30 | Resentimientos

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Zack

La nieve ya me tenía hastiado.

Desde que puse un pie en New York sabía que la estadía no sería como pensaba.

La temporada navideña era horrible. Había un montón de personas caminando por la calle, nieve por todos lados, tráfico a más no poder y un frío de la mierda.

Gracias al cielo que las conferencias acabaron y faltaba menos para regresar a California. Nunca pensé en que iba a extrañar tanto ese lugar.

— ¿Qué te parece si vamos a cenar?

La voz de Olivia me sacó de mis pensamientos. Era nuestra última noche ahí, pues el congreso ya había terminado. No había sido la gran cosa, incluso fue tedioso.

Volviendo a Olivia quien cada noche me había invitado a cenar o había insinuado qué quería dormir conmigo me miraba implorando que aceptara.

Negué. No se que mierda le pasaba.

— Las calles están llenas y no tengo humor — dije encaminándome hacia mi habitación de hotel.

Compartía habitación, pero como era de esperarse mi compañero había salido a cenar.

Miré a Olivia con lástima, toda la estadía se la pasó pegada a mi, pero se que ella quería hacer algo de turismo, contrario a mi que me la pasé en mi cuarto.

Caminamos por el pasillo y nos encontramos con una chica rubia a la cual conocí muy bien.
Le guiñé el ojo disimuladamente y ella sonrío con picardía. No asistí a una de las últimas conferencias por que nos enrollamos en un armario, pero valió la pena.

Entramos a mi habitación. Olivia cierra la puerta detrás de ella y se abalanza sobre mí besándome, le correspondo unos segundos antes de apartarla. No quiero follar con ella, ya me tiene harto.

— Puedo cambiar tu humor... — dice con coquetería y niego alejándola.

— Vete, no tengo ganas — le digo dándole la espalda — Y cierra la puerta cuando salgas.

Veo la gran ciudad por la ventana cuando solo escucho un suspiro y un portazo.

No se que mierda pensó que haríamos al venir aquí. Solo por estar en otra ciudad creyó que la trataría como mi novia. Ilusa.

Hablando de Serena. Me tiene intrigado desde que la llamé en la mañana y contestó de una forma muy extraña. Sonaba agitada y distante, es raro de ella ya que desde que llegué a New York estuvo atiborrándome de mensajes y llamadas hasta que solo dejo de hacerlo.

Desde que comencé a engañarla no me importaba si ella me frecuentaba o no, en realidad me parecía satisfactorio de una manera retorcida el que ella me buscara mientras yo estaba con alguien más, pero en este caso es... diferente.

Al día siguiente ya estábamos todos en el aeropuerto, Dylan por su parte se veía contento con otros chicos y decidí no incluirme ya que tenía muchas cosas en las que pensar. Para mi buena suerte cambiaron el asiento de Olivia y no tuvimos que sentarnos juntos.

Dormí todo el viaje y cuando aterrizamos en California aún no podía dejar de pensar en que Serena no me había llamado, ella sabía que yo llegaba ese día y no me había buscado.

El tomar un taxi desde el aeropuerto empeoro mi humor. Llegué a mi casa siendo recibido por mis padres, después de la escandalosa bienvenida mi padre me llevó a su estudio para hablar.

— Ya te cumplí tu capricho de ir a New York — habló dándole un sorbo a su vino — Es hora que cumplas con Brooks.

Resoplé — De acuerdo.

Papá y yo teníamos un trato. Yo aseguraba la unión con la familia Brooks como medio de agradecimiento por estos años.

Él no era mi padre biológico y de alguna manera quería que yo le pagara todo lo que ya había hecho por mi. Y esta sería esa forma de pago.

Yo no quería casarme. Carajo. Tenía veintidós años y honestamente no quería a Serena Brooks como mi esposa.

Suspire. Estaba acorralado y por más que lo intentara no lograba ver la salida.

Mi padre me tenía unas hojas y al tenerlas en mis manos pude ver que eran.

El contrato de matrimonio que Serena y yo habíamos firmado hace años.

Joe

Expulsé el humo del cigarrillo en la sala de mi casa.

El tiempo de invierno brindaba cierta oscuridad a los días y más a mi casa la cual estaba apartada de la ciudad.

Bebí de mi cerveza, ya había olvidado cuántas llevaba o quizás había empezado a beber desde la mañana.

Me mantenía vivo en base de cigarrillos, alcohol, drogas y algunas veces de comida chatarra.

Uno de mis muchachos entró dejando un sobre frente a mi.

— Aquí tiene lo que pidió — habló temeroso. Era de los nuevos.

Todos los bastardos o rebeldes de Beverly Hills, con mi mala suerte daban conmigo. Se unían a mi banda, trabajaban para mi ya sea en las carreras o vendiendo mi mercancía.

No sabía quien tenía más mala suerte. Si ellos que al salirse de la comodidad de su hogar llegaban a mi y eran tan incrédulos creyendo que les iría mejor o yo que tenía que soportar sus estupideces.

Escuché un llanto y hastiado apagué mi cigarrillo dándole algunos billetes al chico por traer mi recado.

— Gracias — tartamudeó.

— Largo — le dije poniéndome de pie yendo escaleras arriba.

En una de las habitaciones estaba Wilson, uno de mis chicos más fieles quien fue lo suficientemente idiota como para embarazar a su novia y traerla a vivir aquí con el estorbo.

El bebé en los brazos de la chica lloraba a más no poder mientras ella no sabía que hacer y Wilson caminaba de un lado a otro.

— Wilson ya apaga tu mierda — le dije — Me tiene harto.

El asintió disculpándose.
Se le veía desesperado y es que no me tenía muy contento ya que últimamente no ganaba ninguna carrera y desde lo qué pasó con Crawford mi repulsión hacia él solo aumentó.

Fui a mi habitación con el sobre en la mano. Cerré con seguro mirando el sobre deleitándome unos momentos antes de ver el contenido aunque ya me daba una idea.

Rasgué el papel dejando ver algunas fotografías. Sonreí al verlas, era raro para mi sonreír pero eso lo ameritaba.

En las fotos Nate Crawford y Serena Brooks eran el principal atractivo, en algunas solo mirándose y en otras besándose.

Ahora tendría que pagar.

HOLAAA
he vuelto así que aquí tienen el principio del maratón.

1/4

disfrútenlo y tengan listos sus pañuelos.

xoxo.

Noches de inviernoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora