—Sos el peor paciente de la historia, Santino Velázquez.
El morocho me fulminó con la mirada, para nada contento con mi comentario. Se suponía que tenía que hacer reposo, pero estaba empecinado con mandarse su cagada. Y aparentemente le era imposible quedarse quieto.
Tenía hormigas en el culo.
—Puedo hacerlo solo.
Lo seguí hasta la cocina, estirando los brazos disimuladamente para atajarlo. Apenas llegó se agarró de la mesada, cerrando los ojos y respirando hondo. Rodé los ojos, yendo a buscar una silla y acercándosela.
—Sentate.
Esa vez no me discutió. Se sentó, limitándose a respirar por un momento. El golpe en la cabeza no había sido grave, pero seguía siendo un golpe en la cabeza. Le habían dicho que no podía hacer esfuerzos. Y mucho, pero mucho reposo. Al menos los primeros días.
Sobre todo las primeras horas.
—¿Qué querías agarrar?
Levantó la cabeza para poder mirarme.
—Agua.
No le dije nada. Me di la vuelta, agarré un vaso y se lo llené. Podía querer decirle unas cuantas cosas...
Como terco, burro, cabeza dura.
Pero no iba a hacerlo. Estaba lastimado. Estaba procesando un accidente automovilístico del que se había salvado milagrosamente. Bueno, y por siempre usar cinturón de seguridad.
Le pasé el vaso, viendo como lo bebía con lentitud.
—Gracias.
Me volvió a pasar el vaso y yo lo dejé junto a la bacha.
—Tenes que pedirme las cosas a mí, San. Tenes que hacer el reposo. Sino no te vas a mejorar.
Hizo una mueca con los labios, desviando la mirada.
—No me gusta ser un inútil.
Dios.
El corazón se me partió, nuevamente. Me acerqué, arrodillándome frente a él. Sus ojos volvieron a mí. Pude ver la mezcla de sentimientos. Pude ver cuanto lo afectaba todo lo que había pasado.
—No sos un inútil, Santino. Tuviste un accidente serio. Tu camioneta dio tres vueltas antes de frenar— alcé mi mano, acariciando su mejilla con suavidad— Estas lastimado y tu cuerpo necesita un tiempo.
Inclinó su mejilla contra mi mano, cerrando los ojos por un momento.
—No quiero ser un peso muerto.
Me reí, negando con la cabeza. Alcé mi mano izquierda, mostrándole el anillo de compromiso que me había dado.
—Significa que quiero estar en las buenas y en las malas. En la salud y en la enfermedad— le di una sonrisa ladeada— Te estoy dando la prueba gratuita. Después vas a tener que hacerte socio.
Santino estalló en carcajadas y otra vez frenó, llevándose la mano a las costillas.
—No me hagas reír.
—Prometo intentarlo. Voy a ser la más ortiva que conozcas.
Se rió nuevamente, fulminándome con la mirada. Alcé las manos en el aire, fingiendo inocencia.
Era bueno verlo reírse, aunque fuese por unos pocos segundos.
*****
—¿Cómo está el maldito lisiado?— preguntó Leo en cuanto abrí la puerta.
Él y su fascinación con los memes.
Todos estallamos en carcajadas, mientras que San le mostraba un dedo muy específico, pero con una sonrisa verdadera. Ya habían pasado cuatro días desde el accidente, y estaba de mejor humor.
Me hice a un lado, dejando que entrasen. Esa vez no habían traído compañía. Ninguno. Eran solo Leo, Diego y Juan.
Rari.
Cerré la puerta detrás del último, haciendo una seña para que fueran al living.
—¿De repente están todos solteros?
Giré la cabeza como el exorcista, frunciendo el ceño en dirección a Santino.
Sutil como patada de elefante.
Casi sin quererlo, clavé mi mirada en Diego. Su rostro se había desfigurado, a pesar de hacer un intento por sonreír. Bajé mi mirada su mano izquierda, notando que no había ningún anillo.
Mierda.
Se había divorciado.
—No quería que se preocupasen por mis cosas cuando San todavía está recuperándose— comentó, con la mirada baja.
El morocho negó rápidamente con la cabeza, soltando un bufido.
—Lo tuyo es importante, Die. Y estoy casi como nuevo.
Bueno, ese casi era bastante subjetivo.
Todos debieron pensar lo mismo que yo, porque lo miraron con una expresión de "no rompas los huevos". Santino uso su mano libre para restarnos importancia, como si fuésemos unos exagerados.
—¿Queres hablar del tema?— preguntó Juan.
—¿O queres alcohol?— agregó Leo.
Diego miró a Santi, quien volvió a hacer la misma seña. Era un buen amigo. Sabía que San no iba a poder sumarse a la borrachera, porque estaba con medicamentos, y no quería dejarlo afuera.
Al menos no sin checkearlo antes.
—Alcohol. Definitivamente alcohol.
*****
Dos horas después y el único sobrio era Santi. Me hubiese gustado decir que yo también, pero en ese momento no era capaz de responder una simple pregunta matemática.
Ah, eso no podía hacerlo ni sobria.
Lo bueno de todo eso era que Diego había empezado a abrirse. No era partidaria de solucionar los problemas con alcohol, pero éramos todos adultos consensuados.
¿Se decía así? No. Adultos consentidores. ¿Consentidores? Noup.
—Me siento como... un... un inútil— gruñó Diego entre hipidos, cortando mi línea de pensamientos.
Miré a Santi, quien había usado la misma palabra unos días antes. El morocho rodó los ojos, ignorándome. Pero no tenía que mirarme para saber lo que quería decirle.
Telepatía.
Pium, pium.
—No sos un inútil. No todas las relaciones prosperan— comentó San, en una línea de pensamientos claramente coherentes.
A diferencia de otros.
Otros era yo.
—Unas son más cortas y otras más largas— agregó Leo, completamente en pedo.
—¡Eso es lo que ella dijo!— gritó Juan unos diez segundos muy tarde.
Todos estallamos en carcajadas, Santi sujetándose las costillas.
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Me rindo
Romance❝Era tan hermoso que casi dolía verlo directamente a los ojos. Pero lo que dolía aún más era saber que era intocable. No por su belleza, no. Sino porque ese bombón era mi mejor amigo desde que tenía memoria.❞ Dos mejores amigos. Un amor escondido. ...
