Los gritos atravesaban los muros de piedra del harén como cuchillos afilados. Una luna pálida iluminaba los corredores del palacio de Topkapi, mientras el aroma del incienso no lograba disimular el hedor a sangre y sudor. En la habitación de partos, el caos reinaba.
—¡Agua caliente! ¡Rápido, traigan más trapos limpios! —gritaba la Sultana Hatice, arremangándose los vestidos bordados en oro mientras sujetaba una palangana con las manos temblorosas.
Hürrem estaba desnuda de cintura para abajo, con las piernas abiertas sobre una cama improvisada. Las sábanas ya empapadas de fluidos rojizos y mucosidad indicaban que la labor de parto no era reciente. Su cabello enmarañado caía por su rostro bañado en sudor. Tenía la mandíbula apretada y un trapo de lino entre los dientes, que mordía con tanta fuerza que parecía querer arrancarlo.
—¡¡¡ALLAH!!! —gritó con una mezcla de furia y dolor visceral.
La partera principal, una anciana morisca con las manos firmes y los ojos acostumbrados al trauma, se acercó y palmeó con firmeza el muslo de la Haseki.
—¡Sultana, necesito que puje con fuerza! ¡El niño está atascado en el canal! ¡No hay más tiempo!
—¡No me diga qué hacer! ¡No es mi primer hijo! —escupió el trapo con rabia y miró a la partera como una loba herida. La sangre bajaba por sus piernas, oscura, espesa. Hürrem se aferraba al borde del colchón con los nudillos blancos.
Rosella, soltó una carcajada nerviosa, mezcla de admiración y miedo.
—Esa es mi sultana… —susurró.
—¡Vamos, sultana! ¡Su hijo está luchando! —gritó Esma Hatun, que sostenía un cuenco con agua perfumada de rosas para limpiar la frente de la parturienta.
—¡Ya veo la cabeza! ¡Por Allah, ya viene! —chilló Sharazad, que se acercó a la entrepierna ensangrentada de la Haseki. —¡Está coronando!
—¡Dios bendito! —exclamó Rosella, pálida como una sábana. El olor metálico la invadía, y se tambaleó.
La partera se colocó entre las piernas de Hürrem, quien rugía como si mil demonios salieran de su cuerpo.
—¡Empuje ahora, empuje como si le fuera la vida! ¡La vida del niño depende de ello!
Con un grito que no parecía humano, Hürrem arqueó la espalda, apretó los dientes y empujó con la fuerza de una madre que se niega a perder. Un crujido seco se escuchó: era el hueso de su cadera ajustándose, forzado por la presión del parto.
—¡Está saliendo! ¡Un último empujón! —gritó la partera.
Hürrem se inclinó hacia adelante, apretó los ojos y rugió desde el alma, mientras una marea cálida y resbalosa le bajaba por los muslos.
Y entonces, el silencio.
Un instante detenido.
Luego, el llanto.
Un alarido del recién nacido rasgó el aire como una señal divina. La partera alzó al bebé cubierto de sangre y vernix, sus pulmones expandiéndose por primera vez bajo las estrellas de Estambul.
—¡Es un niño! ¡Un varón fuerte como el acero! —anunció entre lágrimas.
Sharazad lo tomó rápidamente y comenzó a limpiarlo con esmero, casi con devoción. Hatice, con la vista empañada, sonrió al ver al nuevo príncipe de la dinastía otomana.
Hürrem, jadeante, echó la cabeza hacia atrás, las lágrimas deslizándose por sus sienes.
—Mi Cihangir… —susurró, mientras le colocaban al niño sobre el pecho.
El bebé buscó instintivamente el pezón y comenzó a succionar. Su pequeña mano se aferró al dedo de su madre, como si ya supiera que la vida no sería fácil y necesitaría de ella para sobrevivir.
—Te prometo que contigo jamás volveré a llorar… —dijo Hürrem, temblando, con una voz quebrada que parecía no pertenecerle. La habitación seguía oliendo a hierro y a la lucha por la existencia. Pero había nacido un príncipe.
———
Mientras tanto, en el ala del palacio destinada al sultán, el silencio había sepultado la atmósfera. Suleimán caminaba de un lado al otro como un león encerrado. Cada grito de Hürrem lo atravesaba como una daga invisible.
Bülent Pasha y Yusuf intentaban hablar con él, pero el Sultán no escuchaba nada. Solo los ecos de la vida gestándose con dolor.
—¡Es un niño! —gritó Rosella Nilüfer al entrar. Suleimán giró la cabeza de inmediato. El mundo volvió a moverse.
El sultán cerró los ojos, sintió alivio, paz, y por un instante, el peso del mundo pareció disiparse. Se volvió hacia Yusuf.
—Que Nurhan traiga a los príncipes. Habrá ceremonia. Este niño es un regalo de Allah.
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Mientras Hürrem acariciaba al recién nacido, del otro lado del harén, los gritos de otra mujer alzaban vuelo.
—¡No! ¡Ella tuvo otro príncipe! ¡Yo también llevo un hijo en mi vientre! —chillaba Firuze, descompuesta, con la cara hinchada de llanto.
—Basta ya —replicó Afife Hatun, cansada. —Esto es un harén, Firuze. Aquí las lágrimas no valen si no están respaldadas por poder.
Kiraz Agha la fulminó con la mirada.
—Ella es la esposa legal. Puede parir mil niños y tú seguirás siendo la sombra de su sombra.
Firuze se derrumbó. Las sultanas ya no la defendían. Hatice y Şah Sultan habían vuelto su mirada. Solo Fatma Hatun seguía a su lado, más por juego político que por lealtad real. Y Tahmasp, el shah persa, solo respondía a sus propios intereses.
——————
Suleimán abrazó a Yusuf, emocionado.
—Quiero una mezquita. Con el nombre de mi hijo Cihangir. Que no se escatime en mármol ni en azulejos. Que se escuche el llamado a la oración desde Galata hasta Üsküdar.
—Así será, majestad. Este niño nació con el favor de Allah.
—Sus ojos son como el cielo. Siento más alegría por este hijo con mi esposa que por cualquier otro.
—La Sultana Hürrem es su luz —respondió Yusuf, sin rodeos.
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—¿Ya nació?
—Dicen que es varón…
—¡Otro príncipe más!
—¡Allah bendito… ese vientre no se seca nunca!
Las mujeres se arremolinaban en los corredores, fingiendo humildad, pero los ojos brillaban con un hambre que no era de alimento. Era el hambre del poder. Un nuevo príncipe era un cambio en la balanza invisible del palacio. El corazón del harén latía con fuerza, y cada mirada era una daga envainada.
En la sala de bordado, donde las concubinas fingían concentración sobre hilos de oro y telas de Bursa, las conversaciones fluían como un río subterráneo.
—¿Y Firuze? —preguntó una joven rubia, recién llegada de Circassia.
—No ha salido de sus aposentos —dijo otra, con sorna—. Pero seguro se atragantó con la noticia.
La atmósfera se tensó. El harén no olvidaba.
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-¿Seguro que estamos en Estambul?
-Si seguimos está ruta llegaremos al palacio.
-¿Y ahí que debemos hacer?
-Buscar a Humeyra y Sila, ambas nos deben explicaciones de porque en Persia se sigue escuchando sobre el sultán Otomano.-Menciono Heydar.
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Serpiente Rusa |Finalizada|
FanfictionTras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
