Pasó un tiempo hasta que me di cuenta de que no podría seguir así por mucho más, enfermaría o peor, me raptarían. A veces una parte diminuta de mí misma era lo que deseaba, quizás acabar con todo. Porque no eran pocas las veces en las que me imaginaba a mí misma como esclava, creciendo en una familia poderosa, convertida en nada, con el pelo rapado, harapos como ropa y ningún tipo de dignidad. Desde luego que serviría como esclava, incluso a mi cortad edad. Esos meses en el bosque en la más absoluta soledad me habían endurecido. Mi piel blanca y suave estaba cubierta de pequeñas cicatrices, mi pelo que había sido cuidado con mimo durante años estaba enmarañado y cubierto de mugre. Mis zapatos hacía tiempo habían quedado obsoletos, así que caminaba descalza. Estaba derrotada, pero una parte de mí me decía que no había llegado mi fin, una parte quería seguir siendo fuerte, una parte sabía que mi destino no estaba entre las sombras, escondida en un bosque o esclavizada. Mi destino no conocía fronteras, no tenía límites, mi destino debía ser contado por poetas durante la eternidad, debía ser escrito allá donde fuese y perdurar durante la historia hasta el final. Debía ser conciso, duro y certero, y aunque yo no lo sabía, mi historia ya había comenzado.
Estaba sentada en un roca, mirando los peces de colores que se deslizaban por el lago, hambrienta, con apenas unas moras en el estómago cuando escuché el relinchar de un caballo. Me quedé quieta durante unos segundos sin atreverme a mirar hacia atrás, pero conforme se acercaba más segura estaba de que no había escapatoria. Escuché una voz y me giré. En el claro había un hombre imponente subido a caballo. Tenía el pelo completamente blanco y trenzado, un ojo azul cielo debido a la cicatriz que le recorría el mismo, el otro ojo era color negro como las plumas de un cuervo. Era un hombre fuerte y grande, su sola presencia me hacía temblar. Se bajó del caballo y solo pude contemplar embelesada su arma, una espada espectacular cubierta de detalles. No hacía falta mirarla más de dos segundos para estar segura de que sería el arma que cualquier guerrero como él se merecía. No se acercó demasiado a mí, por miedo a asustarme. Yo debía de verme horrible, cubierta en suciedad, con sangre en la cara, llena de heridas.
-¿Quién eres? -preguntó acercándose con cuidado.
Yo no me aparté, pues a pesar de que pareciese un hombre temible, su voz me decía otra cosa. Era tranquilizadora, suave y comprensiva.
-Nadie -contesté sinceramente.
-¿Nadie? Eso es imposible, no tienes el porte de un don nadie.
Probablemente fue la primera vez que sonreí en mucho tiempo.
-No tengo nada, así que no soy nadie.
Frunció el ceño y negó con la cabeza. Se acercó un poco más a mí y se agachó para estar más próximo a mi altura.
-Lo que tengas no define quién eres, recuérdalo siempre. No eres más importante o respetable por tus posesiones, y tampoco al revés.
Sus palabras me dejaron sin nada que contestar. Tenía razón, pero yo no me sentía así. Él parecía un hombre que lo tenía todo, su aspecto lo decía, sus ropajes lo confirmaban, así como su espada.
La única respuesta que se me ocurrió fue la verdad, lo único que nadie pudo quitarme ni podría jamás.
-Ylva.
Asintió y me sonrío. Puso su mano en mi hombro y lo apretó ligeramente.
-La próxima vez que digas tu nombre no lo harás con miedo, y después de un tiempo comenzarás a hacerlo con orgullo.
Así fue como el conde me salvó, el conde, el cual se llamaba Magnus Landvik me rescató del peligro al que estaba expuesta día tras día, me dio todo lo que nunca podría haber conseguido por mi cuenta. Me convirtió en lo que debía ser, en lo necesario para cumplir todas mis promesas. Pero en aquel momento, cuando me tendió su mano y me subió a su caballo no lo sabía. No tenía ni la menor idea de que estaba junto al conde de Cambria, que me dirigía hacia mi destino, que mi vida empezaba en aquel instante.
El camino duró toda la tarde, pues para llegar a Cambria había que rodear la colina. Cuando llegamos a las puertas pude notar cómo todo el mundo se apartaba a su paso, como le respetaban y admiraban.
