Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
Cinco lunas habían pasado desde que la sultana Hürrem fuera enviada a Edirne. Cinco meses de un exilio que pesaba como plomo en su pecho. La separación de sus hijos, el olvido de su señor y el constante susurro de la soledad la habían envuelto como un manto oscuro.
Nazli, su fiel sirvienta, caminaba lentamente por los aposentos con los pies vendados y los brazos marcados aún por los castigos recibidos. Su único delito había sido ser daye de Mihrimah, y que la pequeña princesa se encariñara demasiado con ella.
—Sultana… ha llegado una carta —dijo Nazli con voz baja, entregándola con delicadeza, mientras intentaba no mostrar el dolor en sus pies.
—Ya te dije que no te levantes, querida —respondió Hürrem con ternura. Tomó la carta entre sus dedos y reconoció de inmediato el sello: Hatice.
Nazli se recostó nuevamente, obediente. Aún dolida, aún leal.
Hürrem abrió la carta y leyó. Eran noticias breves, un resumen seco del estado de Mehmed. El pequeño, decían, comenzaba a acostumbrarse a la ausencia de su madre. La princesa Mihrimah, también crecía sin la caricia de su padre. Esa verdad perforaba el alma de la sultana.
—¿Majestad? ¿Ha ocurrido algo? —preguntó Esma con preocupación, al verla sumida en su tristeza.
—No, nada, Esma. Sólo me siento algo… sentimental.
—Vayamos al jardín, por favor. Usted es la mujer más poderosa de Edirne, no olvide eso —le sugirió la muchacha.
—Que los eunucos preparen todo para comer afuera —ordenó Hürrem con voz apagada, como si esa autoridad ya no le perteneciera.
Momentos después, Balam Agha entró con una reverencia.
—Majestad, tiene visitas.
—¿Quiénes son?
—Fülane Hatun, Yenisäh Sultán y su madre.
—Que se acomoden en el jardín. Comeremos juntas —respondió con serenidad, aunque en su interior una melancolía honda se agitaba.
Se acercó a Nazli.
—Descansa, por favor. Me llevaré a Selim y Mihrimah. Estaré con las sultanas un rato al aire libre —dijo con suavidad. La joven asintió en silencio.
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—¿Saben algo de la sultana? —preguntó el sultán Suleimán en voz baja.
—No se preocupe, su majestad. La sultana Hürrem, la princesa y el príncipe Selim se encuentran bien —contestó Umut Agha con respeto.
—A veces la señora… llora en los baños —confesó Delia Hatun con pesar.
—¿Hürrem… llora? —susurró el sultán. Aquella revelación lo golpeó como un puñal. Miró hacia el balcón, y en su mente creyó ver el reflejo de aquel cabello pelirrojo que tanto amaba, mirando hacia el horizonte.