14| Juntos

1.8K 58 0
                                        

Santino como amigo siempre me había malcriado, pero como novio me trataba como una reina. Apenas había pasado poco más de una semana, y sin embargo todos y cada uno de los días se esforzaba por estar ahí para mí.  Me iba a buscar al trabajo, me invitaba a citas, me compraba rosas y chocolates. Era literalmente perfecto. El novio ideal.

MI novio ideal.

Y aunque odiase admitirlo me preocupaba. No me sentía a su nivel. No me era natural ser la novia perfecta. Tenía pánico de hacer o decir algo que podía arruinarlo. Tampoco quería decirlo y mostrarle todas mis inseguridades. No cuando él era tan bueno en todo.

Entré en mi casa, tirando de la mano de Santino. No tenía que verlo para saber que estaba confundido, pero no le dije o expliqué nada. Me limité a guiarlo hasta llegar al comedor, donde mis papás estaban poniendo la comida en la mesa. Había cuatro platos, lo que significaba que habían recibido mi mensaje avisando que iba a llevar un invitado a cenar. No había dicho quién.

—Mamá, papá— los llamé, logrando que notaran nuestras presencias— Les quiero presentar a alguien.

Me miraron como si me hubiese vuelto loca. Y por el apretón que Santino me dio en la mano, estaba pensando lo mismo que ellos. Lo conocían hacía años. Había estado en nuestra casa más veces de las que podía recordar. Hasta tenían fotos de nosotros colgadas en las paredes, incluyendo la de la propaganda de jeans que habían recortado de la revista.

—¿Te caíste de cabeza, hija?

Evité rodar los ojos, sabiendo que mi mamá se iba a enojar si lo hacía.

—Les quiero presentar a Santino Velázquez— tiré de él hacia delante, colocándolo a mi lado para poder rodear su cintura con uno de mis brazos— Mi novio.

Santino se tensó, bajando la cabeza para poder verme. Poco a poco me mostró su mejor sonrisa, esa que le iluminaba toda la cara. Estaba contento. Y por una vez me sentí una buena novia, porque sabía que le había dado algo que había pedido desde un principio; sinceridad con todos.

Besó suavemente mis labios, apenas un segundo, para volver a concentrarse en mis papás. Ellos intercambiaron una de esas miradas con las que parecían hablar sin tener que abrir la boca. El primero en reaccionar fue mi papá.

—¡Iba siendo hora!

¿Eh?

Se acercó a nosotros, rodeándonos a los dos con sus brazos.

—¡Al fin llegó el día!— gritó mamá, aplaudiendo en el lugar.

Miré a Santino sobre el hombro de mi papá. Alzó una de sus cejas, encogiéndose levemente de hombros. Básicamente tampoco tenía idea de lo que estaba pasando, pero claramente estaba feliz con habérselo contado a mis papás. Su sonrisa lo decía todo.

¿Tanto le había pesado mantenerlo a escondidas?

Papá nos soltó, palmeando el brazo de Santi. Este último entrelazó nuestros dedos con rapidez y naturalidad, dándome un suave apretón.

—Me alegró por ustedes.

Señaló la mesa, indicando que nos sentáramos, cosa que hicimos. Uno junto al otro, justo frente a mis papás. Empezamos a comer, entre preguntas y más preguntas de mis papás. Santino contestó todas y cada una de ellas sin dejar de sonreír, mirándome varias veces con un brillo especial en los ojos.

—Solo espero que se esten cuidando, son muy jóvenes para ser padres. Y yo no tengo ni una arruga para ser abuela.

Me atraganté con el agua, tosiendo como una desquiciada. Mi novio palmeó mi espalda, intentando calmar mi ataque entre risas y miradas preocupadas.

Me rindoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora