—¡Gülnab! —llamó Hürrem con voz firme, aunque en sus ojos centelleaba la rabia contenida de una leona herida.
La esclava se presentó de inmediato, agachando la cabeza, casi temblorosa.
—Sultana...
—Debes moverte con rapidez. Ve por el príncipe Suleimán. Escóndelo en algún rincón recóndito del palacio. Haz que su madre piense... lo peor.
La orden era un filo invisible, cruel y perfecto. Hürrem hablaba sin pestañear, con el rostro helado como el mármol de los pasillos imperiales. El pequeño Selim dormía plácido, recuperado, pero su madre ya no confiaba en la paz. Firuze había intentado quebrarla tocando a su cachorro. Ahora, Hürrem usaría al niño de Firuze como carnada para destruirla por dentro.
—Majestad… llegó una carta del sultán.
La Haseki tomó el sobre sellado con el emblema real. Lo rompió con manos ansiosas, y al leerlo, sus ojos se abrieron con un destello fulgurante.
—¿Ha sucedido algo? —preguntó Gülnab—. ¿Está herido, Haseki regente?
—No… —murmuró Hürrem, apenas conteniendo una sonrisa—. Su Majestad regresa. La guerra ha cesado. Ambos ejércitos se han retirado... ni victoria, ni derrota.
—¿Abandonaron la guerra? —preguntó Esma, desde la sombra del salón.
—Abandonaron el territorio... —respondió Hürrem con la voz entre las sombras.
—¡Eso es una derrota! —concluyó Nazlı, alarmada.
—Sí… técnicamente lo es —aceptó Hürrem, ahora con los dedos enlazados, la mirada perdida en la ventana abierta. La brisa le acariciaba los cabellos como si el propio destino le susurrara promesas de venganza.
••••••••••••
Firuze despertó de su siesta con un presentimiento oscuro. Se incorporó con lentitud y se giró hacia la cuna de su hijo. Pero allí… solo dormía Humeyra, tranquila como una flor cerrada.
El mundo se le derrumbó.
—¡AGHAS! —gritó con tal desesperación que su voz desgarró los muros como un lamento del inframundo—. ¡¿DÓNDE ESTÁ MI PRÍNCIPE?!
Su chillido se expandió como un incendio. Algunas mujeres entraron al aposento con descaro, otras se rieron por lo bajo, sabiendo que el juego de Firuze había cruzado una línea demasiado delgada.
—¡ALLAH MISERICORDIOSO! —gritó una de sus criadas al ver la cuna vacía.
—¡Ayúdenme! ¡Mi Suleimán! ¡Se lo han llevado! —clamaba Firuze, con lágrimas corriendo por sus mejillas pintadas, su túnica de seda arrastrándose por el suelo como si el dolor la arrastrara con ella.
Una de las mujeres, vestida con discreción, murmuró:
—Vamos a los aposentos de la Haseki. Quizá... quizá esté allí.
Firuze, desencajada, asintió con violencia. Sus sirvientas la arrastraron fuera como un naufragio humano, entre susurros de burla y miradas furtivas.
En los aposentos de la Haseki, Hürrem compartía uvas con Cihangir cuando una de sus criadas entró apresurada y le susurró al oído. La sultana hizo un gesto a Nazlı, quien tomó al niño y lo sacó con rapidez por la puerta lateral.
Firuze irrumpió como un vendaval furioso.
—¡Devuélveme a mi príncipe! —gritó, como una loba separada de su cría.
Hürrem la miró con serenidad gélida. No se movió.
—Te entiendo, Firuze... El dolor de una madre es insondable. Pero solo te devuelvo lo que tú sembraste.
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Serpiente Rusa |Finalizada|
FanfictionTras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
