Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
La madrugada caía gélida sobre Estambul, y el silencio del palacio era casi sepulcral. La sultana Hatice dormía intranquila, removiéndose entre las sábanas de seda azul marino. Su respiración era agitada, y su frente sudaba a pesar del frío. En su mente, se repetía una pesadilla... siempre la misma.
—¡No! —gritó entre sueños, su voz quebrándose.
En la imagen onírica, Ibrahim estaba acostado con otra mujer. Sus cuerpos se tocaban como si fueran uno solo. No podía distinguir su rostro, pero el gesto amoroso, la risa compartida y ese pequeño niño que ambos acunaban la desgarraban.
—¡Ibrahim! ¿Quién es esa mujer? —gritaba, intentando tomarla del cabello, pero sus manos atravesaban sus cuerpos como si fueran humo.
—Es inútil… —susurró una voz familiar.
Hatice se giró y vio una figura luminosa vestida de azul. Era su madre, la difunta Valide Sultán Hafsa, llevando una corona de piedras blancas resplandecientes, tan hermosas como desconocidas.
—¿Madre? Oh, Allah…
—Mi querida Hatice —le dijo Hafsa con dulzura.
—¿Es un sueño? ¿Estoy dormida?
—Sí, hija mía. Pero no todos los sueños son invención. Algunos son advertencias… visiones.
—Eso no es obra de Allah… son supersticiones —replicó, insegura.
—Gülbahar Hatun, tu abuela, tenía sueños así. Vio a Selim en el trono. Y luego a tu hermano. Se cumplieron. El destino a veces se asoma en el velo del sueño.
—¿Ibrahim me engaña? ¿Es eso lo que intentas decirme?
Hafsa no respondió directamente. En cambio, la abrazó con ternura.
—Descúbrelo tú. Observa, escucha, no te ciegues por amor. Sé valiente. Deja de tener piedad. No dependas del amor de un hombre, hija… o llorarás el resto de tu vida.
Hatice rompió en llanto, apretando los brazos de su madre con desesperación.
—No me dejes…
—Sé feliz. Aprende a serlo sola. Y despierta.
Hatice abrió los ojos de golpe. El cuarto seguía en penumbras. Ibrahim dormía a su lado, sereno. Su hija, Nefiseh, estaba entre ambos, con su manito apoyada sobre el pecho de su madre. Hatice la besó con ternura. Pero algo en su pecho se había roto. El sueño, o quizás el presentimiento, ya se había instalado.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Suleimán tenía el rostro cansado, sus ojeras marcadas y el ceño fruncido. Había pasado el día en seis reuniones seguidas. La noche era su único consuelo… pero el sueño, esquivo como siempre, no acudía.
Sus hijos habían ido a verlo, ansiosos por su atención.
—Padre, quiero ir a Edirne. No voy desde hace mucho —dijo Raziye con emoción en la voz.