—Sacadlo... —ordenó Su Majestad con voz baja pero implacable, mientras una ráfaga de pestilencia subía desde las entrañas del calabozo. El aire se espesaba con humedad, excremento y el olor dulzón de la carne que comienza a descomponerse.
Los guardias descendieron por la estrecha escalera de piedra, cuyas paredes rezumaban agua y moho. La antorcha temblaba en manos de Mehmed Bey, proyectando sombras que parecían danzar con formas demoníacas en la negrura del pozo.
Desde la oscuridad emergió una figura arrastrada por las cadenas. Sus pies descalzos, ensangrentados y sucios, dejaban un rastro en las baldosas. Ibrahim Pasha, alguna vez el resplandeciente Pargalı, era ahora apenas un despojo humano. Su cabello ennegrecido por la mugre colgaba en mechones apelmazados, y su túnica, hecha harapos, chorreaba humedad. Su cuerpo estaba cubierto de mordeduras, algunas aún sangrantes: las ratas no le habían tenido piedad.
—Majestad... la tortura puede continuar si así lo desea —susurró Mehmed Bey, con un dejo de gozo siniestro.
—No —respondió el sultán tras un breve silencio, clavando sus ojos en la criatura que antaño fue su amigo—. Esto ya no es un castigo. Es una tragedia. Poned fin a su sufrimiento.
Ibrahim fue alzado por dos guardias jenízaros. Tenía la mirada perdida, como si el mundo ya no lo habitara. Pero entonces, sus ojos muertos encontraron los del sultán... y algo se encendió.
—¡SULTÁN! —aulló de pronto, con una risa desgarradora, aguda como el crujido de huesos rotos—. ¡SULTÁN! ¡MI AMIGO! ¡MI ASESINO! ¡JAJAJAJAJA!
Se debatía entre las manos de los soldados como un poseso, riendo, gritando, llorando a la vez, su voz rebotando en las columnas de mármol como el eco de un espectro.
—¡TRAIDOR! ¡TRAIDOR! ¡EL TRAIDOR ERES TÚ! ¡TÚ! —su rostro se contrajo en una mueca grotesca de odio y dolor.
El corazón de Suleimán titubeó por un instante. Ante él no estaba un enemigo, sino un fantasma del pasado: su confidente, su sombra, el hombre al que una vez amó como a un hermano. Pero el veneno de la traición había corrompido incluso eso.
—Llevadlo a las aguas del Bósforo... Que sea sumergido al anochecer. Sin plegarias. Sin sepultura. —Su voz, helada como el mármol que pisaban, selló el destino de Ibrahim.
—¡SULEIMÁN! ¡SULEIMÁN, MÍRAME! ¡MÍRAME! —gritó el hombre con el último hilo de cordura, mientras era arrastrado entre carcajadas y alaridos, como si mil demonios lo habitaran.
Los corredores del palacio no olvidaron nunca ese sonido.
🥀
La Haseki Sultan, con tres meses de embarazo, descansaba en el harén junto a Hatice Sultan. Ambas vestían caftanes de seda bordados con hilos de oro y piedras preciosas, y sus velos caían como brumas sobre sus rostros melancólicos.
—Desde hoy luces perturbada... ¿Qué te sucede? —inquirió Hürrem, con una voz suave pero penetrante.
—Nada, Hürrem. Estoy bien... —Hatice la miró con ojos turbios—. Sólo siento como si mi alma luchara contra algo invisible.
—¿Quieres descansar?
—No... No quiero estar sola. Es... como si algo estuviera por suceder.
—Y quizás así sea... —respondió Hürrem. En ese instante, por la ventana cubierta de celosías talladas, vieron llegar al sultán, vestido de negro, envuelto en un silencio fúnebre. La seda de su manto ondeaba como una sombra viva.
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Serpiente Rusa |Finalizada|
FanficTras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
