Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
Firuze llegó a la terraza oculta donde Mahidevran la esperaba. El viento agitaba los velos de las columnas, como si el propio aire temiera aquel encuentro.
-Al fin, señorita... -susurró Mahidevran, su mirada como un cuchillo.
Firuze se detuvo a unos pasos, la piel erizada.
-¿Qué desea, Sultana? Esto es peligroso...
Mahidevran sonrió apenas, una sonrisa torcida y peligrosa.
-Firuze, viniste aquí por un solo propósito, ¿verdad? No te hagas la inocente.
Firuze bajó la cabeza.
-Venganza... -susurró.
-Venganza perfecta contra esa maldita esclava rusa -escupió Mahidevran-. Viniste para quitarle todo. Incluso... el corazón del Sultán.
Firuze alzó la mirada, sus ojos chispeando con algo de desafío.
-¿Y no le molesta a usted que otra mujer reclame lo que fue suyo?
Mahidevran rió, un sonido hueco, sin alegría.
-Hace mucho que dejé de amar a Suleimán. Él solo es el trono que deseo para mi hijo. Nada más.
Firuze entornó los ojos.
-Una pena que Hürrem desee lo mismo...
-Y tú puedes quitárselo -replicó Mahidevran, acercándose un paso, su voz como veneno deslizándose en la oscuridad-. Te daré todo lo que ansíes: joyas, títulos, tierras. Un palacio solo para ti. Podrás dejar atrás esa sangre persa... y vivir como una reina.
Firuze parpadeó, temblando.
-¿Y si quiero más que eso? ¿Un hijo del Sultán? ¿El trono mismo?
Mahidevran se detuvo frente a ella, tan cerca que podía oler su perfume a rosas marchitas.
-Estás lejos de Persia, Firuze. Aquí... -rozó su mejilla con la yema de los dedos, como quien acaricia a una presa antes de matarla-, nadie vendrá a salvarte. Nadie escuchará tus gritos si decides traicionarme.
Firuze tragó saliva.
-Entonces acepto... pero cuando termine, me iré lejos. Con mi hijo. Con mis títulos. Con mi fortuna.
Mahidevran sonrió, gélida.
-Así será. Pero si rompes tu palabra, querida mía... -inclinó su cabeza peligrosamente- ni tu belleza, ni tu juventud evitarán que termines en el fondo del Bósforo.
Firuze la miró fijamente. Dos lobas sellando un pacto de muerte.
-Jamás nos conoceremos -dijeron al unísono.
Y así, entre susurros venenosos y miradas afiladas, la alianza más peligrosa de palacio fue sellada.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.