Cenizas

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—¡Traigan a las sultanas ante mí! —tronó la voz del sultán Suleimán mientras hacía un puño con el pergamino y lo arrojaba al suelo. El papel crujió bajo la furia contenida. Su mirada, intensa como un rayo en plena tormenta, era suficiente para helar la sangre de cualquiera.

Hafsa Sultan fue la primera en entrar al salón imperial, seguida por Hatice y Mahidevran. Todas se inclinaron profundamente.

—Estoy furioso —dijo el sultán con un tono que traspasaba la calma—. Furioso por lo que ha ocurrido.

—¿Hermano? ¿Qué sucede? —Hatice frunció el ceño, su voz teñida de preocupación.

—Hürrem fue incriminada. El tono grave de Suleimán cayó como una espada. El veneno no era mortal. Hasret Hatun, una criada anciana, vio a Nazli junto a Esma y Hürrem esa mañana. ¡Nunca se acercaron a Nurhan! —el nombre de Nurhan fue escupido con desprecio.

Mahidevran sintió que el mundo giraba. Por un instante, le pareció que el peso del pecado caía sobre sus hombros. ¿Y si la descubrían? ¿Y si alguien confesaba?

—Majestad… es obvio que Nurhan mintió. —dijo Mahidevran con una sonrisa apenas visible, esperando pasar desapercibida. Pero los ojos de Suleimán se clavaron en ella.

—No le convenía a ella mentir... como no te conviene a ti, Mahidevran, ni a Hürrem. Todos son piezas frágiles en un juego que no tolera errores.

—Yo ya cometí ese error, majestad… Créame que no volverá a ocurrir.

Hafsa intervino con una serenidad fingida:

—Hijo, lo importante es encontrar a la verdadera culpable.

—¡No, madre! Nadie quiere a Hürrem en este palacio. Y eso es una vergüenza. —el dolor y la culpa se mezclaban en su voz.

—Sultán... —intentó intervenir Mahidevran otra vez.

—¡No! —la interrumpió con furia—. Si vas a decir que se lo ganó, estás equivocada. Hürrem es amable, caritativa y buena. Mucho más que quienes la rodean.

Hatice habló con firmeza:

—Hermano, esto fue un complot. Ella tiene más hijos, ha ganado enemigos. Hürrem debe volver. O este palacio perderá su alma.

Suleimán respiró hondo.

—Retírense... Por favor.

Cuando quedaron solos, Ibrahim apareció.

—Majestad…

—Si traes malas noticias, déjalas en la puerta.

—No, sólo quiero saber cómo está usted.

—¡Molesto, Ibrahim! ¡Incriminaron a la mujer que amo y lo supe cinco meses después! —golpeó la mesa con rabia—. Y yo… ¡yo no le creí!

—No es su culpa, majestad. Usted pensó en el Imperio. Lo importante es que Hürrem no es culpable.

Suleimán apoyó la cabeza entre sus manos, derrotado.

—Pero yo la alejé...

—Pero yo la alejé

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Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora