Divorcio

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Sombría. Esa era la única palabra capaz de describir el semblante de Hatice Sultan. No era tristeza, no era melancolía… era un abismo sin fondo en el que brillaba la llama del rencor. Su rostro pálido, su cuello rígido y su mirada muerta dirigían su furia directamente a la figura que masticaba con calma frente a ella. Ibrahim, como si el mundo no se desmoronara a su alrededor, seguía cenando. Solo él tenía apetito. Su esposa lo observaba, inmóvil, mientras el ave en su plato perdía el vapor y el alma.

Bebió vino. Largo, amargo, decidido.

—Hatice, no deberías beber vino —murmuró el visir sin levantar la vista.

Ella se giró hacia él. Su mirada era un puñal.
—Te guste o no, créeme... lo haré.

—Basta —ordenó él, arrebatándole la copa con suficiencia.

Ella no respondió. Tomó una nueva y la arrojó con fuerza contra la ventana. El cristal estalló con violencia.

—Vuelve a detenerme... y serás esa copa —escupió con rabia.

—Irracional y vulgar... ¿quién te has creído que eres?

Fue la última chispa.

—Me divorcio —susurró.

Ibrahim parpadeó, incrédulo.
—¿Qué dijiste?

—¡Que me divorcio! —gritó, esta vez con voz firme, con los ojos inundados de una furia contenida por años.

Él se levantó bruscamente y la sujetó de los hombros, sacudiéndola. Ella, temblando de ira y dolor, lloró, pero no cedió.

—¡ME DIVORCIO! —rugió, y él la soltó de golpe, como si sus manos se hubieran quemado.

—Tú no eres nadie para divorciarte de mí.

—Soy Hatice Sultan —gruñó con una sonrisa venenosa—. Y tú, Ibrahim, solo eres un esclavo que se acostó con otra esclava. Ni siquiera supiste elegir bien tu infidelidad.

Ibrahim, rojo de furia, la abofeteó. El golpe retumbó como un trueno. Ella cayó al suelo con un gemido contenido.

Silencio.

Hatice se arrastró hasta la mesa, se alzó con dificultad. Su vista encontró un fragmento de cristal en el suelo. Lo tomó sin dudar, lo escondió en su palma.

—Primero tu abandono. Luego tus mentiras. Ahora esto... —levantó el cristal y sin piedad lo hundió en su rostro. Le cortó la mejilla, el cuello, el brazo. Iba a matarlo.

—¡Estás loca! —gritó él, forcejeando, recibiendo heridas por todas partes.

—¡Sí! ¡Loca desde el día en que me casé contigo! ¡Loca por confiar en un hombre igual a todos! ¡Igual a mi padre, a mi hermano, a ti!

—¡Fue Hürrem! ¡Ella te volvió así!

—¿Hürrem? ¿O acaso es que te enamoraste de ella también? ¿Te acostaste con la madre de un príncipe?

—¡CÁLLATE!

—¿Y si te digo que ese segundo embarazo de Mahidevran, el de los mellizos… ese que la iba a coronar sultana? Me aseguré de que lo perdiera. ¡Solo nació esa pobre niña inútil!

El rostro de Ibrahim palideció.

—¡Aun así fue sultana!

—¡Por lástima! ¡No por méritos! ¡Y tú lo sabes! ¿Sabes qué se siente? ¿SABES QUÉ SE SIENTE cuando cada dos años Hürrem pare un varón sano y tú... tú solo engendraste un bastardo?

La rabia los consumió. Él intentó golpearla de nuevo, ella lo arañó, mordió, pateó. La cena voló, platos estallaron, copas se quebraron. La sangre manchaba las alfombras como vino derramado.

Serpiente Rusa |Finalizada|Donde viven las historias. Descúbrelo ahora