Una Regencia En Crisis

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El sello de Hürrem Sultan voló por el aire y golpeó la alfombra de seda con un sonido seco, opacado por los muros de mármol. La ira la traspasaba. En su rostro maduro, tallado por los años y la pérdida, se reflejaba un fuego antiguo, uno que no se extinguía ni con las estaciones ni con las ausencias.

—¡Ya pasaron años y siguen molestando! —gritó con voz rasgada, mientras su pecho subía y bajaba con violencia.

Sumbul Agha, que había servido a su lado durante más de una vida, no se atrevía a acercarse. Sabía que cuando la tormenta se desataba en el alma de la Sultana, sólo la soledad podía calmarla. Aun así, respiró hondo y habló con la humildad de quien entiende el peso de las palabras.

—Mi Sultana… por favor, no se altere. Esto… esto algún día ocurriría.

—¡No, Sumbul! —respondió ella con voz trémula, su mirada perdida en la ventana—. No he hecho nada mal. Desde que Suleimán… —su voz se quebró y un instante de silencio lo cubrió todo—. Desde su fallecimiento, he cargado con el peso de este imperio. Mis hijos han continuado con la estirpe que él y yo construimos. ¡De un amor verdadero!

—Ahí radica el problema, Su Majestad —dijo con pesar Sumbul, bajando la vista—. Para ellos… usted ya no es necesaria.

—¡No puedo entenderlo!

—El príncipe Selim tiene ya un hijo varón con tres concubinas. El Sehzade Bayaceto tiene dos hijos: el príncipe Mustafa y el príncipe Orhan. Sehzade Abdullah tuvo dos hijos idénticos que ya han superado los tres años. Cihangir está casado y gobierna una provincia con su esposa Geverhan Haseki. Hay herederos, Majestad. El Consejo ya no acepta excusas.

Hürrem se giró, con los ojos entrecerrados por la incredulidad. Su piel aún mostraba la lozanía de antaño, pero su espíritu estaba fatigado. Aun así, su voz emergió con una firmeza que estremecía.

—Conozco a mis hijos. Hay muchas concubinas… pero pocas sultanas. Pocas capaces de llevar adelante este imperio. Los amo, Sumbul. Los amo con cada rincón de mi alma… pero…

—¿Pero? —preguntó el eunuco con una mezcla de temor y ternura.

—¡Pero en un mes destruirán este lugar! Selim apoyará el arte por encima de la guerra y perderá nuestras fronteras. Bayaceto vaciará el tesoro imperial en dos semanas por su sed de gloria. Abdullah... Abdullah es ciego por amor, consentirá a su concubina hasta entregar el imperio a su nombre. Y Cihangir… —suspiró largo— no sé si podrá darme un heredero. Está casado con esa niña inocente y torpe, Geverhan Haseki Hatun.

Sumbul bajó los ojos, comprendiendo el peso de la verdad.

—Usted los conoce mejor que nadie…

—Por eso temo —repitió Hürrem con voz grave.

—¿Y Mihrimah Sultán? —se atrevió a decir Sumbul, con una débil esperanza.

—Mis hijos… o mejor dicho, sus concubinas… no dejarán que Mihrimah se entrometa. Aunque ella asuma el papel de Valide Sultan, el harén la devorará. El poder de las mujeres hoy ya no se apoya en la sabiduría, sino en la cantidad de vientres fecundos.

—Estoy perdido, Majestad.

—No. —Hürrem caminó hacia la ventana y alzó la vista al cielo—. No estamos perdidos. Buscaremos soluciones. Veremos sobre la marcha qué hacer, Sumbul. Pero no entregaré el trono a la debilidad.

🥀

Mihrimah Sultán iba en el carruaje, en completo silencio. Las cortinas bordadas se movían con el vaivén del trayecto, pero sus pensamientos estaban clavados en un tiempo lejano, en un nombre, en una ausencia.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora