2:10 AM
El teléfono de Irina se encendió en la oscuridad como una herida que se abre sola. Se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó por sí misma. No necesitó leerlo para saber qué la esperaba ahí; algunas noticias se anuncian antes, en el estómago, en un frío que sube por la espalda sin permiso, hasta la base del cráneo.
Se movió hacia el espejo del baño, donde tenía todas sus cosas ordenadas sobre el vanity. Hizo una pausa —se notaba a leguas que estaba tratando de ignorar algo— y pasó la mano sobre el cristal empañado, limpiándolo. Se miró al espejo y se quedó ahí, varada en las horas antes de esa noche.
En la fiesta todos habían fingido no ver nada, aunque daba igual: ese mundo entero era de apariencias. No importaba si Valentina y Juliana se habían marchado juntas o por separado. Pero había sido demasiado obvio que esta vez habían sido autos distintos, como si la distancia entre dos puertas pudiera borrar lo que ya estaba hecho. Y el silencio, cuando es demasiado cuidadoso, siempre delata.
Irina terminó de secarse el cabello, todavía intentando quitarle a su mente las ganas de rumiar, cuando el móvil volvió a iluminarse sobre el mármol.
2:17 a.m.
Mañana —hoy, en realidad— volaba a su país. Había adelantado el vuelo todo lo posible, como si irse antes fuera una forma de escapar de lo que se avecinaba.
Para cuando tomó el celular ya habían pasado cinco minutos desde el segundo mensaje. Se pasó las manos por la cara, se presionó las sienes como si eso pudiera detener lo que venía, respiró hondo antes de leer.
2:12 a.m. — Ya lo sabe. - J
2:17 a.m. — Llámala, por favor. - J
Un suspiro se le escapó, casi una maldición dicha muy por lo bajo, a sabiendas de lo que podía significar que esas dos hubieran estado juntas. La desesperación por Valentina le apretó el pecho, mezclada con el miedo de tener que ir a verla. Pero sabía que tenían que llamarla. Y lo hizo.
Marcó. Del otro lado, antes de que pudiera decir una sola palabra, escuchó una voz que apenas reconoció: ronca, deshecha, quebrada por horas de llanto contenido, y tan llena de ira que hasta la cadencia con la que hablaba sonaba distinta. Esa no era Valentina. O era una versión de ella que Irina nunca había tenido que enfrentar.
—¿Qué? ¿Ahora quieres hablar?—
El nudo en la garganta de Irina se apretó como una soga.
—Solo quiero saber cómo estás, Valentina.—
Una risa seca, burlona, completamente ajena a la risa de su mejor amiga.
—No lo puedo creer. Qué chido, ¿no? Ahora sí te preocupas por mí.—
—No lo vuelvas una pelea, no es como que—
—¿Que qué? — contestó Valentina.— Dime no es como qué, Irina.—
—Valentina, no considero que...—
—Por supuesto, no consideras, no. No consideras que esté bien que esté así, que me sienta así, ¿no? —una pausa, un respiro que sonó a cuchillo—. Les parece tipo, too much, ¿no? —Hubo silencio que se sintió mas como el intento de Valentina de no dejarse llevar por la rabia que sentía. — Ninguno de ustedes consideró nada. Nunca. Solo actuaron, decidieron por mí, y ahora quieren que yo sea la que entienda.
—Yo no dije eso—
—Correcto, ni eso ni nada, Irina. Tú nunca dijiste NADA. Ni tú ni el resto imbéciles, porque fueron todos, considerando todo menos lo que yo sentía, ¿no? No mames, Irina.
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ANTOLOGÍA
Romance|AU JULIANTINA| Juliana es una aspirante a supermodelo con deseos de ser una futura diseñadora, mientras que Valentina trabaja para una editorial con la que soñó trabajar desde siempre. En su viaje yendo ambas por la vida, juntas descubrieron que...
