Cuando somos pequeños nacemos rodeados de nuestra familia, la cual nos enseña sobre los dioses, a venerarlos, a hacer sacrificios para ellos, hablarles... Pero en algún punto de nuestras vidas tenemos que encontrar nuestra fe, esa que no se enseña, esa que no se aprende. Hay formas de encontrarla, la mayoría a través de momentos dolorosos, un hombre con una soga alrededor de su cuello colgado de un árbol, a punto de morir, una mujer capturada por unos salvajes, un esclavo de camino a otro continente, a punto de ser vendido... Pero supongo que lo único bueno de encontrar tu fe de esta manera, pidiéndoles a los dioses que el dolor pare, es que después de sobrevivir portas una fe mucho más fuerte, y mucho más intensa. Una fe que mueve montañas. Quizás lo normal habría sido perderla, maldecir a todos los dioses, darles la espalda. No pude hacerlo, no sentía fuerza para ello, me observaba desde fuera como una extraña. No quería pensar en nada más que los ojos sin vida de ellas, no tenía fuerzas de dar la espalda a nadie porque ni siquiera sabía en qué dirección estaba mi destino lejos de los dioses. En el fondo sabía que no existía. Pensé en aquello todo el día, ¿habría Frigg olvidado a mi madre? Víðarr, el dios de la venganza, ¿tenía su mano apretando mi corazón? ¿Había Forseti olvidado entregar la paz necesaria a mi hogar? Eran un millón de preguntas sin respuesta, quebraderos de cabeza que no me dejaban descansar un solo instante. Ni siquiera entonces, sumergida en el baño de agua caliente, con Mérida desenredando mi pelo.
-¿Pero dónde te has metido para tenerlo así? -preguntó frustrada intentado arrancar un par de nudos que se me habían formado en el pelo.
Me encogí de hombros, ¿qué podía decir?
-He estado mirando cómo se preparan para la guerra.
Pude notar su gesto de disgusto incluso sin tener que girarme. Me hundí un poco más en el agua que empezaba a quemarme la piel.
-Espero que tan solo sea un interés sano.
-Les admiro -confesé-, son fuertes, nadie puede hacerles daño.
Soltó una pequeña risa de incredulidad, la cual despertó aún mayor curiosidad en mí.
-Te equivocas niña... a los guerreros son los primeros a los que se llevan. Es peligroso, arriesgado, sin duda no es un buen interés para una niña pequeña e inocente como tú.
Inocente, ahí estaba la palabra otra vez. ¿Dónde empezaba y acababa la inocencia?
-Yo no soy inocente, no soy como Lyn.
Puede que estuviera siendo injusta con ella ¿qué sabía yo de la vida de Lyn? A penas nada.
-¿Qué quiere decir eso? -preguntó secándome el pelo con delicadeza.
-¿Cuándo dejas de ser inocente?
-Cuando ya no estás libre de culpa, cuando tienes malas intenciones, cuando sabes esa verdad que solo la edad puede enseñarte.
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda, recordé todas las noches en las que imaginaba la muerte de los dos hombres que habían destruido mi mundo, que se habían llevado todo lo que conocía. Pensé en todos los deseos impropios de una niña de mi edad, en el deseo que albergaba en mi ''inocente'' corazón. La verdad del mundo... no sabía qué podía ser, pero había una verdad que ya conocía muy bien.
-¿Eres tú inocente?
Se levantó y se secó las manos con la misma tela con la que había secado mi ya reluciente pelo.
-Eso no importa Ylva, lo que importa es que tú lo eres. Se puede ver en tu mirada, en tus ojos azules se ve claramente que no hay más que el dulce corazón de una niña. Y eso debería de alegrarte, llenarte de alegría y gozo. Deberías de abrazar esa inocencia tanto tiempo como puedas, hasta el final. Por eso la guerra, la muerte, las luchas... están a millas de ti Ylva, y no debes aceptarlas nunca. Debes de buscar otra cosa.
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Una inocencia maldita 1 |COMPLETO|
Ficção GeralMi historia se contó durante infinitas décadas, enrevesada, retocada, fantástica, ficticia a veces... En esta historia se me llamaba muchas cosas, a veces solo Ylva, otras Ylva la Inocente, inmortal, sanguinaria, asesina, mata-hombres, bruja, dios...
