El Nuevo Sultán 3/3

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Hürrem permanecía sentada en el suelo del umbral del palacio imperial, con la espalda erguida pese al peso invisible de la derrota. La noche había caído como un velo de luto, y Firuze yacía en los calabozos, aislada del mundo y de la historia que había intentado doblegar.

Desde las puertas abiertas del palacio, se escuchaban los murmullos de la multitud. El pueblo había llegado, no con antorchas, sino con preguntas. No con armas, sino con incertidumbre. Un representante del estrato más humilde se adelantó y habló con voz clara:

—Queremos ver a la Haseki Sultán.

Sumbul Agha asintió con discreción, y las puertas se abrieron. Los jenízaros, tensos, ajustaron sus espadas; no sabían si se trataba de súbditos o insurgentes. La gente avanzaba con respeto. Al verla sentada en el mármol, con el rostro marcado por el llanto, se hizo el silencio.

—Sultana... No queremos que nos oculte la verdad. ¿Está vivo Su Majestad?

Hürrem alzó la mirada. Sus ojos hinchados eran el testimonio de días sin descanso. Su piel, lastimada por el esfuerzo de la guerra y la huida, ya no relucía como antes. Aun así, su voz, cuando habló, retumbó con la fuerza de un edicto:

—Lo lamento con todo mi ser. No cumplí con mi deber como Haseki. No pude proteger a mi esposo, el sultán Suleimán, de la traición del Sha Tahmasp.

Sus palabras fueron más que una confesión: fueron un grito de dolor que inflamó el espíritu del pueblo. Un murmullo recorrió la plaza, hasta que una mujer alzó la voz:

—No podía hacerlo todo, Majestad. Era el Imperio... o el hombre.

La multitud asintió, reconociendo lo que Hürrem no había dicho: que, en su decisión, había salvado una estructura más grande que ella misma.

—¡Pueblo otomano! —continuó la Sultana—. No me pregunten cómo, pero les juro que haré que Tahmasp y sus aliados se postren ante este trono. Soy Hürrem, viuda del sultán Suleimán, y no permitiré que esta sangre quede impune.

Los jenízaros inclinaron la cabeza. El pueblo estalló en vítores.

—¿Y Firuze? ¿Y sus hijos? ¿Cómo sabemos que usted no ha orquestado esto?

Hürrem se puso de pie lentamente. Con paso firme, descendió los peldaños y se colocó frente a la mujer que había hecho la pregunta.

—¿Acaso ve a mis hijos aquí?

—No, sultana.

—No los tengo. No sé si están a salvo o muertos. Si esta catástrofe hubiera sido mía, ya habría sentado a uno de ellos en el trono. No tengo el poder que creen, pero sí la voluntad para proteger este imperio.

La mujer bajó la mirada, avergonzada.

—Lo siento, Sultana.

—Los invito al palacio —anunció entonces Hürrem, con voz quebrada—. A rezar, a reconstruir. A honrar la memoria del sultán Suleimán.

La multitud ingresó con respeto, ayudando a limpiar, a ordenar lo destruido. Allí, entre columnas derrumbadas y alfombras desgarradas, se escuchó la recitación del Corán en voz de Hürrem, elevando plegarias al cielo oscuro de Estambul.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora