4- Amistades

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El ruido del club era ensordecedor, decenas de personas bailando al ritmo de la música del momento, luces cambiantes alteraban la visión de los asistentes que parecían sumidos en sus movimientos. El aire olía a sudor y alcohol. No era el típico lugar al que solían concurrir los chicos que estudiaban en Las Encinas y si bien en un primer momento esto impactó a Carla, el saberse una desconocida le atrajo.

Desde la entrada Carla dio una mirada rápida intentando encontrar a Ander entre la multitud.
Si bien salir de fiesta era algo habitual en su vida, desde hacía días que no experimentaba esa sensación de jolgorio colectivo. El sentirse libre, deseada y con los latidos de su corazón al ritmo de la música dejaba enterrado cualquier temor de ser descubierta por alguno de sus padres. Escaparse de casa jamás había sido una alternativa en su vida, ya que su crianza había sido liberal en ese punto, siempre había podido salir a su antojo. Sin embargo lo ocurrido le había proporcionado un arresto domiciliario y/o toque de queda impuesto por su padre que la estaba ahogando.

-¡Hola guapa! ¿Bailamos? ¿Te ofrezco algo?- interrumpió sus pensamiento un chico de cabello negro y mirada ladina, pero sus ojos medio desenfocados, alertaron a Carla.

-Estoy buscando a alguien- le dijo rápidamente mientras se adentraba a la pista de baile y se alejaba de aquel hombre.

La música logró despejar su cabeza, los pensamientos que tanto la liaban se adormecían con cada letra de canción. Se dirigió al bar para pedir algo, ya que necesitaba una copa para seguir buscando.

-Una copa de Champagne, por favor- pidió Carla al llegar a su objetivo.

El camarero la miró detenidamente intentando descubrir si era algún juego o aquella joven estaba perdida en aquel lugar. Por la forma de moverse, de hablar y de vestir, rápidamente encontró la respuesta. Era otra pija buscando diversión fuera de su círculo.

- No tenemos de "eso" cariño- le respondió.

- Sírvele tu especialidad- apareció diciendo Ander, colocándose al lado de Carla. Mientras el encargado del bar se ponía manos a la obra.

- Pensé que no vendrías- le indicó Ander mientras le pasaba el vaso recién servido. Carla miró el líquido que contenía, pero decidió guardarse las ganas de preguntar que era. Había decidido pasarlo bien aquella noche, después de varios días de infierno y si eso implicaba aquel extraño brebaje, lo haría.

- No fue fácil salir de casa- terminó confesando Carla, para luego dar un sorbo a su bebida. Si bien no sabía mal, el alcohol que aquello contenía fue suficiente para irse de inmediato a su cabeza.

-Me imagino- aseguró Ander.

-Vaya lugar que has encontrado- le apuntó Carla, cuando ambos ya se han bebido dos vasos.

-Aquí tú y yo somos nadie ¿No te agrada eso? Solo yo sé parte de tu historia. Los demás solo te ven como una chica guapa y pija que no tiene ni un problema más que decidirse con que gilipollas bailar- le respondió Ander pidiendo la siguiente ronda.

-¿Cuántos has bebido ya?- le cuestionó Carla sin negarse a continuar bebiendo.

-Menos que otras noches- le dijo el bartender que los atendía guiñándoles un ojo.

Ander sonrió ampliamente y Carla se sorprendió al verlo tan relajado, confirmando que en ese lugar todo se olvidaba y no eran más que dos chicos iguales que cualquiera de esos bailando.

Comenzaron a bailar y entre canción y canción llenaban su vaso con alcohol que se transformaba en la mejor medicina. Sus cuerpos se movían sin cansancio, cantaban las letras de las canciones con fuerza y cuando alguien pasó a llevar a Ander haciéndolo derramar su bebida en su ropa y en la de Carla, en vez de enfadarse comenzaron a reír. Carcajadas salían de ambos, tanto así que los que estaban a su alrededor se detenían a mirarlos.

Nunca me has tenidoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora