Pasaba muchísimo tiempo en la armería, siempre que no estaba entrenando o pasando tiempo con Kai. Me había habituado a levantarme temprano, entrenar durante un rato, darme un baño en el agua helada del lago y después seguir forjando las armas en las que estuviese trabajando en aquel momento. No pasó mucho tiempo hasta que se corrió la voz y después de que varios hombres se acercasen a ver mi trabajo comenzaran a hacerme pedidos especiales. No era tan solo que hubiese aprendido a forjar cualquier tipo de arma, sino que las hacía de un modo especial. Eran espadas decoradas con piedras, con textos o runas e incluso a veces me aventuraba a añadir alguna imagen por pequeña que fuese. Yo tenía la mía propia, era una espada muy especial. En ella estaba dibujada la runa que simbolizaba la venganza y en la empuñadura un pequeño martillo, simbolizando todo lo que ya conté. Era un arma que había hecho especialmente para el momento en el que arrebatase las dos vidas que había prometido hacía años a los dioses. Con todo aquel negocio empecé a ganar mi propia pequeña fortuna, no la usaba, la guardaba cuidadosamente para el día en el que me marchase sola y necesitase una cantidad decente de riquezas.
Después de lavar con cuidado las sábanas y de despedirme de Kai hasta la noche me marché a la armería, dispuesta a pasar toda la tarde forjando algunas espadas nuevas, esperando que llegase la cena en la cual tendría que rechazar al importante conde que pedía mi mano sin descanso. De aquella manera me olvidaba de todo, junto al calor que desprendía el hierro caliente, las brasas, el ruido del metal golpeando el metal. Así que me senté en mi lugar y me dispuse a empezar mi trabajo, pero antes de que pudiese dar el primer golpe sentí una presencia a mi espalda. Me giré rápidamente y allí estaba, el conde que quería mi mano. Alrik me miraba con una sonrisa que me decía ''finalmente te tendré''. Era un hombre apuesto, eso me decían algunas niñas con las que Lyn tenía relación. Pelirrojo, ojos azules, tan claros que daba miedo, alto y fuerte. Era perturbador que tuviese treinta años y estuviese pidiendo mi mano, la de una niña que tan solo llevaba unas horas siendo mujer. Aquello era poco apropiado, y si Magnus lo hubiese sabido se habría enfadado. Intenté mantener la calma, tan solo hice un gesto con la cabeza y volví a lo mío. Me enjuagué una gota de sudor que me caía por el puente de la nariz y golpeé el extremo de la espada con todas mis fuerzas.
-Esto es lo que más me gusta de ti, que no eres como las demás mujeres... tienes otras ambiciones.
Se fue acercando cada vez más hasta que sentí el roce de su pantalón en mi espalda. Quería gritar, correr o cualquier cosa que me alejase de él. Me quedé quieta y sentí cómo posaba su mano en mi hombro.
-No deberías de estar aquí.
-Lo sé, pero no he podido resistirme. Esta noche... ¿me harás feliz?
Tenía miedo, era cierto. En aquel momento tuve miedo, ¿cuál sería su reacción al enterarse que preferiría estar muerta antes de casarme con él?
-Hay muchas mujeres que quieren casarse contigo -murmuré intentado cambiar de tema.
-Pero yo solo te quiero a ti, así que no te sientas amenazada por ello.
Se giró y escuché el ruido de un papel, entonces posó una caja de madera en la mesa, junto a mi espada. La observé confusa.
-Esto es tan solo un adelanto de todo lo que podrás tener si aceptas estar conmigo. Ábrela cuando me marche, y póntelos esta noche.
Cuando se marchó volví a respirar. Apreté los bordes de la mesa con fuerza, clavé las uñas hasta que sentí dolor en una de ellas, al mirar, después de salir de mi ensoñación me di cuenta de que me había partido una de ellas. Negué con la cabeza y me limpié la sangre contra la túnica negra. Cogí la caja y me dirigí hacia el fuego, la puse encima, pero antes de tirarla sentí curiosidad. La terminé abriendo, allí estaban dos pendientes con dos piedras turquesas colgando. Eran de oro, debían de haberle costado una fortuna. Entonces se me posó una idea en la cabeza, él quería que las llevase, pero no había dicho cómo. Sonreí y me dirigí de nuevo a mi mesa de trabajo.
