Mahidevran Sultán.

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Las ollas de agua caliente iban y venían, humeantes, cruzando los pasillos de mármol con urgencia. De las habitaciones medianas salían sábanas empapadas en sangre, llevadas por kalfas con el rostro tenso. Los aghas del palacio preparaban a toda prisa unos aposentos más grandes. En los corredores, los alaridos eran tan intensos que sacudían los nervios de todos los presentes. Gritos, susurros y oraciones llenaban el aire. En su habitación, una joven pelirroja lloraba silenciosa, abrazando su vientre prominente.

—Nurhan... si la kadin tiene un varón... y yo también... matarán a mi hijo —murmuró Hürrem con la voz desgarrada.

—No sucederá nada, Hürrem. El sultán está vivo. Mientras viva, nadie tocará a tu bebé —respondió Suheyla con firmeza, intentando contener el temblor en sus palabras.

—Ojalá tenga una niña... así se acabaría esta pesadilla —susurró la pelirroja, clavando la mirada en el techo.

—Una niña... sería tu fin, Hatun —dijo Nurhan, sin pensarlo demasiado.

—¿Qué estás diciendo? —preguntó Hürrem, alzando la voz.

—Aquí las niñas no son bienvenidas... No es lo mismo —agregó Suheyla con pesar.

—Vamos, levántate. No pueden verte así. Eres la madre de un hijo del sultán. Que no te vean derrotada —dijo Suheyla al ofrecerle una caja con un amuleto de oro, incrustado con piedras de jade y ónix.

Hürrem abrazó a ambas mujeres, tomó el cofre, se limpió el rostro y salió de sus aposentos vestida con dignidad.

En el pasillo, Ayşe y Firial Kalfa la esperaban.

—Qué hermosa te ves... ¿Vienes a enterarte si nació el nuevo príncipe? —dijo Ayşe con un deje de veneno.

—No soy una entrometida como tú —respondió Hürrem con una sonrisa helada—. Vine a traerle un presente al nuevo príncipe.

Al pronunciar esa palabra, “príncipe”, algo en su vientre se revolvió. Su hijo se agitó, como si protestara desde dentro.

—La acompaño, señorita —dijo Firial, algo preocupada.

Ante la presencia de la madre sultana y la sultana Hatice, Hürrem se reverenció con gracia. Hatice, siempre sutil, le sonrió con agrado.

—¿Qué haces aquí, Hatun? —preguntó Hafsa con tono seco.

—No quiero molestar, Sultana... solo traje un presente para el nuevo príncipe de la kadin —repitió con voz dulce. Aquellas palabras, aunque pronunciadas con cortesía, le supieron a veneno.

—Déjame verlo —ordenó Hafsa, abriendo el cofre sin disimulo. Lo acarició, evaluando su valor. Por un momento, Hürrem lamentó no haberlo llenado de veneno.

—Es hermoso —dijo Hatice con sinceridad.

Hürrem se disponía a retirarse, pero la voz de la madre sultana la detuvo.

—Quédate. Dáselo tú misma. Es lo apropiado.

Un grito agudo se oyó desde la sala de partos. Fue seguido por el llanto claro de un recién nacido. El mundo se detuvo para Hürrem. Sintió que todo giraba en cámara lenta. La sultana Hafsa ingresó sin esperar, y Hatice le lanzó una mirada cargada de compasión que solo intensificó su angustia.

—Pasen —dijo Hafsa con rostro resplandeciente.

Hatice fue la primera en entrar. Hürrem la siguió, con el corazón estrujado. El olor a sangre y sudor era denso, acompañado por una suave fragancia a jazmines. ¿Quién dijo que el parto era algo sagrado o hermoso? Era brutal. Crudo.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora