El nacimiento de una rebelión

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La rebelión estalló con furia en el corazón del Palacio de Topkapi. Las puertas de mármol temblaron con los primeros embates, y la armonía del harén se desmoronó como cristal quebrado. Un caos violento se apoderó de los corredores, y el miedo se extendió como una sombra viva.

Hürrem se atrincheró con Suheyla y Nurhan en uno de los salones interiores. Su vientre, ya abultado por la vida que crecía dentro de ella, se contraía al compás del temor. Mientras tanto, Mahidevran, con el rostro pálido y los labios apretados, se había refugiado junto a la sultana madre Hafsa en sus aposentos, abrazando con fuerza al joven príncipe Mustafa como si pudiera fundirlo con su propio cuerpo para protegerlo. Hatice, a su vez, mantenía a Raziye escondida contra su pecho, envuelta en rezos y lágrimas.

Los jenízaros corrían a resguardar las puertas, pero los traidores conocían las rutas ocultas. Aprovecharon la confusión para infiltrarse con la ayuda de los cipahis, soldados enemigos del cuerpo de élite. Las puertas crujían, los muros se llenaban de ecos de gritos y llantos. La traición se paseaba como una víbora entre las columnas del palacio.

En el interior del harén, Sumbul, Daye y Firial observaban con el rostro desencajado el derrumbe de la seguridad. Sus ojos estaban cargados de angustia.

-Daye... -susurró Firial, acercándose a la mayor con el rostro crispado-. Debo ir con la señorita Hürrem.

-No, Firial. Es una locura -Daye negó con firmeza-. No saldrás de aquí.

-Por Allah... ¡lleva en su vientre un hijo del sultán! Si algo le sucede...

-Tiene criadas que la atienden. -Pero Daye no pudo terminar de justificar su frialdad, pues la sultana madre oyó la conversación.

-¡Sumbul! -ordenó con voz clara y autoritaria-. Ve por la señorita Hürrem.

Daye apretó los labios. Arriesgar a Sumbul era doloroso, pero no tanto como enviar a Firial. Aquel joven eunuco había estado a su lado muchos años, pero Firial... ella era como una hija. La había criado desde niña, le había enseñado a caminar entre las sombras del harén sin ser devorada por ellas. Su corazón se desgarraba, pero sabía que no había opción.

Sumbul desapareció por la puerta, que fue cerrada tras él con más jenízaros cubriendo el pasillo. Dentro, las mujeres reunidas empuñaban cualquier objeto que pudiera servir de arma: candelabros, jarras de cobre, estatuillas. Estaban listas para defender a sus princesas hasta el final.

En los aposentos de Hürrem

-¡Debemos huir! -gritó Nurhan, con los ojos desorbitados.

-¡No! El sultán vendrá a detener esta locura -respondió Suheyla, intentando controlar la situación.

-¡No lo hará! -rugió Hürrem, la voz rota por la desesperación-. Suleimán no nos fallará... pero no llegará en este mismo instante.

Suheyla golpeó la mesa con el puño, un sonido seco que resonó entre las paredes-. ¡Qué osadía! En todos los años que trabajé para Hatice Sultán jamás vivimos algo así...

-Silencio -dijo Hürrem con una calma inquietante-. A nosotras nadie nos protege. Debemos pensar, no ceder al miedo.

-Tú debes esconderte -ordenó Suheyla, empujando con suavidad a la pelirroja lejos de la puerta-. Llevas la sangre de la dinastía en tu vientre.

Nurhan se acercó, decidida-. Te protegeremos, Hürrem. Lo juro por Allah.

Las puertas comenzaron a ser golpeadas con fuerza. Gritos de mujeres ultrajadas, arrastradas, golpeadas hasta la muerte, llenaban el aire. El palacio entero era un campo de batalla. Algunos corredores ya ardían. Las llamas devoraban los tapices dorados, las ventanas teñidas de rojo reflejaban el infierno que avanzaba desde el corazón del palacio.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora