Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
Hatice lloraba en silencio, acurrucada en sus aposentos. El frío de Estambul parecía haberse infiltrado en sus huesos, y no por el clima, sino por la traición. Estaba alojada en el palacio de su hermano, donde buscaba un poco de consuelo, lejos de las miradas curiosas del Topkapi. Suleimán, aunque sabía de su estancia, no tenía idea de su decisión final... hasta que ella decidió armarse de valor.
-Señorita... -la llamó con suavidad a Gül Hatun, su nueva doncella.
Hatice alzó la vista, su mirada aún roja por el llanto.
-A tus órdenes, mi sultana.
-Tráeme ropa limpia. Iré a ver a Su Majestad.
La joven criada la arregló con esmero, peinándola con ternura. Aunque los hilos de tristeza no podían disimularse, la sultana caminó con la frente en alto hacia los aposentos de su hermano.
-Hatice... -Suleimán la recibió con el ceño fruncido al ver sus ojos hinchados. Ella no respondió. Solo se arrojó a sus brazos, quebrándose por completo.
-¡Me engañó! -sollozó desesperada.
Él la sostuvo con fuerza, acariciándole el cabello con la misma ternura de cuando eran niños. La condujo hasta la cama, le sirvió agua, y la dejó llorar hasta vaciarse.
-Imaginé que estabas aquí para darte un respiro.
-Me divorcié, Sultán.
-Suleimán -corrigió él con voz suave-. Hablas con tu hermano, no con tu Sultán. Estás a salvo.
Los ojos claros de él la miraron con compasión. Hatice volvió a derrumbarse en su abrazo y, exhausta, se quedó dormida por primera vez en semanas.
-Ibrahim... -susurró entre sueños, y una tormenta de ira nació en el pecho de Suleimán.
-¡Halil! Tráeme al visir a la sala del Diván. Hablaré con él. Ahora.
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El invierno se hacía sentir con su aliento helado. Hatice bebía algo caliente, en soledad. Su expresión era la de alguien que aún lucha por encontrar sentido a los fragmentos rotos de su vida. Hürrem se acercó con cautela, como un recuerdo que no se decide a morir.
-Si vienes por lástima, vete -dijo Hatice, seca como el viento.
-De hecho... me siento responsable -respondió Hürrem, sentándose a su lado.
Hatice la miró sin pestañear.
-Yo propicié ese matrimonio.
-Lo hiciste posible, sí, pero no hiciste de Ibrahim un monstruo.
-A veces creemos conocer a las personas -musitó la sultana hatice con un nudo en la garganta-. Lo siento.
-¿Qué dijiste?
-No lo repetiré, Hürrem.
-¿Por qué no?
-Porque me duele. Me dijo que querías destruir la dinastía, nuestro matrimonio... y a Mustafa. Pero hoy, todo eso... no significa nada.