Epi. LyR

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Epílogo Lucero y Rodrigo

-Chicas, el trabajo que hicieron es muy bueno.- Dijo Lucero al ver las pinturas que tenían ya listas para llevarse.

-¿De verdad te gustaron?- Preguntó una de las mujeres.

-Claro, hacen cosas bellísimas, estoy segura que se venderán muy rápido.- Lucero había abierto su galería de arte, en la cual no sólo vendía obras de ella, sino de artistas de otros países, pero especialmente las de las mujeres de prisión, quería ayudarlas a salir adelante, pues en el poco tiempo que estuvo ahí, se dio cuenta de que muchas de las mujeres estaban cumpliendo condenas a pesar de ser inocentes o por culpa de hombres. -Les traje sus ganancias, así que ahorita Rana junto con la directora me van a ayudar para repartírselos.-

-A ver chulas, fórmense aquí.- Pidió Renata, ella se había convertido en gran amiga de Lucero y tal como se lo prometió, la había ayudado a salir de prisión, convirtiéndola en su amiga y asistente de la galería.

-Muchas gracias por lo que haces por nosotras.- Dijo una mujer antes de formarse.

-Lo hago con mucho gusto.- Le dedicó una cálida sonrisa. Le había costado mucho trabajo poder ayudarlas dándoles un nuevo trabajo dentro de prisión por lo estricto que era el sistema, pero gracias a varías personas, pudo lograrlo.

-Gracias a ti y al trabajo puedo mandarle dinero a mi madre para que le compre lo necesario a mi hijo.- Comentó al borde de las lágrimas.

-Lo sé y no te preocupes, en cuanto pueda iré a visitarlos para llevarle algunos juguetes, ropa y comida.- Lucero no sólo se comprometía a ayudarlas vendiendo sus obras de arte, sino también a ayudarlas con sus familias. Conocía la historia de cada una de ellas, pero la que más le conmovía era la de esa mujer, pues sufría violencia física por parte de su pareja, lo denunció y nunca le hicieron caso, así que un día en defensa propia le quitó la vida a aquel hombre al empujarlo y él desnucarse con un mueble, fue enviada a prisión y su pequeño hijo de tres años se quedó a cargo de su abuela, una mujer de la tercera edad que no podía hacer ya muchas cosas. Casos tan injustos como ese, eran los que la motivaban a seguir ayudando.

-Bien ganado tienes ese nombre, eres un Lucero que nos ha iluminado la vida a muchas personas en medio de tanta oscuridad.- Todas las mujeres la querían y no sólo porque las apoyaba económicamente, a muchas simplemente con una palabra de aliento las hacia sentir mejor.

-Que linda eres, gracias por pensar eso de mi.- Se contuvo a abrazarla pues eso estaba prohibido y podían castigar a la mujer. -Pero ve a formarte para que recibas tu dinero.-

-¿Cómo crees? Ya con lo que le vas a llevar a mi familia es suficiente.- Respondió apenada.

-Ándale ve, eso yo se los daré de mi parte, tú también necesitas dinero para tus cosas aquí adentro.- La animó y la mujer obedeció.

Cuando por fin terminaron de lo que tenían que hacer ahí, entre ella y Rana subieron las obras a su camioneta que se había comprado para poder trasladar sus cosas más fácilmente hasta la galería.

-Mami, ¡llegaste!- Gritó Leo al escuchar el clásico taconeo de los zapatos de Lucero por la casa.

-Llegué, mi amor.- Dijo al verlo salir corriendo de la cocina.

-¿Por qué no fuiste a la escuela por mi como siempre?- Preguntó algo indignado después de abrazarla.

-Es que tuve que ir por unos trabajos de las mujeres al centro y me tardé un poco, por eso le pedí a tu abuelita Rossy si podía ir por ti.- Se encogió de hombros.

-¿Y hicieron trabajos muy bonitos?- Preguntó curioso.

-Demasiado bonitos, si quieres luego te llevo a la galería para que puedas ver algunos.- Le propuso. -¿Quieres?-

A la derivaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora