sesenta y seis

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— Llegas temprano — dice Rubén con una sonrisa que le marca los vagos hoyuelos en las pálidas mejillas. —, ¿vienes a verme o solo pasas por aquí? — pregunta, el pelinegro sonríe mirando a las personas dentro de la sala de espejos e inclinándose ligeramente para dedicarle un suave beso.

— ¿Quieres que me quede? — propone en voz suave. — La maestra de música clásica no llegó y tenemos dos horas libres.

— Quédate — asiente él, sonriendo con dulzura. —, hoy es el último ensayo de la obra que se presenta el viernes. — explica, y, aunque en algún momento, aquella frase podría haberlo puesto triste, actualmente se sentía incluso tranquilo.

— Me quedo.

— Vale.

— Vale.

Samuel se sienta en el suelo, la espalda apoyada en la pared de cristal y el pequeño estuche del violín sobre las piernas. Saluda a Luzu con la mano, cuando su amigo le mira desde la posición principal, y aunque Rubén se ve relegado a una de las posiciones de apoyo, le mira con una sonrisa a través del espejo.

.

— Pensé que la canción era en el piano. — comenta el peliblanco mientras estira, el pelinegro asiente. — ¿Entonces para qué es el violín?

— Me parece que es una canción muy... compleja como para usar un solo instrumento. — responde Samuel con sencillez. — Así que compuse algo rápido para el violín. — continúa mientras prepara las cuerdas con tranquilidad, como si tuviese todo el tiempo del mundo.

— Pareces relajado. — señala Rubén, poniéndose de pie para observarlo por encima del piano, el pelinegro acomoda el violín bajo su barbilla y el arco entre los dedos. — Es por mis besos, ¿a qué sí?

El mayor se ríe, mejillas ligeramente sonrojadas. — Pon el teléfono a grabar. — pide con voz suave, el bailarín asiente, buscando la aplicación de la grabadora de voz y dedicándole un pulgar hacia arriba para que empiece a tocar.

La melodía llena el espacio del auditorio, a Rubén le parece casi increíble la manera en la que el pelinegro se desliza en su propia melodía, ojos cerrados, como si estuviera leyendo una partitura tras sus párpados. La sensación que le invade el cuerpo es aquella que pensó había muerto, aquella que dejó de sentir cuando los protagónicos no eran suficientes, aquella que pensó no volvería a sentir.

Le parece aún más guapo así, ceño fruncido con concentración mientras mueve los dedos con rapidez, Rubén se pregunta cuánto le tomará componer canciones, cuánto le tomará aprenderlas de memoria. Piensa que a Samuel la música le es tan natural como respirar, al menos así parece, pues, aunque está concentrado, las manos sobre el violín parecen tan expertas que hasta luce sencillo, aunque él no se atrevería a intentarlo.

Cuando la canción llega a cierto punto, la boca del pelinegro se mueve tan solo un momento, casi como si fuese a murmurar algo, Rubén sonríe, quizás la letra de la canción que escuchó aquella vez en la nota de voz, quizás alguna nota mental sobre cambiar alguna nota que no suena bien a sus estrictos oídos.

Samuel detiene sus movimientos y suspira, Rubén detiene la grabación por él cuando le mira dejar ambas cosas sobre el piano y estirar las manos un par de veces, como si se hubiese aferrado a ellas por mucho tiempo con demasiada fuerza.

— Vale — dice con tranquilidad, sentándose en el banquillo frente al piano. —, intentémoslo así. — el bailarín debe evitar las ganas de besarlo mientras se apresura a su posición en mitad del escenario. — ¿Listo?

— Listo.

La grabación suena a la par que él empieza a tocar el piano, levanta la mirada a la forma en que Rubén estira los brazos y las piernas, el pálido rostro a pesar de parecer concentrado, también parece tranquilo. Gira sobre las puntas de sus pies, con las desgastadas zapatillas cubriendo los lastimados dedos, casi parece que flota, a Samuel le parece tan hermoso que su música pueda hacer algo así.

m i s e r y -rubegetta-Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora