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64. the twilight zone

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El auto de Irina avanzaba por la ciudad con una lentitud ridícula. Afuera, Nueva York seguía siendo Nueva York –las luces, los taxis, un hombre discutiendo por teléfono en una esquina– pero dentro del auto el tiempo se había vuelto una sustancia distinta, espesa, y hasta el bullicio de la gran manzana parecía haber bajado la voz por decencia.

Valentina iba en el asiento del copiloto, la frente apoyada contra el vidrio. El frío del cristal era lo único que sentía con claridad; todo lo demás –el cuerpo, la lengua rígida, la saliva espesa, el estómago que subía y bajaba con cada bache– pertenecía a otra persona, a alguien que había tomado su lugar esa noche y que ahora, muy despacio, empezaba a devolverle el control con la factura ya cobrada. No tenía los ojos entrecerrados por el sueño. Los tenía entrecerrados porque abrirlos del todo significaba mirar de frente el peso específico de la vergüenza que empezaba a asentarse detrás del alcohol, y todavía no. Todavía no.

Detrás, el auto de Liza –con Fabiana de copiloto– las seguía a una distancia prudente, una escolta que nadie había pedido pero que nadie tampoco se atrevía a rechazar. Dos autos, cuatro mujeres, y ni una sola palabra que se atreviera a cruzar el silencio de un vehículo al otro, aunque las cuatro estuvieran pensando exactamente en lo mismo: el clip. Los cuarenta y siete segundos que, para cuando cruzaron el puente, ya llevaban algo así como cuatrocientas mil reproducciones.

Irina tenía las manos firmes en el volante y la mandíbula tensa –esa clase de silencio que en ella siempre significaba que estaba calculando cuánto podía decir sin que un comentario se convirtiera en la chispa que encendiera la confrontación. Y es que la verdad era que sí, Irina podía ser inoportuna, muy directa rozando la grosería, pero nunca imprudente, eso jamás. Sabía medir sus palabras, sabía también que por el momento decir cualquier cosa era caminar sobre un lago congelado: había grietas por doquier, y ella creía saber dónde estaban. Sabía, sobre todo, que Valentina, en el estado en que estaba, encontraría cualquiera de ellas y se lanzaría dentro solo para demostrar que podía sobrevivir a la caída. Miró de reojo. Valentina seguía con los ojos cerrados.

Dobló a la izquierda y los árboles de la avenida de Valentina empezaron a asomarse, indiferentes, con las hojas ya cargadas del otoño que llegaba. Siguió de largo para meter el auto al estacionamiento; el guardia, como era de esperarse, les pidió la autorización, y por un instante absurdo Valentina pensó en lo extraño que era que el mundo siguiera funcionando con normalidad burocrática mientras su vida entera ardía en la palma de miles de desconocidos. Irina escaneó la tarjeta. Detrás, el auto de Liza entró también. Aparcaron lado a lado, y sin planearlo, antes de bajar, se tomaron unos segundos de más –el tipo de pausa que nadie nombra pero que todas reconocen, el último respiro antes de entrar a un cuarto donde algo se tiene que decir. Hasta el sonido de las puertas al cerrarse pareció más fuerte de lo normal, disparos amortiguados en el concreto vacío del estacionamiento.

Fabiana descendió del auto con una cara que no prometía nada bueno –pálida, los labios apretados– y se excusó unos minutos, como buscando el sanitario, aunque cualquiera que la conociera un poco habría notado que en realidad buscaba un segundo a solas, uno donde no tuviera que sostener la cara que las demás sí tenían que sostener.

Subieron las tres al edificio, aún en silencio. Valentina parecía dormitar –cerraba los ojos casi todo el tiempo, aunque en el fondo lo que hacía era evitar el simple acto de hablar de lo que había sucedido, con la esperanza muda de que el silencio, por pura terquedad, deshiciera lo ya dicho. El elevador se abrió y caminaron con ella entre las dos, Irina sosteniéndola de la cintura, firme, sin ternura excesiva, mientras Liza caminaba cerca pero distinta, absorta en algo que no compartía, la mirada fija en un punto invisible del pasillo. Fue entonces que el sonido del otro elevador llegó, seguido de un click-clack apresurado de tacones sobre mármol. Era Fabiana, alcanzándolas ya recompuesta, y tomó su lugar al otro lado de Valentina, ayudando a Irina, que por supuesto no lo necesitaba pero lo permitió sin decir nada.

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⏰ Última actualización: 3 days ago ⏰

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