33 | Trato

106 6 0
                                        

Nate

— Cincuenta dólares.

— Señor, disculpe, pero tenemos órdenes de que usted no puede pasar.

— Vamos. Cien dólares — Saqué mi billetera y el guardia siguió negando con la cabeza.

— Señor Crawford, tenemos órdenes estrictas de que usted no puede entrar a la propiedad Brooks.

Rodé los ojos — ¿Cuánto quiere? ¿Quinientos dólares?

— Señor no...

— Te doy mil dólares — saqué los billetes y se los puse en la mano. Sus ojos se abrieron de la impresión e instantáneamente me dejó pasar.

Hubiera perdido menos tiempo si me hubiese dicho cuánto quería.

Tenía dos horas en la entrada de la mansión de los Brooks ya que sus guardias no me dejaban pasar.

Cambiando de tema. Serena. Tenía tres días sin verla, no contestaba mis llamadas ni mis mensajes, pero según Ryan ella estaba bien. No pude contenerme y le insistí para que le preguntara a Grace sobre Serena.

Estacioné mi auto y antes de bajar me percaté de que Grace iba saliendo junto a su padre, pude ver como Serena se despidió de ellos, pero no me notaron.

¿Qué carajo? ¿Por qué el padre de Grace vería a Serena? ¿Estaba en problemas?

Hablando de problemas. Joe no se había comunicado conmigo, al contrario, los papeles se invirtieron y terminé mandándole miles de mensajes haciéndole saber que estaba a su disposición.

Me arme de valor y baje del auto. Pensé en tocar el timbre, pero si tenía suerte podía hacer algo mejor.

Abrí la puerta y gracias al cielo cedió.

Dejando la puerta abierta, Serena.

La casa estaba extrañamente solitaria, el silencio que abundaba en el lugar era casi aterrador. No había ni siquiera un empleado cerca y aproveché un poco la situación. Fui escaleras arriba encontrándome con un pasillo grande y muchas puertas.

Decidí entrar a una al azar, al momento de abrirla algo me golpeó en el rostro. Después del golpe mire al suelo.

Serena me había arrojado un peluche de oso.

— ¿Crees que eso detendrá a un ladrón? — pregunté con sorna.

Ella lucía un poco asustada, pero se calmó al instante de verme. Dios. La calma me inundó ya que no saber de ella me estaba volviendo loco.

— ¡¿Qué haces aquí?! — exclamó — ¡¿Cómo entraste?!

— Tienes que cambiar tu seguridad, muñeca — dije acercándome a ella — Yo debería ser quien le reclama al otro. ¿Por qué no atiendes mis llamadas?

Ella suspiró. Pude notar la duda e incertidumbre en su rostro. Su expresión me recordó al instante lo que había hablado con mi madre.

Como era de esperarse tuve una mezcla de emociones ante su confesión. No podía dejar de pensar en que de todas las mujeres en el mundo mi padre tuvo que engañar a mamá con la señora Brooks. Toda la noche me debatí si contarle a Serena, pero en ese momento desistí de la idea ya que ella lucía abrumada.

— Yo... he — tartamudeó — Yo he estado algo ocupada.

Su respuesta no me convenció.

— ¿Qué hacían Grace y su padre aquí? — pregunté.

Noches de inviernoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora