Su Majestad Mustafa.

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Las sombras se alargaban por los pasillos del Topkapi, como si la propia oscuridad conspirara con los traidores. Nadie estaba a salvo. Nadie podía confiar ni siquiera en el perfume que se deslizaba por la seda de sus vestidos. Todos, sin excepción, estaban siendo castigados.

Hace dos meses Ibrahim, con el semblante de un mártir altivo, había aceptado su castigo con una dignidad fingida. Lo que Suleimán sabía -o creía saber- era que Firial y él habían compartido más que miradas. Aquel fue el clavo final que selló la tumba de su matrimonio con Hatice. La mentira, el engaño, el descaro.

Lütfi, por su parte, no tuvo la misma suerte. El sultán descargó su ira sobre él con golpes secos, brutales, directos al rostro, sin contenerse. La sangre manchó el suelo de mármol mientras los guardias miraban en silencio, sin atreverse a intervenir. Luego, como si fuera poca humillación, lo degradó de su puesto, alejándolo aún más del gran visirato. Un animal herido, eso era ahora.

Actualmente Firuze Hatun, mientras tanto, no daba señales de embarazo. Su vientre seguía plano, como si Allah le negara el fruto de su ambición. Y así, poco a poco, Suleimán comenzó a buscar de nuevo la compañía de Hürrem. Ella, al principio cautelosa, terminó entregándose de nuevo a la ilusión de un amor recuperado. Pasaban largas horas juntos en el despacho imperial, revisando pergaminos, sellando edictos... hasta que el silencio fue roto por una intrusa.

Una mujer entró sin permiso, sus pasos temblorosos delataban urgencia, pero también miedo.

-Supongo que tienes algo importante que informar, señorita -dijo Hürrem con frialdad, sin apartar los ojos del documento que firmaba. La joven, temblando, le entregó una carta sellada con cera negra.

-Majestades... Soy Harika Hatun, sirvienta de Sharazad Sultan y Esmehan Hanım Sultan.

-¿Le pasó algo a mi hermana? -preguntó Suleimán, frunciendo el ceño.

-Huí del palacio de Manisa para entregarles esto. Es urgente.

La pareja se miró, y un escalofrío recorrió la espalda de Hürrem. No por la carta... sino por el presagio que se desató al tocarla.

🥀

Mihrimah Sultan revolvía su arcón de vestidos cuando un olor metálico le hizo fruncir el entrecejo. Tomó un pañuelo verde bordado con la flor imperial y envolvió un pequeño frasco roto. El líquido oscuro que se filtraba tenía el olor de la muerte: veneno, el tipo que se funde con la sangre y se arrastra lentamente por el cuerpo.

-¡Süleyman Agha! -gritó con voz cortante, y el eunuco corrió a su lado.

-Mi Sultana.

-Quema todo esto. Mi ropa ha sido contaminada. ¡Y llama a los hombres, sé quién hizo esto!

-¿Sultana?

-¡Ahora! ¿Qué esperas?

El pánico encendió los ojos del sirviente. Corrió sin mirar atrás. Anette, una francesa recién llegada al harén, se acercó temblorosa.

-¿Desea algo, mi sultana?

-Tráeme a Nazlı Hatun. ¡De inmediato!

🥀

-Hoy es el día -dijo el hombre, ajustando su cinturón mientras guardaba una daga negra.

-Su era comienza ahora -susurró la mujer con una sonrisa torcida.

-Seremos libres. No más Sultán. No más Hürrem. No más otros príncipes...

Ella lo miró con una mezcla de lujuria y locura. En su rostro se leía la ambición desbordada.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora