"Sólo un hombre que ha sentido la máxima desesperación es capaz de sentir la máxima felicidad. Es necesario haber deseado morir para saber lo bueno que es vivir". - Alexandre Dumas. "El conde de Monte Cristo".
Llegas a ese punto en el que sólo respiras. Ya no comes, ya no duermes, ya no vives. Te aíslas de tu entorno sin saber muy bien el porqué. Quizás miedo a que te hagan más daño, o quizás miedo a hacerles tú más daño a ellos. Te pones una capa que pesa toneladas, cargada con culpas, penas, arrepentimientos, porqués, errores y ganas de nada. Huyes de la realidad. Evades tus problemas, pero te persiguen. Lloras. Te encierras en tu cuarto, te escondes debajo de las mantas, y lloras. Te encierras en el baño, y lloras. Te encojes en una esquina, y lloras. Lloras mares. Te preguntas "¿por qué a mí? ¿qué he hecho yo para merecer ésto?", y no recibes ninguna respuesta que te ayude a acabar con tantas preguntas. Tu pasado te atormenta y el futuro te acojona. Dejas de ser una persona para convertirte en un calavera que vaga sin rumbo fijo en busca de nada. Sigues llorando y te sigues martirizando. Te sientes solo, crees que no tienes a nadie a tu lado, que nadie estaría dispuesto a ir a buscarte si decides salir corriendo. Te encierras en ti mismo, en tu mierda, y dejas de lado todo lo demás. Buscas algo que te haga evadirte de todo el mundo, de todo lo malo, que haga que te olvides incluso de quién eres. Alcohol, drogas y sexo. Tu vida comienza a centrarse en estas tres cosas, te haces adicto a ellas, porque piensas que te sientan bien, porque te evaden, porque no te das cuenta de lo que pasa a tu alrededor cuando jugueteas con alguna de ellas. Entras en un bucle de lágrimas, pastillas para dormir, sexo, antidepresivos y litros de alcohol del que no sabes (ni puedes) salir.
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Poesía y pipas
ŞiirBienvenidos a lo más profundo de la jaula de grillos que es mi mente. Pasen y vean, soy un todo un desastre.
