34 - Returned from the dead

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Un beso para volver de entre los muertos.

Hay una razón muy sencilla por la que Lan Huan no bebe: sus tres novios no le dejan. Es una de las pocas cosas en las que están total y absolutamente de acuerdo, como en que le quieren con locura. Y justo por eso, porque adoran a ese tontorrón encantador, han llegado a esa conclusión. 

En realidad, Nie MingJue llegó a esa conclusión, la de que dejar beber a Lan Huan o a cualquiera con la horrorosa genética Lan es una terrible idea, hace mucho tiempo. De adolescentes, cuando en una de esas fiestas en la que los chavales con masculinidad y autoestima frágil beben cerveza para creerse maduros y hacerse los hombretones heteros de pelo en pecho que la sociedad cree que deben ser. Jiang Cheng y Meng Yao, por desgracia, no pudieron fiarse a tiempo de su palabra y necesitaron una demostración en vivo y en directo. Después de esa fiesta en la que nadie impidió que Lan Huan probase un sorbito de cerveza con limón, no les cabe duda. ¡Su novio no va a volver a beber! ¡Y punto!

Salvo que lo hace. O lo hizo. Una vez, la noche anterior al día de hoy, en una celebración a la que fue sin sus novios, pero sí con su hermano y su cuñado. Wei Ying quiso descubrir qué pasaba emborrachando a Lan Huan, y le dio a probar un cubata. Uno de esos dulces, de los que engañan porque no saben a alcohol y entran como agua. Y luego creyó que podría librarse de las consecuencias si se lo devolvía a sus novios a las cuatro de la mañana, cuando ya estuviesen dormidos. 

Wei Ying será un genio, pero peca de falta de atención al detalle. No tuvo en cuenta muchas cosas. Como, por ejemplo, que su cuñado borracho es uno de los seres más escandalosos del universo. O como que su hermanito es capaz de despertarse por cualquier cosa cuando está nervioso, como suele ocurrir todos los malditos días del doctorado. Y como no le despierten los mimos va a tener incluso peor humor de lo habitual. Así que la experiencia le sirve para refrescar la memoria y para descubrir no solo que Nie MingJue tiene tan malas pulgas como aparenta cuando se le despierta de madrugada, si no que también la memoria superdotada de Meng Yao le ha regalado un increíble repertorio de insultos, a cada cual más florido que el anterior.

En serio, cuando logra escapar —Jiang Cheng le tira varias zapatillas mientras huye hacia el ascensor, e incluso una bota con tacón de aguja que no sabe de dónde demonios habrá sacado, pero no es el momento de indagar en los fetiches de su hermanito, y eso lo sabe hasta él— está temblando solo por la ristra de improperios que acaba de oír. Nunca había escuchado nada parecido. ¡Ni siquiera de Yu ZiYuan, y esa mujer enseñó a su hijo a maldecir! 

A la mañana siguiente, Lan Huan se despierta como si tuviera un concierto de rock duro —uno de esos que tanto le gustan a Jiang Cheng— sonando a todo volumen en su cabeza y, tonto de él, se hubiera puesto en primera fila, al lado de los altavoces. Emite un quejido entre abochornado y agónico y levanta la cabeza para comprobar si está acompañado. No, se encuentra solo en el cuarto de Nie MingJue, la luz entra por las ventanas abiertas y hasta los ruidos embotados que vienen de la cocina (la conversación de sus tres novios y el rumor del microondas) hace que le duela la cabeza. Lloriquea y vuelve a enterrar la cama en la almohada, sin intenciones de levantarse. Ahora mismo, en realidad lo único que quiere es dormir.

O morirse. Tendría que haberle hecho caso a A-Cheng cuando le dijo que tuviera cuidado con Wei Ying.

En su defensa... ¡con la poca luz de la discoteca, ese cubata parecía un refresco! ¡Y sabía a refresco! ¡¿Quién imaginaría que no lo era?!

Cualquiera, A-Huan. Casi podía escuchar a su novio decírselo, con ese tono entre burlón y compasivo suyo que ponía cuando algo le resultaba patético.