El condado era gigante, tenía un gran camino rodeado de comercios, más allá se extendían las granjas y las casas, algunas de más nivel que otras. Y al final estaba el gran salón y el hogar del conde. Allí fue donde nos dirigimos. Nadie le preguntó sobre mí, aunque notaba como todos me miraban. ¿Quién era la sucia y andrajosa niña que acompañaba a Magnus? No me extrañaba nada que se estuvieran haciendo decenas de preguntas. Dejó a su caballo en el establo que había junto a su casa. Yo me quedé contemplando el lugar unos instantes, era grande e imponía. Caminamos hacia dentro, y no pude reprimir una mueca de asombro al verlo todo. El gran salón se extendía mucho más de lo que yo podía imaginar. Mirase hacia donde mirase todo eran riquezas y valor. Desde la mesa fabricada con el mejor roble hasta las armas que decoraban las paredes. Nunca había visto algo así. Yo venía de unos orígenes muy humildes. Dormía sobre una cama de paja y apenas poseía dos vestidos. Desde luego nunca había visto algo ni siquiera parecido.
-¡Papá! -gritó la voz de una niña desde el fondo.
Para mi sorpresa una figura parecida a la mía se precipitó hasta Magnus, el cual sonrió y cogió a la niña en volandas riendo. Toda su fachada se derrumbó, ya no era el gran guerrero, era un padre. Me quedé mirando a la niña unos instantes, tenía el pelo rubio, pero no un rubio como el mío, que era más color miel, sino casi blanco. Sus ojos eran parecidos a los míos, azules ligeramente verdes. Era pálida y delgaducha, y debía de tener más o menos mi edad. No pude dejar de mirar su vestido, era color rojo sangre con detalles dorados, encima llevaba una capa de piel negra. Su pelo estaba cuidado y trenzado. Me sentí como una basura a su lado, no encajaba allí y probablemente todos me repudiarían. Pero una vez más, estaba equivocada. La niña se giró hacia mí cuando su padre la colocó con cuidado en el suelo.
-¿Estás bien? ¿Quién es?
Magnus se agachó y me cogió de la mano.
-La encontré en el bosque y estaba sola. No podemos dejar que una niña como tú esté sola sin familia ¿verdad?
Ella negó con la cabeza varias veces.
-Claro que no -se dirigió hacia mí-, ¿cómo te llamas? Yo soy Lyn.
Recordé cuando Magnus dijo que la próxima vez que dijese mi nombre no tendría miedo; tenía razón.
-Soy Ylva.
Mi nombre sonaba diferente, a pesar de estar hablando directamente con la hija de un conde. Mi nombre no sonaba tan distinto al suyo, de hecho parecían estar en consonancia. Se acercó a mí y me abrazó, al principio me quedé sorprendida. Hacía bastante que nadie me abrazaba, y ella parecía hacerlo con toda la sinceridad que el corazón de un niño alberga. No le importó si su precioso y caro vestido se ensuciaría, ni si mi olor se le pegaría a la piel. Solo quiso hacerme sentir como en casa, y lo consiguió.
-¡Mérida! -gritó el conde.
Una mujer de aspecto sonriente salió de alguna parte y se dirigió hacia nosotros. Tenía el pelo corto y pelirrojo y las mejillas sonrosadas.
-¿En qué puedo servirlo conde Magnus?
-¿Ves a esta niña? Se llama Ylva, y desde ahora vivirá aquí. Asegúrate de proveerla con lo que necesite, encárgate de darle lo que sea conveniente, y llévala a la estancia de Lyn ¿de acuerdo?
Lyn parecía contenta de tener a alguien con quien compartir sus aposentos, y yo no podía creerme que todo aquello me estuviera pasando a mí. No rechisté, no dije nada porque temía que si decía algo inapropiado cambiasen de idea. Me seguía viendo fuera de lugar.
Mérida se comportó muy bien conmigo, me contó cosas de Cambria mientras me preparaba un baño de agua caliente. Yo siempre me había lavado en los ríos, así que estaba acostumbrada al agua fría. Cuando me sumergí en la bañera un mundo de nuevas sensaciones vino a mí, aún recuerdo la sensación de estar allí, sintiendo cómo la suciedad se despegaba de mi cuerpo, sintiendo cómo la sangre de mi madre se me despegaba del rostro. Y cuando me vistió con un vestido del color del cielo y me trenzó el pelo, me empujó ligeramente hacia una superficie reflectante. No teníamos aquel tipo de cosas en casa, así que me sorprendí enormemente al ver mi reflejo. Contemplé mi rostro infantil decorado con un par de cicatrices que con el tiempo desaparecerían. Mi aspecto hacía que pareciera que siempre había sido así, que pertenecía a la realeza, que había nacido en el seno de una familia importante. No había rastro de mis días en la granja ni de mis orígenes humildes, a pesar de que nunca los olvidaría. Cuando me eché un último vistazo, tuve la sensación de escuchar a los dioses reírse.
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Una inocencia maldita 1 |COMPLETO|
General FictionMi historia se contó durante infinitas décadas, enrevesada, retocada, fantástica, ficticia a veces... En esta historia se me llamaba muchas cosas, a veces solo Ylva, otras Ylva la Inocente, inmortal, sanguinaria, asesina, mata-hombres, bruja, dios...
