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Un último beso... antes de dormir.

Lan Huan y Jiang Cheng duermen en la habitación del maestro de música, seguramente hechos un ovillo debajo de las sábanas después de una de esas sesiones de sexo vainilla y cariñoso de las que tanto le gustan a Lan Huan para alternar con las noches más intensas. Luego Jiang Cheng querrá darle una patada en el culo, porque su versión de sexo tranquilito es de todo menos tranquilito, y aunque le encanta al día siguiente siempre tiene más agujetas que después de una sesión de cardio en el gimnasio. 

Por el silencio que inunda el piso, llevan ya media hora como mínimo durmiendo. Meng Yao y Nie MingJue, siguen en pie.

O quizá en pie no sea la palabra correcta, porque están tumbados. Más o menos.

Nie MingJue está tumbado, eso es un hecho. Y que tiene a Meng Yao encima, entre sentado y tirado sobre sus caderas, también. De vez en cuando su miembro se desliza entre los muslos del ayudante de doctor, pero pasa poco, y solo cuando echa el culo hacia atrás para buscarle. Se restriega contra su cuerpo mientras le come la boca como si siguiera hambriento, a pesar de que debe haber pasado ya por tres orgasmos, como su novio abogado.

A veces le da por pensar que Meng Yao es tan insaciable como Lan Huan —que cuando se excita es toda una bestia—. Tendría razón, pero si hiciera esa valoración en voz alta su novio lo negaría todo. Siempre lo hace, como si no quisiera aceptar su propio deseo sexual por algún motivo desconocido. O como si se avergonzase de sí mismo y de sus deseos, los mismos que a veces hay que sacarle con un interrogatorio.

Deberían hablar de eso... algún día. Hoy no es el momento. Hoy, esta noche, Nie MingJue tiene que concentrarse en recuperar el aliento mientras sujeta a Meng Yao por las caderas para que se quede quietecito.

-Parece que me estás pidiendo -jadea Nie MingJue contra la boca ajena cuando se separan, porque está jadeando. Esos besos tan ansiosos, tan sedientos, siempre le dejan sin aliento. Y siempre le encantan- que te folle otra vez, A-Yao.

Meng Yao se estremece cuando escucha su nombre así, acortado con ese deje cariñoso pero grave. Como se han llevado mal desde que se conocieron (y a la vez se han visto atraídos el uno hacia el otro desde ese mismo primer momento) oírse así en esa boca le provoca escalofríos, porque ese es el mismo tono que usa para nombrar a Lan Huan o a Jiang Cheng. Siempre lo hace cuando Nie MingJue lo pronuncia, pero esta vez incluso tiene que morderse los labios para acallar un gemido. El abogado nunca dirige la vista hacia abajo —sus ojos, su carita contorsionada en un intento de disimulo barato, es sin duda mil veces más interesante que lo que sabe que va a encontrarse— pero una de sus manos sí que desciende. Como se lo esperaba, Meng Yao está erecto... otra vez.

No sabe si debería preocuparse, pero por cómo es incapaz de no gemir cuando rodea su longitud con la mano —con esos ojazos húmedos por el placer y las ganas que siente— decide que no. Rara es la vez que se le ve tan dispuesto a solo disfrutar del sexo, así que Nie MingJue no va a ser el que le ponga las cosas difíciles. No hoy.

Aunque ninguno de los cuatro está mal dotado, dadas sus proporciones cuando Nie MingJue y Meng Yao se acuestan a solas las diferencias son más que evidentes. Después de todo, el abogado mide dos metros, es grande como un armario y todo su cuerpo ha evolucionado en consonancia. También su pene, cuyo tamaño Jiang Cheng declara adorar cuando se ha desinhibido del todo al tercer orgasmo. Sin embargo, MingJue se pregunta si su segundo novio se sentirá incómodo al respecto, si quizá por eso últimamente no follan solo los dos tanto como antes, o es solo que la mudanza ha sido una época turbulenta en sus vidas compartidas ahora a cuatro. En comparación, Meng Yao parece pequeño. No lo es y además el uso que le da a su pene suele ser certero y demoledor. Da igual cómo, sabe hacerlo y se le da muy bien, tanto que parece que tiene un don. Como Jiang Cheng para las mamadas o Lan Huan para los mimos.

En cualquier caso, este tema de los tamaños también se aplica con los de sus manos, por eso Meng Yao gime tanto. Porque una de las enormes manazas de Nie MingJue es capaz de abarcar toda la longitud de su miembro, y porque con el pulgar el muy cabrón se dedica a frotarle la punta, a dibujar círculos sobre él y, en general, a volverle loco. Así que, como es lo único que puede hacer, el ayudante de doctor se inclina sobre el rostro de su novio —los ojos llenos de unas lágrimas que no piensa admitir— y le besa con la boca abierta.

Otra vez.

Una y otra y otra vez.

En todas se promete que será la última... ninguna lo es.

Ni siquiera (y eso que ha conseguido hilar sus pensamientos con una habilidad asombrosa teniendo en cuenta sus circunstancias) es el último cuando, a base de masturbarle, Nie MingJue le hace llegar a su cuarto orgasmo. Apenas eyacula, porque no puede, pero siente el placer vibrando por todo su cuerpo, por debajo de su piel, dejándole la mente en blanco con ese necesario descanso que se le hace más fácil de alcanzar cuando se acuesta con sus novios. Le deja temblando, y se derrumba contra el enorme pecho del abogado. Podría dormir ahí encima... y lo más probable es que lo haga. 

O no, porque se resbala y acaba cayendo hasta la cama. Pero da igual, porque Nie MingJue lo envuelve en uno de sus abrazos de oso y le besa otra vez. Ese tampoco es el último.

-¿Satisfecho? -Murmura con voz ronca contra sus labios. Como Meng Yao se da cuenta (a duras penas, eso sí) de que no puede evitar sonreír, extasiado, no se molesta en intentar fingir y asiente. Esa sonrisa casi ácida, esto lo piensa Nie MingJue, le queda mejor que la docilidad falsa que siempre finge-. ¿O quieres más?

-No sueñes. No soy un adicto como A-Cheng y Er-ge.

-No me ha dado esa impresión hace cinco minutos.

-Hace cinco minutos tenía un calentón. -Le rebate, entreabriendo los ojos y besándole-. Vale ya. A dormir.

-Eso dije yo después del segundo orgasmo, y aquí seguimos. Te pones a besarme y no paras.

Meng Yao le mira, y en la oscuridad de la habitación Nie MingJue la verdad es que no puede decidir si lo hace con instinto asesino o con cariño. Cuando hay luz tampoco.

-Es distinto.

-¿Por qué?

-Porque lo digo yo.

Nie MingJue frunce el ceño, pero se relaja por instinto en cuanto nota a su novio retorcerse entre sus brazos, estirarse para besarle. Y después, cuando lo tiene casi a la altura de sus labios, le escucha hablar.

-Bueno, venga, va, este ya es el último.

-Sabes que no, enano.

-Qué te calles y me beses, gigantón.

Y Nie MingJue, pese a sus ganas eternas de llevarle la contraria, lo hace. Al fin y al cabo, es una oportunidad para besarle otra vez, y eso no se desaprovecha. Solo espera(n) que no les dé la madrugada.

77 kisses [Mo Dao Zu Shi Fanfic]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora