Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
La mañana amanecía serena, como si el aire mismo no presintiera lo que estaba por acontecer. Habían transcurrido dos días desde aquella conversación con Nilüfer que dejó a Hürrem de excelente ánimo. Sus malestares de embarazo se habían disipado y por fin disfrutaba de cierta tranquilidad. Sin embargo, esa calma se desvanecería pronto… cuando los primeros gritos de la princesa Isabella quebraron la paz del palacio.
—¡El hijo del sultán está por nacer! —exclamó la princesa, con el rostro desencajado y el vestido manchado por el rompimiento de la fuente.
La cena familiar se detuvo de inmediato. La sultana Hafsa se puso de pie con premura, acompañada de sus criadas, y se dirigió al lado de Isabella. Suleimán, por su parte, dejó su copa en la mesa y, sin urgencia alguna, se limitó a observar fijamente a Hürrem, quien continuaba comiendo sus perdices con aparente indiferencia.
—¡Hijo, ven ahora! —ordenó Hafsa desde el pasillo. El sultán, como si no hubiese escuchado, tomó una manzana y se la llevó consigo, caminando con parsimonia.
—¡Magnífico! Ni siquiera podré terminar la cena… —comentó Mahidevran con sarcasmo.
Hürrem soltó una carcajada, al igual que Nurhan, sin apartar la vista de su plato.
—Sultana, nosotras no somos quienes estamos pariendo. Comamos tranquilas —dijo Hürrem, aunque por dentro, la inquietud le trepaba como una enredadera venenosa. Una nueva criatura ponía en peligro el futuro de su propio hijo. Si Allah quería, su bebé sería una niña, y el equilibrio se mantendría.
—¿Temor, acaso? —interrogó Hatice, notando el leve temblor en sus dedos.
—No, sultana. Solo elevo mis plegarias por la salud del hijo de la princesa —respondió con una serenidad estudiada.
—Así debe ser —añadió Nurhan con voz neutra.
—Amén —dijeron todas casi al unísono, aunque la tensión era palpable. Hatice, deseosa de provocar a la pelirroja, fue interrumpida por la discreta llegada de Nilüfer Hatun.
—Mi señora, los príncipes Mehmed y Selim preguntan por usted. No desean seguir con Esma Kalfa —informó con voz suave.
Hürrem se puso en pie con una sonrisa forzada.
—Gracias por sacarme de allí —susurró al oído de Nilüfer, mientras caminaban hacia sus aposentos.
—La noté incómoda, sultana.
—Lo estaba… Espero que Allah me conceda una niña. Así no habrá contienda alguna con el hijo de Isabella.
—Es usted muy noble, mi señora. Ni en eso desea competir.
—Ya veremos si el destino le sonríe como presume.
—La princesa se jactó demasiado de llevar un varón. Mi señora solía decir que el karma siempre encuentra su camino…
—Y si lo hace… Isabella querrá tragarse la lengua.
En ese instante, Nazli irrumpió en la habitación.
—Sultana… se solicita su presencia en el parto. Lo ha ordenado la Valide Sultan.
—Vamos, Nilüfer. Que comience la función.
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