Antes de empezar el capítulo, me gustaría dedicarlo a personas especiales, Luisa Arias, este capítulo es para ti y tu hermana.
Un abrazo para ti, Luisa, que éstas palabras te encuentren mejor, sabiendo qué aunque el duelo suele ser prolongado, no me queda duda de que no es otra cosa que el amor, sin saber a dónde irse.
Y que la verdad es que ellos tampoco se van del todo, se quedan en nosotros, en el tiempo compartido, en las risas, los sueños conquistados, y el aire; que cada vez que rías, que sueñes, e incluso cuando llores, sepas que tu hermana está ahí, siempre contigo, siempre.
Un abrazo al corazón Lu, gracias a las dos por leerme. ❤️🩹
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A Juliana el tiempo le parecía una criatura contradictoria: demasiado lento y demasiado rápido a la vez. Lento cuando arrastró su cuerpo fuera del edificio de Valentina, cada paso pesando como si caminara contra una corriente invisible. Rápido cuando, ya en el auto, el mundo se convirtió en manchas de color al otro lado de la ventana, gente y calles disolviéndose en un borrón que no lograba anclarla a nada.
Cuando llegó a casa de sus padres entró en silencio, y ese silencio bastó como explicación. Sus padres la sintieron cruzar el umbral, conocían a su hija lo suficiente como para no nombrar lo evidente.
—Juli...— escuchó la voz de su madre, inquisitiva pero con toda la preocupación del mundo.
Ella solo se dio vuelta para mirarla. Y ambos lo entendieron. No hicieron falta palabras, la mirada de Juliana se traducía a: bajo ninguna circunstancia voy a hablar de lo que acababa de pasar. Estaba en todo su derecho. La mejilla todavía le ardía, un eco físico de algo que dolía mucho más adentro, que solo la piel en su mejilla.
Subió las escaleras hacia su vieja habitación y la puerta crujió al cerrarse tras ella, como un punto un final.
Se dejó caer en la cama y el frío del cubrecama le trepó por la espalda, y con él, inevitables, volvieron todas las lágrimas. Más amargas esta vez, como si el paisaje entero de su dolor se hubiera puesto de acuerdo para intensificarse. Inhaló por la nariz, intentando contener la marea, pero fue inútil; el pecho y el estómago se le convulsionaban como si estuviera a punto de dejar salir el lamento más profundo de toda su vida.
Miró el punto azul pegado al techo —resto de un sistema solar que alguna vez había armado ahí, en ese mismo cuarto, en una vida que ya no reconocía como suya— y por un momento no vio una estrella de plástico descolorida, sino algo mucho más grande: el vacío que cargaba dentro suyo. Su propio abismo, uno intransferible, pero que, sin saberlo, compartía con Valentina, quien en ese momento se quedaba absorta en su departamento, intentando contener una reacción que amenazaba con arrastrarla y dejarla en pedazos.
Valentina acababa de despertar de la siesta que se había permitido después de todo, eran casi las diez de la mañana, pero dentro de su cabeza, los pensamientos corrían a cientos de kilómetros por hora, negándose a darle tregua, pero tenía que recomponerse: su hermana seguía ahí, y algo le decía que no era buena idea mostrarse así. No todavía. Sentía que Eva ya había visto suficiente por un día, y también sabía —con esa certeza incómoda de quien conoce a los suyos— que la seriedad de su hermana podía asustarla un poco.
Había, además, un ardor en la garganta de Valentina, un escozor que insistía por momentos, y sabía exactamente qué podía calmarlo. Pero Eva no se lo permitiría.
—Te pedí algo para desayunar —dijo Eva, y Valentina salió de golpe de sus pensamientos.
—Ah, sí... gracias. -
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ANTOLOGÍA
Romance|AU JULIANTINA| Juliana es una aspirante a supermodelo con deseos de ser una futura diseñadora, mientras que Valentina trabaja para una editorial con la que soñó trabajar desde siempre. En su viaje yendo ambas por la vida, juntas descubrieron que...
