Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
Era de mañana. El cielo estaba claro, el viento apenas se atrevía a soplar entre las hojas del jardín imperial. Hürrem, vestida de verde esmeralda con hilos dorados bordados a mano, caminaba por los pasillos del palacio con la postura de quien no olvida lo que ha sido, pero tampoco duda de lo que es ahora.
“Camina como una dama”, le decían cuando era esclava. Pero ella no era una dama. Era la tormenta que domó al león. Ahora caminaba como un sultán: segura, poderosa, sin pedir permiso.
—Sultana Haseki, el sultán pide verla —anunció Halil Agha.
—Iré enseguida. Gracias.
Un leve presentimiento le oprimía el pecho, pero lo disfrazó con una sonrisa. El juego del poder nunca dormía.
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—Debes ser inteligente, Mihrimah. No solo eres hija de un sultán, ahora también eres hermana de otro príncipe —dijo Rosella, acariciando su cabello.
La niña suspiró.
—Tía, sé quién es el peligro: la sultana Mahidevran.
—No hablo de enemigas, sino de tu papel como hermana. Ayuda a tu madre con los príncipes. Sé su sostén.
—¿Qué sabes tú de hermanas, si mi madre fue arrancada de la tu lado?
—Sé lo que es perder a una hermana. Cuando se llevaron a Alexandra, lloré como si me hubiesen arrancado el alma. Por eso sé cuánto importa que estés presente para Mehmed, Bayaceto, Selim… y hasta para Abdullah.
Mihrimah quedó en silencio. Rosella le tomó las manos.
—Eres hija del imperio. Una daga que corta por amor a su familia. Ser sultana, me dijo tu madre, es como reinar en una prisión de oro. Pero tú podrás con eso. Y si algún día te falta todo, yo estaré. No tengo poder ni ambiciones. Solo amor por ti.
—¿Serás mi lugar seguro cuando no quede nadie?
—Siempre.
Ambas caminaron por el pasillo cuando se cruzaron con Mahidevran.
—Nilüfer… criada siempre. ¿Cómo tomó Hürrem que casi te mandaran con su marido? —ironizó Mahidevran.
Mihrimah alzó el rostro con temple.
—Mi tía no es una criada. Es una mujer libre. Hermana de la Haseki. Y mucho más de lo que usted ha sido jamás. Dió a luz a mis hermanos, sí… pero sigue siendo prisionera de este lugar.
—Y tú también lo serás, sultana. Solo cambiarás de prisión el día que te cases —replicó Mahidevran, mordaz.
Fue entonces cuando Rosella, sin pensarlo, cruzó el límite: la golpeó.
—¡Lave su boca antes de hablarle a la hija del Sultán!