Hürrem

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Desperté entre sábanas de seda blanca, con la luz dorada del amanecer filtrándose por las celosías del pabellón. Un aroma a almizcle y rosas llenaba el ambiente, y el calor del cuerpo del hombre a mi lado aún me abrazaba. Me sentía bien. No como una esclava, sino como una mujer deseada. Como una mujer que comenzaba a descubrir el sabor del poder.

Con cuidado, retiré el brazo del sultán Suleimán que descansaba sobre mi cintura y me deslicé fuera de la cama. Un pequeño manchón rojo en la sábana testimoniaba que mi pureza había quedado atrás. Lo cubrí de inmediato con una discreta rapidez. Me vestí con un camisón de gasa color crema, pero cuando iba a salir de la habitación, su voz grave me detuvo.

—Alexandra… ¿A dónde crees que vas?

Me giré con una reverencia rápida.

—Majestad... pensé que ya debía retirarme.

—¿Y por qué habrías de hacerlo tan pronto? ¿Acaso no disfrutas mi compañía?

—Amo su compañía, mi señor —dije, conteniendo la sonrisa que deseaba asomarse.

—Entonces vuelve aquí, mujer.

Obedecí. Me acerqué a la cama con la cabeza gacha, pero con el corazón latiendo como un tambor de guerra. Suleimán me atrajo de nuevo entre sus brazos y me besó, con un hambre que parecía no haberse saciado aún. La pasión nos envolvió una vez más. Me amó como si el mundo se acabara esa mañana.

Mientras tanto, en los aposentos de la madre Sultana...

—Daye —dijo Hafsa Sultana al verla entrar seguida de criadas y el desayuno—. Mi hijo pasó la noche con esa... hatun, ¿verdad?

—Sí, Madre Sultana. No regresó al harén.

Antes de que pudiera responder, Gülşah irrumpió sin anunciarse.

—¡Madre Sultana! La Sultana Mahidevran... se ha desmayado.

—¡No es motivo para entrar así a mi habitación! —le reprendió Hafsa con un tono gélido. Gülşah bajó la cabeza, avergonzada.

—¿Se llamó a la doctora? —intervino Daye.

—Sí. Está en camino —respondió Gülşah.

Hafsa se levantó con un gesto de fastidio. Sabía perfectamente que Mahidevran no estaba enferma… su mal era otro: celos. Celos que comenzaban a mostrar su rostro más miserable.

Caminaron por los pasillos hacia los aposentos de la kadin, pasando frente a la cámara de Hatice.

—Buenos días, madre —saludó Hatice con dulzura.

—Buen día, hija mía —respondió Hafsa, antes de entrar a la habitación donde Mahidevran reposaba en la cama, pálida pero sin rastro de fiebre.

La médica ya estaba allí.

—Mi Sultana —dijo inclinándose—, la señora kadin no tiene ningún padecimiento grave. Tal vez un leve resfrío. Le dejaré una infusión.

—Gracias —respondió Hafsa, entregándole unas monedas de oro. Luego miró a Mahidevran con frialdad—. No es nada por lo cual preocuparse.

—¿Y Mustafa? —preguntó Hafsa, mirando a su alrededor.

—Con su niñera —dijo Mahidevran con la voz temblorosa—. Pero parece que su alteza está más preocupada por lo que hizo esa mujer que por mí.

—No estás embarazada, Mahidevran —dijo Hafsa sin rodeos—. Solo estás encaprichada.

—Pero, Majestad…

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora