El rey y sus hijos se habían marchado, no por demasiado tiempo, sino para poner algunos asuntos en regla, ya que poco tiempo después Haren emprendería junto a Magnus y sus hombres una gran travesía hasta el sur, tierras que por aquel momento no habían explorado. Tierras peligrosas, llenas de misterios que ni las mentes más astutas podían imaginar, ni los videntes más antiguos adivinar. Así que después del sacrificio Cambria volvió a la paz y tranquilidad que la ausencia del rey causaba. No es que fuera un mal rey, pero producía el mismo nerviosismo que siempre se sucedía al estar frente a un superior.
Era un día especialmente frío, yo llevaba unos pantalones de lana y una túnica de cuero, Lyn un vestido de piel blanca. Siempre iba preciosa, yo sin embargo descuidaba aquel aspecto. Estábamos en el gran salón frente a Magnus, yo estaba tranquila sin la presencia de Kai, pero a la vez había una nota de añoranza en mi corazón, ¿añoranza? Quizás tan solo eran nervios por el viaje que Magnus emprendería. Entonces Magnus habló, sus palabras salían tranquilas, sin preocupaciones, sin embargo yo las recibí como un gran impacto, como un golpe en mita de la cara, inesperado y molesto.
-¿Qué? -pregunté esperando haber entendido mal.
-Sabéis que el rey y yo nos iremos de expedición dentro de dos días, y aquí no estaréis tan seguras como allí. Así que os iréis a Rêndir un tiempo hasta que volvamos.
Rêndir era el hogar del rey y su familia, el lugar más importante del país. Un gran poblado lleno de comercios, herrerías, casas... todo lo que pudiese uno imaginar.
-¿Pero por qué? -pregunté-, aquí estamos en casa, seguras.
Luego pensé inevitablemente en que el día en el que casi muero quemada también estaba en casa, en mi verdadero hogar. Nada hacía que tus días fuesen seguros.
-Así se ha acordado, y Mérida irá con vosotras así que no debéis alarmaros.
Lyn saltó de alegría por toda la estancia, me abrazó y me besó la frente, para más tarde y después de haber asimilado la magnitud de la noticia tirarse sobre el trono de Magnus y casi caerse. Magnus no dejaba que nadie salvo Lyn y yo se sentase en el trono, claro que yo nunca lo había hecho, no era su hija de sangre, y ese lugar nunca podría pertenecerme. Sabía que si algún día me sentaba en un trono sería por una batalla contra el jefe del poblado, lo que nunca podría ocurrirme.
Me alejé y me senté en una silla corriente, una silla de madera que si bien podía no ser mía por derecho tampoco, podía encajar mucho más con mi estatus. O al menos con cómo me sentía por aquel entonces. Me fijé en el fuego, y escuché el crujido de la madera siendo devorada poco a poco por las llamas, ni siquiera quería prestar atención a los gritos de emoción de Lyn, o a la mirada que me analizaba de Magnus. Lyn se fue corriendo a hablar con Mérida, supuse que para tener alguien con quien emocionarse y recrearse incluso más. Magnus se acercó sigilosamente a mí y se sentó en la otra silla, donde normalmente no solía ponerse. Era una silla igual de corriente y pequeña que la mía, y parecía un juguete gracias a su tamaño, él era como un gigante sobre aquel asiento maltrecho, no pude evitar sonreír. Aunque con el recuerdo de lo que me esperaba cambié al mismo semblante serio de nuevo.
-Supongo que como siempre pensarás que te he olvidado...
Le presté toda mi atención.
-Claro que no, tú nunca me olvidas, algo que no entiendo.
Negó con la cabeza varias veces y finalmente me dedicó una cálida sonrisa.
-Sé que no creerás hasta que yo te lo diga que eres igual de válida que Lyn, llevas aquí más de medio año Ylva, y te has convertido en una igual para todos nosotros, en alguien que ocupa un puesto muy importante en Cambria.
-¿Un puesto importante?
Yo me veía como la chica que había sido encontrada bagando por los bosques, llena de mugre y sangre.
-Eres la descendiente del conde de este lugar.
-¿Qué? -pregunté por si había oído mal.
Recordé las palabras de Kai, cuando me dijo que Magnus me daría su apellido. Tan solo pensé que sería una pequeña broma para molestarme, para hacerme ver que no estaba en una posición tan alta como él, o como Lyn.
-Sé que no eres mi hija de sangre, pero no puedo explicarte cómo... siento que lo eres. Y deseo con una fuerza que no puedes imaginar que te sientas como en casa, sé que este no es tu hogar como lo fue el lugar donde naciste. Sé que nunca podré ser como tu padre, como el que realmente concibió tu vida. Pero si lo aceptas, sería todo un honor que después de tu nombre procediese mi apellido, sería un placer que aceptases ser no solo Ylva, sino Ylva Landvik.
Y sí, aquella poderosa palabra que seguía mi nombre sería un día relegada al olvido gracias a otros muchos nombres que se me impondrían, pero por aquel entonces era todo lo que tenía, era mi identidad y sentí cómo mi corazón se henchía de felicidad.
-Cla... claro. Yo... no sé qué decir.
Fueron las únicas palabras que mi inocencia me permitió contestar.
-No es necesario que digas más Ylva, porque aún me queda algo que contarte. Sé que hay algunas cosas que deseas, no es necesario que me lo digas con palabras, pues realmente siento lo que quieres desde hace tiempo.
Empecé a pensar en las tardes observando a sus hombres y mujeres luchar, ¿me había estado observando todo aquel tiempo?
-Lyn no es como tú, eso seguro, y lo acepto y lo valoro de la misma forma en la que valoro lo que tú ansías, porque sé que ambos deseos son necesarios en esta familia. Sé en mi corazón que ella crecerá y se casará, será importante, puede que incluso la reina. Pero tú no deseas eso, tu alma te pide otra cosa mucho más importante que el poder, lo sé... Quieres aprender a luchar. Tengo que decirte que no sé si con el propósito simple del poder defenderse, del poder viajar, conseguir fama y poder, o bien por el simple placer de la lucha. O puede que haya más detrás de ese anhelo, pero yo te ayudaré. Siempre he deseado poder relegar mis conocimientos y mi fuerza a un descendiente, y ahora que estás aquí pequeña, desearía con todo mi corazón hacerlo.
Después de aquellas palabras no pude tan solo asentir, sino también echarme a llorar. Después de que me tranquilizase y después de agradecer de todas las formas posibles aquello a Magnus, me cogió de la mano y me alzó en brazos. Me llevó por un camino que recorría la parte de atrás de nuestra casa donde los caballos se hallaban, allí había varios que eran cuidados con mucha delicadeza cada día, dispuestos a marchar con los demás guerreros lejos de las tierras que en aquel momento pisaban.
-Tengo dos regalos para ti.
-¿Qué regalos? -pregunté pensando que ya me había dado todo lo que deseaba.
-Una persona y un caballo.
Un hombre de unos treinta años salió de detrás de uno de los caballos, y se acercó hacia nosotros con el mismo animal. No sabía en qué fijarme, si en el pequeño potro color blanco que sujetaba con suavidad o en el propio hombre, que era imponente, grande y estaba lleno de cicatrices.
-Este es Váli, el mejor guerrero, el mejor asesino, más fuerte e implacable que los dioses han posicionado sobre la tierra, y ahora está aquí para algo igual de importante, para ayudarte. Él te enseñará todo.
Váli agachó la cabeza ligeramente, me fijé en sus cicatrices, algunas casi imperceptibles, otras recién cicatrizadas. Tenía el pelo largo recogido en una trenza, color negro azabache, y unos ojos del mismo tono.
-Esta pequeña es tuya -me comunicó dirigiéndose hacia mí, entregándome la soga que sujetaba al potro.
La cogí como si me estuvieran entregando el corazón de un pequeño pájaro aún latente. Después alcé la mirada y me fijé en los ojos del caballo, eran también negros. Un pensamiento se posó en mi mente, un recuerdo. Mi madre contándome la historia del dios de la venganza, llamado como aquel hombre que me entrenaría, Váli.
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Una inocencia maldita 1 |COMPLETO|
Aktuelle LiteraturMi historia se contó durante infinitas décadas, enrevesada, retocada, fantástica, ficticia a veces... En esta historia se me llamaba muchas cosas, a veces solo Ylva, otras Ylva la Inocente, inmortal, sanguinaria, asesina, mata-hombres, bruja, dios...
