Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
—No —negó Hatice con firmeza, sin alzar la voz pero dejando claro que no retrocedería.
—¿Qué has dicho? —preguntó Suleimán, incrédulo, con el rostro ensombrecido por la indignación.
—He dicho que no —repitió ella, esta vez con mayor claridad.
—¿Cómo te atreves? ¡Solo busco tu bienestar! ¿Y así me pagas, Hatice?
—¿Mi bienestar? —susurró, soltando una risa amarga que heló el aire entre ellos—. ¡¿Mi bienestar?! No ves mi alma, hermano. ¡No lo amo! ¡No amo a Iskender Çelebi!
—Otra vez con tus delirios de amor —masculló el sultán, cansado.
—Sí, otra vez —dijo ella, conteniendo las lágrimas—. Aunque no espero que lo entiendas... tú no sabes lo que es amar de verdad.
—Sí lo sé. Pero tú eres caprichosa, Hatice.
—¡No, no lo sabes! —estalló ella, con voz temblorosa y mirada herida—. Has despreciado a cada mujer que pasó por tu vida apenas se convirtieron en madres. ¡Expulsaste a Hürrem de tu corazón por una sirvienta! Y ahora te dejas seducir por una tonta de ojos de rana, que no te llega ni a los talones...
—¡Silencio! ¡Ya no voy a escucharte! —tronó la voz del sultán, golpeando con fuerza su puño contra la mesa.
—Deberías escucharme... —susurró ella—. Porque no todo se resuelve echando a alguien de tus aposentos.
—Te casarás. Y punto —sentenció él, dándole la espalda.
Aquella frase fue el detonante. Hatice, fuera de sí, lanzó con violencia el tintero y los documentos que reposaban sobre el escritorio de su hermano. El impacto resonó por toda la sala como una declaración de guerra.
—¡Te odio! —gritó entre sollozos—. ¿Me harás padecer como a nuestras hermanas? ¿Casada con un anciano que podría ser nuestro difunto padre?
Sin más, salió del salón, y el estruendo del portazo hizo eco en los muros de mármol. Suleimán se quedó solo, con los escombros del orgullo y del afecto a sus pies. Sus ojos, enrojecidos por la impotencia, pronto cedieron al dolor. Unas lágrimas tímidas descendieron por su mejilla, y luego se transformaron en un llanto ahogado, cargado de culpa.
Se preguntó cuándo se quebró su vínculo con sus hermanas. Beyhan lloró amargamente al principio de su matrimonio; hoy parecía feliz, pero el precio fue alto. Şah vivía separada de Lütfi, y Fatma detestaba a su esposo. Yenisah había desaparecido tras la muerte de su madre. Él... él las había condenado a todas. Y ahora, Hatice.
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