Abandonar la cima.

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Estaba de pie frente al altar donde había ocurrido el sacrificio, el mismo que yo había llevado a cabo. Mi vestido estaba lleno de sangre al igual que mi pelo claro, que tenía un tono rosado debido a la sangre. Mi rostro sin embargo estaba impoluto, una raja me empezaba bajo el ojo y acababa en mi oreja, como una especie de C que me atravesaba la mejilla. El carbón negro que me había rodeado los ojos estaba entonces corrido hacia abajo, todo aquello intensificaba lo tétrico y aterrador de la imagen. Aquella descripción de mí misma fue la que se contó durante décadas y décadas. Se me describió así, una joven aterradora, cruel, sin ápice de remordimiento, dispuesta a asesinar a cualquiera que incumpliese la más mínima de sus órdenes, dispuesta a matar a su propia familia incluso si la desafiasen, eso era lo que contarían. Describirían mis ojos claros en dos agujeros negros, el pelo color rosado y el vestido totalmente empapado, describiría una sonrisa macabra... Todos me miraban entre una mezcla de terror y admiración, en mi mente se daban un millón de pensamientos que se pisaban los unos a los otros. Me limpié la espada en el vestido como pude y me marché. No avisé a nadie, tan solo comencé a andar, con la espada en la mano. Caminé durante horas, o al menos eso fue lo que me pareció, cuando divisé un lago me metí en él con rapidez dejando caer la espada, el agua estaba casi congelada, dolía tanto que apenas sentía nada. Me quedé allí, sintiendo como la sangre seca se despegaba de mi cuerpo poco a poco, comencé a nadar hasta el fondo y allí me sumergí tanto como pude, hasta que mis pies tocaron la tierra del fondo, entonces grité. Grité tan fuerte como pude, en algún punto comencé a llorar, me clavé las uñas en las piernas y después me agarré la cabeza. Una vez que empecé no pude parar, no vi el momento de parar. Llevaba muchísimo tiempo reprimiendo todas mis emociones, mis sentimientos, apenas me dejaba pensar en todo lo que me dolía, en lo que anhelaba, en mis deseos... No podía asimilar en quién me había convertido ni en el peso que tenía mi figura en la sociedad de aquel entonces, no podía asimilar la magnitud de mis acciones ni la importancia de mi ser. Pero si no podía era porque no lo deseaba, ya no. Había luchado, había combatido, había cambiado las cosas, había marcado un antes y un después. Pero me estaba volviendo loca, aquella era la verdad, no sabía ni quién era. Estaba llena de delirios, las pesadillas no me dejaban dormir, me dañaba a mí misma y a veces solo podía implorar a la muerte... Parecía la única amiga. Abrí los ojos de golpe y miré hacia arriba, contemplé los rayos de sol colándose por el agua hasta llegar a mí, entonces todo pasó ante mí como una revelación. Cogí impulso y me dirigí hacia la superficie, salí, lavé un poco el vestido y regresé.

Caminé por el pasillo sin dejar que nadie cruzase una palabra conmigo, entré en mis aposentos y me tumbé bajo todas las mantas, pensé todo, pero no podía. Mi mente ya no funcionaba, sentía un dolor inmenso en la sien y en la nuca, apreté los dientes y los puños. Dejé que la noche se hiciese acople y cuando todo el mundo estaba durmiendo... lo hice, no pude evitarlo, no podía esperar, si hubiese permanecido allí por mucho más tiempo habría acabado siendo mi fin. Sería como otros personajes importantes, aquellos que se volvieron locos, que acabaron por no saber ni quiénes eran. No podía permitirlo, no podía, y ya no me quedaba nada, no añoraba nada de lo que tenía en aquel lugar y tampoco me apenaba dejar nada atrás, ya no me importaban las consecuencias que acarrearían mis acciones, tenía que marcharme. Metí en mi morral tanto oro como pude, ropa y alimentos. Me miré en el espejo y con la espada comencé a cortarme el pelo, hasta debajo de las orejas. Me agarré un pañuelo alrededor de la boca y me coloqué una túnica y subí la capucha. Caminé sigilosamente hasta el establo, ya no estaba Skadi, pero necesitaba un caballo para llegar hasta un embarco. Agarré el primero que vi, me subí y galopé tan rápido como pude. En cada milla que me alejaba de aquel lugar me sentía más libre, cada kilómetro me alejaba de Ylva la Inocente. Cuando llegué a la embarcación era de día, me dirigí con el caballo hasta un hombre que metía cosas en un barco y le coloqué una mano en el hombro, este me miró confuso por unos instantes pero después me hizo un gesto con la cabeza, solté el aire que había estado conteniendo por miedo a que me reconociese y le sonreí.

-¿Hacia dónde se dirige este barco?

-Vamos directamente a la zona de Kaupang, pero finalmente desembarca cerca de Cambria, llevamos allí un cargamento de alimentos nuevos.

Un escalofrío me recorrió toda la espalda, apreté la correa del caballo entre mi mano e intenté tranquilizarme.

-Necesito transporte, ¿aceptáis pasajeros?

Pareció contrariado, observé el barco, había bastante gente, parecía estar en su tope.

-Vamos llenos.

Saqué mi morral y me puse a rebuscar, el hombre me miró curioso. Saqué un pequeño saco que contenía unas cuantas monedas que había encontrado en el palacio. Se las tendí en la mano y me puse a caminar hasta el barco sin esperar una respuesta. Cuando estuve dentro me dirigí a una de las esquinas donde había menos gente, me tumbé en el suelo y me hice un ovillo agarrando con fuerza el morral. No quería que los pasajeros me reconociesen, así que me mantuve así, contemplé el cielo, observé todos los cambios de colores y como los diferentes días se iban mezclando entré sí. Cada día estaba más cerca del pasado, cada día estaba más cerca de todo lo que una vez me hizo ser quien era en aquel momento, todo lo que me hacía feliz, todo lo que me había hecho abandonar la cima del mundo.

Una inocencia maldita 1 |COMPLETO|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora