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59. (LOML)

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(loss of my life)

Previamente.

– Valentina...–

– Toma tu caja y vete. – No por favor, que no vuelva a irse.

– Valentina yo sigo queri–

– QUE TE LARGUES, NO QUIERO VOLVERTE A VER JAMÁS. –

Valentina le arrojó las cosas a Juliana fuera del apartamento, la empujó fuera, cerró de un portazo, esperando que todo eso, que el impulso le hiciera sentir liberada... pero eso nunca pasó...

Presente.

El aire de la calle le cayó a Juliana como una bofetada, frío y ajeno, como si la ciudad entera se hubiera puesto de acuerdo para recordarle que ya no tenía a dónde volver. Dejó salir una bocanada de aire que había estado conteniendo sin saberlo, y al expulsarla se convirtió en un sollozo que le rasgó la garganta por dentro, como si algo se hubiera desgarrado ahí, en un lugar que no tenía nombre.

Valentina la había sacado de su vida. Le había puesto esa vida entera, o lo que quedaba dentro de una caja de cartón, se la había entregado como quien entrega un cadáver, pero con mucho menos tacto; y ahora, afuera, el mundo seguía intacto.

Los coches, las luces, la gente pasando indiferente, ajena a que algo se acababa de morir en el piso catorce. Juliana pensó que eso era lo más cruel de todo: que nada se detuviera. Que el universo no tuviera la decencia de pausarse un segundo para lo que le estaba costando a ella respirar.

Se limpió la cara como pudo, aunque las manos le temblaban demasiado para lograr algo más que embarrarse el dolor por las mejillas. Sus pies se resistían a alejarse del edificio, como si una parte de su cuerpo —la más necia, la más enamorada— todavía creyera que si se quedaba ahí el tiempo suficiente, Valentina bajaría. Que abriría la puerta. Que la dejaría explicarse.

Pero no. Eso no iba a pasar. Lo mejor era irse, y no es como, si no lo hubiese hecho antes, ¿no?

Caminó sin rumbo, con la caja todavía apretada contra el pecho como si fuera lo único que le quedaba de una vida entera, y solo hasta doblar la esquina se dejó caer sobre una banca, porque de pronto la caja parecía que pesaba más de lo que sus brazos podían sostener.

Ahí, sentada, con el cartón mordiéndole las piernas, entendió que esa caja no era solo objetos. Era todo lo que Valentina aún conservaba de ella. Y hoy se lo había devuelto, como quien devuelve algo prestado que ya no quiere tener cerca. Algo que ya resulta ajeno, estorboso, casi molesto.

Se llevó las manos a la cara. Quería llorar —necesitaba llorar, con esa urgencia física de quien siente que el pecho le va a reventar si no lo hace— pero algo se lo impedía. Tal vez el orgullo. Tal vez la vergüenza. Tal vez esa vocecita que le decía que no tenía derecho a llorar por un dolor que ella misma había fabricado con sus propias manos, con su silencio, con cada día que decidió no decir nada.

Sacó el celular. Escribió:

Valentina, por favor, déjame expli–

Lo borró.

Sé que no quieres verme pero–

Borrado también.

Te juro que yo no–

Su dedo quedó suspendido sobre la pantalla, temblando, como si las palabras se le hubieran muerto antes de nacer. ¿Qué iba a decirle? ¿Que no era su culpa? ¿Que ella también había cargado ese secreto como una piedra en el pecho, noche tras noche, preguntándose cuándo llegaría el día en que todo explotara?

ANTOLOGÍAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora