sesenta y cinco

251 43 52
                                        

"Ya debo irme" quiere decir, pero no puede prestar atención a nada más que a la forma en que Rubén le sostiene el rostro entre las manos, a eso, y a la forma en la que lo besa, claro. Sus manos, lastimadas con los años, se sienten como nuevas mientras presiona la piel de su cintura.

Siente la pesada respiración contra los labios húmedos cuando se separan, los ojos mieles del contrario brillan en su dirección y una sonrisa se desliza en sus labios, demasiado rosas, casi rozando en rojo.

— Sabes a algodón de azúcar... — susurra el bailarín, deslizando la lengua ligeramente sobre el labio inferior, lo que llama la atención de los brillantes ojos violetas.

Samuel vuelve a besarlo, manos sosteniéndole el rostro mientras Rubén se desliza hacia atrás en el sofá, el mayor le sigue, labios presionados juntos, mientras la manos lastimadas le sujetan el rostro. El bailarín se ríe, y el pelinegro se aparta, mejillas sonrojados y labios brillantes.

— Dios, que guapo te ves. — susurra, le pone la mano sobre la barbilla, el pulgar limpiándole los labios mientras sonríe. — Voy a tener que besarte así más seguido.

— Me tengo que ir. — murmura, dedicándole un suave beso, haciendo que el peliblanco entorne los ojos. — Pero me gusta la idea.

— ¿Estás seguro de que no habías besado a nadie antes? — pregunta, tratando de cambiar de tema, evitando que se vaya. — No lo haces mal.

— Solo a Luzu, cuando teníamos quince — responde él, sujetando su peso sobre su brazo para evitar aplastar al bailarín. —, pero no... ni de cerca así...

Rubén se estira, robándole otro beso rápido, haciendo que Samuel se incline de nuevo, tratando de mantener el contacto un poco más. El peliblanco sonríe, ¿quién imaginaría que el chico más callado de música le está besando hasta dejarlo sin aire?

— Me tengo que ir. — insiste con otro beso rápido, sentándose en el sofá y acomodándose la chaqueta. Rubén suspira, sentándose junto a él y cruzando una ágil pierna en su regazo. — Doblas...

— Solo me estoy estirando. — dice con falsa inocencia. — Pero quédate un rato más, anda.

— Me encantaría, pero seguro que mi madre vuelve hoy y aún no he hecho mis quehaceres. — se excusa, sus manos sobre la pálida piel de su pantorrilla, desliza suaves dedos de arriba hacia abajo, casi como si no supiera lo que hace, aunque batalla con el sonrojo en sus mejillas. — Pero nos veremos mañana, Doblas, en clases.

— No compartimos clases — responde él, inclinándose hacia adelante para apoyarse sobre su hombro mientras el calor de sus manos le recorre el cuerpo entero, aunque solo le acaricie la pierna con suavidad. —, nos veremos solo en el descanso y luego para ensayar.

— Podemos ir a comer en lugar de ensayar. — propone en contra de su sentido común, pues no es típico en él deshacerse de sus responsabilidades de manera sencilla, aun así, las palabras se deslizan de sus labios con tanta dulzura que casi le parece sorprendente.

El pelinegro gira el rostro cuando siente como Rubén se aparta, solo para mirarlo con una sonrisita. — Anda, pero si hasta parece que te gusto y todo. — bromea en voz bajita. — Dejar los ensayos es algo muy poco responsable de tu parte.

Él ríe, las mejillas rojas bajo la insistente mirada de sus ojos color miel. — ¿No se nota que me gustas?

— Cuando me dejas de hablar y me miras como si hubiera asesinado a tu mascota no mucho, no. — responde con tranquilidad, haciendo que el mayor ría una vez más, las manos presionando la pálida piel en modo de broma.

— Me gustas, Rubén Doblas, de verdad. — asegura, tomando sus labios en un rápido beso. — Y ya me tengo que ir.

— Bien, vete. — dice finalmente, retirando la pierna de su regazo, al menos intentándolo, pues las manos del músico la sostienen allí.

m i s e r y -rubegetta-Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora