Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
—Felicidades —sonrió Mahidevran con aire triunfal.
Hatice apenas reaccionó. La miró en silencio, deseando romperle la nariz de un solo golpe. Su temple, sin embargo, se mantuvo firme. Hürrem, que permanecía a su lado, la abrazó con delicadeza.
—Sigamos —le susurró, protegiéndola con su cuerpo como si fuera un escudo invisible.
Mahidevran desfilaba por el palacio como un pavo real, irradiando felicidad, despertando sospechas y miradas. ¿Qué motivos había detrás de semejante júbilo?
—Hürrem, no lo soportaré —confesó Hatice entre dientes cuando se quedaron a solas.
—Debes mantener la calma. Deja que crea que te ha vencido.
—¿Y cómo podría estar feliz?
—No te estoy pidiendo que lo estés. Solo finge. Hazle creer que no ha logrado derrumbarte.
—¿Por qué me odia tanto?
Una sombra cruzó por los ojos de Hatice. El recuerdo del pequeño príncipe, el hijo de Mahidevran que había muerto... el pecado que había marcado a toda la dinastía.
—No lo sé —dijo Hürrem, cogiéndola de los hombros y abrazándola con fuerza—, pero no le entregues la victoria.
El lazo entre ellas era inquebrantable. Dos mujeres, dos almas distintas unidas en la tormenta.
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—¡Me ofende que pienses que el matrimonio de Hatice está listo! ¡Tengo todo hecho! Me falta un yerno —gritó Hafsa con vehemencia ante su hijo.
—Madre, por favor...
—¡Suleimán! ¡Esto no es una provincia ni un escándalo en el harén! ¡Es la vida de tu hermana! Me ocultas el nombre del hombre que dormirá en su cama.
—Hatice será feliz, lo prometo. No cometeré el mismo error que con nuestras otras hermanas.
—¿Por eso tardas tanto? ¡El deber de una princesa es casarse! Así se mantiene la paz, ¡así se fortalece el imperio!
—¿Y qué hay de su felicidad? ¿Qué hay de su voluntad?
—¡Las mujeres gobernamos con la cabeza, no con el corazón! ¡No somos niñas!
—Entonces prepárala. Hoy se celebrará su boda.—Anuncio Suleimán
—¡Daye! —llamó Hafsa, aún incrédula—. Que el palacio se convierta en un templo de celebración. Esta noche mi hija se casa.
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