Llevaba la ropa sucia, llevaba todo el día entrenando y forjando, así que en aquel punto no estaba muy atractiva. Por unos segundos pensé en la idea de aparecer así en la cena, pero no. No tenía que humillarme a mí misma y mucho menos hacer cosas así para que un hombre perdiese interés por mí. Decía que era la chica más hermosa que había visto en su vida, pues entonces lo sería. Toqué a la puerta de la habitación que compartía en Rêndir con Lyn. Entré y de repente deseé no haberlo hecho. Estaba besándose con Yves, parecía que había encontrado un pasatiempo más apasionante que tejer vestidos. Me reí, Yves se puso tan nervioso que se tropezó al intentar levantarse, Lyn tenía las mejillas sonrosadas.
-Eh...esto... Bueno, os dejo a vuestras cosas.
Yves pasó por mi lado y me hizo un gesto con la cabeza. Se parecía bastante a Kai, pero eran bellezas totalmente diferentes. Mientras que la de Yves era una un tanto adorable, la de Kai era un atractivo de esos que podrías darle las gracias después de que se dignase a mirarte durante más de cinco segundos.
-Lo siento Lyn, no sabía que estabas en su compañía.
Entré y me quité la ropa mientras contemplaba la bañera ya lista. Mérida sabía muy bien mis costumbres, con los años había aceptado que no podía luchar contra mis ''pasatiempos'', o así era como los llamaba ella. Le hubiese gustado que dedicase mi tiempo a otras cosas, como hacía Lyn, tejer o encontrar marido. Pero finalmente aprendió a quererme tal y como era sin intentar cambiarme, aunque le llevó su tiempo.
-Venía a pedirte un favor... -murmuré mientras me metía en la bañera.
Lyn se levantó de la cama y levantó una ceja poniendo los brazos en jarra.
-¿Un favor? ¿Tú?
Observé el pelo casi blanco de Lyn, le llegaba por la cintura, se rehusaba a cortarlo. Había madurado también muy bien, era una joven preciosa, con pecas en su pálida tez, unos ojos pequeños como su nariz, aunque había parado de crecer en altura hacía un año, no como yo, que parecía no tener planeado parar en ningún momento.
-No seas tonta... Te va a sorprender, pero necesito que me dejes para esta noche el vestido más increíble que hayas hecho.
Al igual que yo tenía un talento innato para forjar armas Lyn lo tenía para los vestidos. No eran pocas las mujeres que le ofrecían buenas cantidades de oro por ellos, pero ella siempre se rehusaba. Sin embargo siempre me insistía en que quería que yo los llevase, me había hecho algunos, pero siempre me negaba. Por eso su cara se llenó de asombro, abrió ligeramente la boca y me miró como si le hubiese dicho la mayor locura del mundo.
-Espera... ¿qué estás planeando?
-Nada Lyn, ¿no puede una chica querer sentirse guapa por una noche? Yo también me canso de estar siempre sudada o entre el fuego forjando y manchándome de vete tú a saber qué. Solo por esta noche...
Lyn y yo nos contábamos todo, así que sabía perfectamente que aquella noche tenía que rechazar a Alrik. Aunque no dijo nada al respecto, tan solo se retiró unos segundos y volvió con el vestido más impresionante que había visto en mi vida. Debía de haberle costado meses y meses. Era azul, un azul como las turquesas de los pendientes. Tenía detalles dorados por la parte del pecho y una tela de seda que caía con gracia por los lados de la cintura color oro. Era increíble.
-Te lo dejo... si también me permites que te peine.
Asentí feliz, aquella noche sería una noche que recordaría siempre.
ESTÁS LEYENDO
Una inocencia maldita 1 |COMPLETO|
General FictionMi historia se contó durante infinitas décadas, enrevesada, retocada, fantástica, ficticia a veces... En esta historia se me llamaba muchas cosas, a veces solo Ylva, otras Ylva la Inocente, inmortal, sanguinaria, asesina, mata-hombres, bruja, dios...
