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62. (trees for the woods)

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Después de los primeros seis días de todo lo que había ocurrido, Eva decidió que, por lo pronto, lo mejor era quedarse con su hermana. Esto no era invadir su espacio, desde luego, sino tener una cercanía distinta con ella. Su lado de doctora – el que nunca terminaba de apagarse – le decía que era lo correcto: así podía pasar tiempo con Valentina, monitorearla, cerciorarse de que todo estuviera yendo bien. Mejor, de hecho. Y lo parecía.

Valentina ya había visitado al neurólogo, se había hecho varios estudios, una resonancia, y estaba acudiendo al terapeuta. Se le notaba más tranquila. Por momentos se quedaba absorta en sus pensamientos, la mirada fija en un punto que solo ella podía ver, pero todo marchaba tan bien que resultaba fácil no prestarle demasiada atención a esos silencios.

Y si pudiéramos preguntarle a ella, Eva nos hablaría de esos días como quien cuenta una racha de buena suerte que no se atreve a nombrar en voz alta, por miedo a que se rompiera con solo decirla.

Valentina estaba bien. No querría decir que "estar bien" fuera lo óptimo, que estuviera de lo mejor, pero sí estable. Había noches en las que dormía en la cama de Eva – esa misma habitación de invitados que ya empezaba a sentirse menos prestada – y otras en las que prefería la propia. Habían construido, sin proponérselo del todo, una especie de rutina: el café de la mañana, las sobremesas donde Valentina se quedaba hablando de todo o de nada, de cosas que recordaba y cosas que no tanto, cosas a las que su mente, con cuidado o sin él, les añadía color.

Eva la trataba con paciencia. Después de todo, era más una figura materna que una hermana a secas, y lo había sido desde siempre. Le mostraba fotos de antes, y de pronto un nombre salía solo de la boca de Valentina – una playa, un pueblo, un antro de mala muerte del que alguna vez las corrieron por escandalosas – y la dejaba mirando el aire un segundo, sorprendida de sí misma, antes de reírse. Porque claro, de ese antro Eva había tenido que sacar también a Irina y a Liza.

– Me acordé sola. – dijo Valentina una tarde, como si fuera un truco de magia que le hubieran hecho a ella y no un músculo que por fin, después de tanto, empezaba a responder.

Eva solo sonrió, porque sí, lo había recordado sola. No le contó que había llorado en el baño por primera vez desde lo que pasó. Tampoco le contó que esa misma semana Liza le había dicho que había visto a Juliana, y que Juliana parecía un cadáver: sin color, sin vida, sin nada parecido al amor.

Valentina tomó otra foto entre sus manos. Era su familia. Su mamá sostenía un ramo de flores y sonreía. Preguntó cuándo era. Eva respondió que de su cumpleaños. No mencionó que había sido Juliana quien planeó aquella fiesta sorpresa para su suegra, quien eligió las flores, quien se quedó hasta las tres de la mañana recogiendo confeti del jardín.

El gesto se repitió con otras seis fotografías, todas con Juliana de por medio de un modo u otro, y en todas – casualmente – Valentina aparecía sonriendo como en ninguna otra parte del álbum. Pero Eva prefería guardarse esa observación y quedarse solo con la otra: que la cabeza de su hermana estaba encontrando el camino de vuelta, a tientas, de a poquito, pero de vuelta. De todos modos habría de recordarlo todo tarde o temprano. Qué más daba adelantarlo unos días.

Para la noche del sexto día, esa semana le había pesado a Eva como si fuera un año entero de pronóstico favorable – suficiente, quizás, para bajar la guardia justo cuando no debía, cuando en realidad todo estaba lejos de ser tan simple.

Eva estaba sentada en su lado de la cama mientras Valentina dormía del otro lado, parecía estar realmente cómoda, ya sin los espasmos que solían despertarla a medianoche. Había una mejora real, innegable, y Eva sabía – con esa parte de ella que jamás dejaba de medir signos vitales – que aquello era exactamente el tipo de avance que no se debía dar por sentado, aunque en el fondo ya empezara a hacerlo.

ANTOLOGÍAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora