Inevitable

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La comitiva real avanzaba a lo largo de las orillas como un río de seda ondeando bajo la luz de la tarde. Los balcones se llenaban de rostros, pañuelos alzados y miradas que reverberaban entre la nostalgia y la esperanza. El gran sultán regresaba… aun tras la derrota, el pueblo lo recibía como si hubiese vencido al tiempo mismo.

—¡El sultán del mundo ha vuelto! —coreaban las voces con emoción sincera, entre pétalos que caían desde los tejados como lluvia bendita.

Desde el balcón de mármol blanco, adornado con celosías de nácar y cortinas que danzaban con el viento marino, Hürrem Haseki Sultan observaba en silencio. A su lado, el pequeño Cihangir se sostenía de su mano, con los ojos clavados en la figura lejana que se acercaba a caballo. Hürrem no decía nada. Su mirada contenía siglos de espera, aunque el mundo apenas había envejecido unos meses. Detrás de ella, una montaña de documentos descansaba sobre la mesa del saloncillo.

¿Renegaría el sultán de su trabajo? ¿O notaría la atención con la que cada papel había sido ordenado, cada firma revisada, cada sello estampado con el mismo cuidado con el que una madre peina a su hija antes de la oración?

Hürrem suspiró con disimulo y bajó la vista hacia Cihangir. Su mirada se suavizó como la de una flor que se rinde ante el sol.

—Mi león —susurró—. Tu padre ha vuelto.

Le besó la frente y volvió a mirar el horizonte.

🌙

En lo profundo del harén, donde el aire olía a encierro y a incienso apagado, Firuze Sultan —quien alguna vez fue la fragancia más dulce de palacio— alzaba los ojos hacia el cielo a través de las celosías de su celda. Silenciosa desde su encierro, no había vuelto a perturbar la calma de la corte… pero ahora, su amado regresaba. Y con él, regresaban las posibilidades. El poder. El deseo. La promesa de no ser olvidada.

Mientras tanto, el pequeño príncipe Suleiman, su hijo, jugaba con dos caballos de madera tallada y crines de hilo de oro. El tiempo era solo un juego para él, y la espera se llenaba de risas y secretos imaginados.

🌙

Suleiman entró a su estudio y se detuvo ante la torre de papeles. Sus dedos rozaron el borde de los documentos, notando algo insólito: orden, estructura… armonía.

—Hürrem —llamó con una voz que se quebró por la sorpresa.

Ella apareció a su lado, como una sombra luminosa.

—¿Tú hiciste esto?

—Sí —respondió con suavidad—. Ya hablé con los pashás. Dijeron que los planes fueron bien ejecutados.

Él bajó la mirada, sabiendo cuánto había descansado en ella.

—Me has resuelto semanas de trabajo…

—Años, tal vez —susurró ella, casi como un reproche envuelto en perfume.

Él alzó la vista y vio sus labios, rojos como la granada. Quiso olvidarse del mundo y recordarse en su piel.

—Supongo que tienes algo preparado para esta noche.

—Mucho entretenimiento, mi sultán. Le ruego que asista a la cena. Los príncipes desean verlo.

Ella hizo un leve ademán para retirarse, pero él, en un impulso de añoranza, la tomó del brazo. Fue como si la seda volviera a su mano tras años de ausencia. Sus ojos se encontraron y se miraron con la memoria de todo lo que alguna vez fueron.

—Por favor… dile a Hatice que deseo verla.

La soltó, y ella se marchó sin reverencia. No por altivez, sino por dignidad.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora