la cortesía y el desprecio.

—Sultana Mahidevran, —replicó Mihrimah, con una sonrisa helada—, ¿cómo se encuentra mi hermano Mustafa?

—Muy bien, gracias a Allah. —respondió la mujer, casi en un susurro.

—Me alegra oírlo. —añadió Mihrimah, con una educación impecable—. Si ve a la sultana Raziye, dígale que me gustaría merendar con ella.

La joven ya se disponía a marcharse cuando sintió una mano áspera sujetarle el brazo. Las criadas de Mihrimah, Ayla Hatun y Süleyman Agha, reaccionaron de inmediato, tensándose como halcones a punto de atacar.

—¡Tenga cuidado, sultana! —escupió Mahidevran con voz cargada de odio—. Sé que su afecto hacia mis hijos no es genuino. Usted... ¡usted no es más que una farsante!

Mihrimah, sin inmutarse, giró lentamente el rostro hacia ella. Sus ojos grises, fríos como el acero, chispearon de ira contenida.

—¿Y tú, sultana? —susurró con una dulzura venenosa—. ¿Qué eres entonces? ¿Una madre devota... o una asesina desesperada?

—¡Suelte a la sultana! —gritó Ayla Hatun, mientras Süleyman Agha apartaba de un empujón a Mahidevran.

—¡¿Qué crees que haces, sirviente?! —bramó Mahidevran, lívida.

—Cumplo órdenes de su majestad el Sultán. —replicó Süleyman sin bajar la mirada—. Debo proteger a la sultana Mihrimah, incluso de mujeres como usted.

Mihrimah, imperturbable, inclinó la cabeza ligeramente.

—Yo que tú no volvería a tocarme, Gulbahar Hatun. —pronunció con voz glacial.

El antiguo nombre de Mahidevran cayó sobre ella como una maldición. La mujer abrió los ojos de par en par, retrocediendo tambaleante, como si las palabras de la niña hubieran sido un cuchillo directo al corazón.

 La mujer abrió los ojos de par en par, retrocediendo tambaleante, como si las palabras de la niña hubieran sido un cuchillo directo al corazón

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En los aposentos más apartados, en una sala bañada de cálida luz de ocaso, Hürrem Sultan recibía a Sharazad. La pelinegra la abrazó largamente, con una ternura desesperada, como quien abraza algo que está a punto de perder.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora