Mis ojos inquietos observaban el horizonte sin comprender muy bien qué estaba ocurriendo. Mi pequeño cuerpo se aproximaba a mi aldea, el lugar donde había nacido y crecido los escasos años de mi vida. Mis manos estaban moradas, cubiertas de manchas que habían causado las moras que había recogido minutos atrás y devorado por el camino. Sabía que mi madre me regañaría, pero conforme me acercaba más, más dudas tenía de que volviese a verla alguna vez. Tenía miedo, temblaba y daba pasos torpes, pero seguía caminando, sin pensar en lo que podría estar esperándome cuando cruzase las puertas de la aldea, y viese todo lo que estaba sucediendo. Desde mi posición escuchaba los gritos, los llantos, los golpes, y a día de hoy puedo jurar que se olía el miedo, y la sangre también. Había un humo que se extendía hacia el bosque, y me dificultaba la vista. Mis hermanas me habían alertado de que estas cosas podían ocurrir, nuestra aldea era pequeña y no muy segura, las mujeres no eran guerreras como ocurría en otras regiones, eran granjeras, costureras... Y los hombres en su gran mayoría eran comerciantes. Nadie sabía luchar, era el objetivo perfecto. Sabía que la decisión correcta y más segura era huir, pero allí estaba mi madre y mis dos hermanas, toda mi familia, todo lo que tenía ¿cómo iba a escapar?
Cuando entré y contemplé la escena quedé completamente paralizada, no podía gritar, no podía llorar, apenas podía sentir algo más que sorpresa. Mi cuerpo estaba congelado. Divisé mi granja al final y corrí. Corrí entre gritos, no quería ver como las mujeres que habían a mi alrededor eran capturadas, ni como los hombres eran asesinados. No quería ver como cada lugar era saqueado y posteriormente destrozado. Golpeé la puerta y entré sin pensar en nada más que en mi familia. Mi hermana estaba sobre la cama, asustada, en un mar de lágrimas. Mi madre la sujetaba con fuerza. No había rastro de Lienf, mi hermana mayor. Mi madre me tomó por los hombros y me metió debajo de la cama. Era un lugar apretado, apenas cabía yo. Grité y me resistí, quería estar con ellas. Pero cuando escuché golpes en el exterior me quedé paralizada de miedo otra vez. Mi madre dijo algo, algo que en un principio no entendí. Pero yo no podía escucharla, no podía hacer otra cosa que mirar sus rasgos, pensando en que probablemente sería la última vez que la vería. Lo recuerdo todo, recuerdo como los dos hombres la tiraron contra el suelo y la violaron una y otra vez, recuerdo su cuerpo, apenas con vida, con los ojos hinchados por los golpes, con la garganta rota... Y recuerdo como llegó el turno de mi hermana, cómo hicieron lo mismo con ella, mientras mi madre era consciente de todo, pero sin poder mover ni un músculo, sin poder articular palabra, con el alma destrozada, rozando la muerte y esperándola con deseo. Yo lloraba, pero no podía hacer nada. Escuché el sonido del acero, las risas y los chistes que se hacían el uno al otro. Y entonces, con dos movimientos rápidos las vidas de mi madre y mi hermana habían sido arrebatadas. Los ojos de mi madre me contemplaban sin vida, su cuello abierto emanaba sangre. No pude evitar gritar con todas mis fuerzas. Grité sin pensarlo, pues lo único que me ahondaba la mente era la muerte de mi madre, la mujer que me había criado en un mundo de hombres sin necesidad de uno, no solo a mí sino a mis dos hermanas también. La mujer que se aseguró de hacerme saber que yo era valiosa, que no debía entregarme a cualquiera, y que si no quería hacerlo nunca estaba bien. Aún puedo recordar su voz diciendo ''Ylva, recuerda esto, lo más importante es la felicidad, lo demás no importa nada. No importan las riquezas o el poder, solo eso.'' Cuando lo decía yo asentía, deseando volver a jugar con los niños de la aldea, pero años después esa frase me perseguiría, me haría llorar cientos y cientos de noches, me haría sentir que la había decepcionado. Pues si de algo estoy segura de esta historia, es que la felicidad no fue lo que perseguí durante los siguientes años.
Aquellos dos hombres que habían asesinado y torturado a mi familia me descubrieron, me sacaron en volandas y me sostuvieron por una pierna en el aire, examinándome. Sus caras eran todo lo que yo observaba, quería ver quién había acabado con mi mundo, quería recordarlas para siempre. El primer hombre, el que me sujetaba con una fuerza innecesaria era pelirrojo, tenía unos ojos diminutos del color del mar y una cicatriz que le recorría toda la cara. El otro hombre apenas tenía pelo y tenía los ojos color ceniza.
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Una inocencia maldita 1 |COMPLETO|
General FictionMi historia se contó durante infinitas décadas, enrevesada, retocada, fantástica, ficticia a veces... En esta historia se me llamaba muchas cosas, a veces solo Ylva, otras Ylva la Inocente, inmortal, sanguinaria, asesina, mata-hombres, bruja, dios...
