Ojalá

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-Sultana... Le agradezco por contactarme -dijo el hombre, hermano del antiguo visir ejecutado.

-De nada -respondió Hürrem con voz serena, pero firme-. Mustafa merece una familia verdadera... Pero debo advertirle algo, Efendi.

El hombre se irguió con atención. La brisa de la tarde agitaba los velos que colgaban en los balcones del palacio.

-Dígame, Sultana.

-Si usted llega a decir una sola palabra sobre que el muchacho sigue con vida... toda su familia morirá. No soy una mentirosa, Efendi. Acabé con su hermano y con su amante, y lo haré con cualquiera que ponga en peligro el futuro de mis hijos.

La amenaza cayó como una daga envuelta en seda. El hombre, con los ojos ligeramente hundidos y las cejas tensas, asintió.

-Sultana, soy un hombre de palabra. Pero permítame decir algo: si alguien más, antes que usted, descubre que el muchacho vive, será el pueblo mismo quien lo mate. No por usted, sino por culpa de quienes le dieron la vida y luego lo condenaron con su ambición.

Hürrem bajó ligeramente la vista. Aquellas palabras, aunque ciertas, dejaban un rastro de ceniza en su conciencia. Sin embargo, era necesario.

-¿Qué pasará ahora? -preguntó.

-Mustafa será bautizado bajo el nombre de Mauricio. Lo llevaré lejos, muy lejos de Estambul. Tendrá una vida digna. Yo me encargaré de ello.

Hürrem sacó de su cinturón una bolsa de terciopelo rojo bordada con hilos de oro. Al abrirla, una cantidad considerable de monedas de oro tintineó.

-Tome esto. Vayan lejos. Establezca un negocio, algo que les permita vivir sin preocupaciones.

-No es necesario, Sultana -dijo él, retrocediendo un paso.

-Lo es -respondió ella con voz más baja-. Se me hace raro verlo a los ojos... Es igual a ese hombre que me hizo sufrir desde el primer día que pisé este harén. Pero aún así, hice todo lo posible para que Suleimán no matara al muchacho. Téngalo bien. Mustafa estuvo acostumbrado al lujo.

El Efendi la miró con un respeto inesperado. Era una mujer de una belleza que hería. Sus labios carnosos eran como vino oscuro; su piel, pálida como la porcelana. Tenía una silueta que hablaba de secretos, de tragedias y poder. Pero había algo más: una mirada vacía, rota en algún rincón profundo.

-Lamento que él no haya sabido cómo tratarla -dijo con voz grave. Y luego, sin esperar respuesta, se retiró junto a Sumbul Agha.

Hürrem permaneció inmóvil unos segundos, sus dedos cerrándose lentamente en su propio puño.

──── ୨୧ ────

Esa misma tarde...

Desde la Torre de la Justicia, el murmullo del pueblo era ensordecedor. Las sombras se alargaban con el atardecer y el aire olía a tensión, sangre y polvo.

Las mujeres más poderosas del imperio observaban la escena desde lo alto: Hatice Sultan, fría como una estatua; Mihrimah Sultan, con los ojos brillantes de orgullo y venganza; Daye Hatun, solemne y silenciosa; Afife Hatun, con una expresión impasible; Gülfem Hatun, apenas oculta tras un velo de resignación.

Allí, frente a ellas, Mahidevran Gulbahar Hatun era llevada al centro del patio del palacio. Su cabello estaba cortado de forma irregular, como castigo público. Tenía el rostro cubierto de hematomas, los labios partidos, marcas profundas en sus muñecas y tobillos.

-Mírenla -susurró Mihrimah con desprecio-. Aún tiene el descaro de mirar con altivez.

-No es altivez, hija -dijo Hatice-. Es la mirada de una mujer que ya no tiene nada que perder. Esa es la peor clase de enemigo... pero también el más frágil.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora