sesenta y siete
Rubén cree que jamás ha estado tan asustado, jamás ha sentido el corazón contra las cosillas presionar de manera tan dolorosa, jamás ha sentido que el puro terror le pica los ojos en forma de abruptas lágrimas. Sin embargo, siempre hay una primera vez para todo, para sentir tanto terror, para no saber qué hacer.
Presiona el teléfono entre sus manos otra vez, mirándolo con pavor mientras el pequeño aparato le muestra cómo la persona a la que ha llamado se encuentra fuera de servicio o ha apagado su teléfono.
— Mierda. — suspira bajo su aliento. — Mierda, mierda, mierda.
Desliza los dedos por la pantalla, buscando un nombre distinto, alguien que pueda ayudarlo, alguien que no ayude a matar al chico que cree que alguien como él merece una orquesta. Es su culpa, es todo su culpa. ¿Cómo pudo hacer algo así? ¿Cómo pudo exponer a Samuel a algo como eso cuando ya sabe cómo es su madre? Se siente tan estúpido, tan culpable, tan asustado. Ahora tiene sentido porque esa maestra lo trataba así siempre que lo veía en el edificio de música, porque le había pedido que se aleje de él.
Las lágrimas le nublan la visión mientras la lista de contactos se desliza en la pantalla. Los dedos se detienen en la letra "L", y un momento después, Rubén se encuentra presionando el botón para llamar a Luzu.
*
El sonido de la guitarra para en el momento en el que el teléfono de Luzu empieza a sonar, ambos chicos suspiran, pues, teniendo en cuenta que casi no han tenido tiempo para practicar, no necesitan más interrupciones como estas. Aun así, Borja levanta el aparato para leer el nombre y frunce el ceño cuando lee el "Rabis" brillando sobre la foto de perfil del peliblanco.
Responde un momento después, ceño ligeramente fruncido mientras Auron desliza los dedos sobre las cuerdas. — ¿Hola?
— Luzu — la voz a través del teléfono suena cansada, como el castaño no lo ha escuchado jamás, ni siquiera después de un baile. —, nec-necesito...
— ¿Pasó algo? — pregunta, apurado, pues el estómago le pesa también al escuchar su voz.
— Sam — dice, respirando pesadamente. —, su madre... nos vio y... — la voz, casi desesperada, parece a punto de romperse mientras trata de explicar con palabras cortas y apresuradas. — ... traté de seguirlos, pero... voy en bicicleta y-
— Vale, vale, voy para allá. — dice, apresurándose para tomar su bolso sobre el escritorio y recogiendo su botella de agua. — Sé que quieres verlo, pero lo mejor será que no vayas a su casa.
— Lu-
— Por el bien de Samuel. — interrumpe Borja antes de cortar la llamada.
— ¿A dónde vas? — pregunta Auron, siguiendo sus pasos. — Luz, tenemos que seguir practicando.
— Perdona, Auroncito, pasó algo con Sam, y-
— Me estás jodiendo que tú también me vas a dejar por él. — dice, el rostro fruncido en un ceño tan profundo que a Luzuriaga casi le hace enojar.
Hay muchas cosas que quisiera decirle, preguntarle a que se refiere con el "también", recriminarle sobre cómo él también lo ha dejado por su mejor amigo en más de una ocasión, pero no tiene tiempo, o cabeza, o nada más que la preocupación que le tira del fondo del estómago y le quita incluso el aire.
Se apresura hasta su auto, lanzando el bolso hasta el asiento del copiloto, las manos temblando mientras trata de encender el motor. Está aterrado, muerto de miedo, ha conocido a Samuel desde que son niños, sabe lo que su madre es capaz de hacerle, sabe que basta un error en sus prácticas para lastimarle las manos, sabe que no escucha razones, y...
Cierra los ojos un momento, tratando de recomponerse y no largarse a llorar. Si Rubén está asustado, él está aterrado.
sesenta y ocho
Samuel ha escuchado muchas veces la bendición que es su talento musical, lo bendecido que está por poder interpretar canciones tras haberlas oído tan solo una vez, lo afortunado que es porque su madre sea maestra de música, así le puede ayudar a desarrollar su talento.
Aún así, él no entiende a que se refiere toda esta "bendición", ya que él jamás la ha sentido. Siente el dolor en las manos, claro, y siente la manera tan rápida en que su mente trabaja al escuchar música. Entiende todo lo que tiene que ver con música, pero no entiende nada más. En especial, no entiende a su madre. Supone que lo ama, al menos es lo que ella le ha dicho desde que tiene memoria, pero no entiende cómo ese amor se traduce en la severidad que llega a punta de violencia. No entiende cómo es su culpa que su padre los haya abandonado incluso antes de que él naciera.
El silencio es lo mejor, claro. La manera más segura de sobrellevar esto es estar en absoluto silencio mientras su madre grita en el camino a casa. Así que apaga el teléfono después de la tercera llamada de Rubén, pues no quiere que la vibración de su celular llegue a ser percibido como algo más que silencio. Y trata de estar tranquilo, pues piensa que el fuerte latir de su corazón va a ser escuchado por sobre el griterío que inunda el auto.
Odia el silencio que proviene de él, porque sus manos, su corazón, su cabeza, todo está hecho para la música, para hacer música, y el silencio le parece la cosa más horrenda que pueda hacer. Aunque ahora le parece razonable, sigue sintiéndose igual de espantoso.
Mira a su madre de soslayo, el rostro rojo mientras continúa murmurando entre dientes sobre cómo todo esto es culpa de ese músico promedio con el que ha estado pasando tanto tiempo. Los nudillos están pintados de blanco mientras sostiene el volante con tanta fuerza que casi parece doloroso. Samuel se mira las propias manos, manchadas con los constantes castigos desde que tiene uso de razón, desde que aprendió que lo que su madre decía, se debía hacer.
— Mamá — llama, la voz más estable de lo que pensaba que estaría. —, no hables así de Rubén.
El silencio a continuación es de sorpresa, ella le mira, como si se hubiese vuelto loco y le toma un momento descubrir que decir, pues esto es inaudito. — ¿Qué coño has dicho, Samuel?
— Si dices una palabra más de él, me tiro del coche. — responde el músico con tranquilidad como si no estuviera diciendo una locura, como si no estuviera desafiando a la mujer que le ha lastimado toda la vida por errores mínimos, si los golpes en las manos fue por errores, y los de la espalda por escaparse, ¿a que castigo equivaldría retar su autoridad? ¿Finalmente tendrían razón sus amigos? ¿Sería capaz ella de matarlo? Y de ser así, ¿por qué no podría hacerlo él en primer lugar?
— Samuel, no digas estupideces. — pide, con la mueca de molestia en el rostro, aún incrédula de que su hijo se esté portando así. — Esto es a lo que le refiero, tú no eres así. Es todo culpa de ese estúpido bailarín qu-
El pelinegro no escucha más, pues abre la puerta del auto y se deja caer hacia la calle.
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m i s e r y -rubegetta-
FanfictionLa desdicha en un artista es lo pero que puede existir, Rubén Doblas lo sabe, y sabe, también, que él se ha convertido en eso: un artista desdichado. Todos encontramos dicha en algo, y a pesar de que él la busca en todos lados, lo que menos espera e...