Lan Huan es un ser activo. Nunca se queda en la cama mucho rato, le gusta hacer ejercicio justo al levantarse y luego desayunar algo nutritivo. Es una persona sana, responsable... la personificación del adulto saludable con una buena vida. Sin embargo, hoy ese Lan Huan está muerto. Sí, sí, muerto y enterrado. El Lan Huan de hoy, el desastre resacoso que maldice toda su existencia y jura no volver a probar una gota de alcohol, solo quiere esconderse debajo de las mantas y no salir en, por lo menos, dos semanas. Ese le parece un tiempo más que apropiado para dormir y recuperarse de esta terrible humillación. Por desgracia, no puede. Mañana es lunes, los niños tienen clase y en el cole no aceptarán que "se quiere morir" como justificación para que falte. Ojalá lo hicieran.

Desde la cocina, sigue oyendo las voces embotadas de sus novios. A veces —ahora— desearía no tener tan buen oído. Ni estar en el cuarto de Nie MingJue, que es el más cercano a la cocina. Jura que esos tres ni siquiera están hablando en voz alta, o no mucho, pero aun así los oye, y le molesta. Cuando el microondas pita para avisar de que el tiempo se ha acabado, Lan Huan gime dolorido, frunce el ceño ante el bombeo infernal que ataca su cerebro y esconde la cabeza debajo de la larga almohada embutida en una funda de rayas grises y verdes que juraría que ha visto en sus sueños en forma de túnicas. Después, lloriquea mientras aprieta dicha almohada contra su cabeza, esperando inútilmente que bloquee el dolor. No lo hace, aunque sí que le evita oír los pasos de alguien acercándose que resuenan contra el suelo o la puerta al abrirse.

Lan Huan se queda así, escondido como un niño con una rabieta, un rato que le parece eterno, pero que en realidad no dura más que un par de minutos. Hay alguien más en el cuarto. Parte de él —¡su dolor de cabeza!— lo sabe, pero no quiere mostrar la cara y enfrentarse a ninguno de sus novios en este estado lamentable y justo después de haber hecho lo que les prometió que no iba a hacer. Así que en lugar de eso se queda así, disfrutando de la semi oscuridad de debajo de la almohada y el frescor de las sábanas lavadas hace poco contra su mejilla. Hasta que de pronto, una mano de dedos húmedos se pasea por su antebrazo al descubierto y le provoca un escalofrío. Y a su vez ese escalofrío (el movimiento involuntario de algunos músculos, más bien) acentúa su dolor de cabeza. Gimotea, pero se obliga a levantar la vista. La luz repentina le ciega y hace que le duela todavía más todo, pero no le impide reconocer a la figura que tiene arrodillada al lado de la cama, frente a su cara.

-¿A... Cheng? -Murmura con un tono de voz rasposo, como si acabase de salir del infierno.

-Aunque es verdad que en algún momento debías descubrir lo que es una verdadera resaca, esperaba que no lo hicieras. -Comenta Jiang Cheng a modo de saludo (en efecto mientras le mira con ese gesto del que Lan Huan no sabe muy bien si se está compadeciendo o riendo de él) pero con la voz no demasiado alta, como si supiera que cualquier sonido puede hacerle ver las estrellas. Lo sabe, por supuesto. Después de todo, Jiang Cheng tiene sobrada experiencia en emborracharse con su hermano-. ¿Cómo te sientes?

-Como si alguien me estuviera pisando la cabeza... -Lloriquea, acurrucándose en su dirección en busca de mimos. Y algo consigue, porque su novio le acaricia el pelo con cuidado-. Y como si tuviera agujas clavadas. Y siento la lengua rara, A-Cheng.

-Es lo normal. -Murmura en respuesta, retirándole mechones despeinados de la frente-. Te sentirás mejor después de comer algo y de lavarte los dientes. Una buena ducha también te ayudará.

-No quiero...

Su novio enarca ambas cejas con un deje peleón, que es lo que suele hacer cuando le llevan la contraria. Sin embargo, en lugar de discutir con él —Lan Huan se habría echado a llorar en ese caso, y sospecha que Jiang Cheng lo sabe— termina de retirarle el pelo de la cara con un toque gentil. Después se inclina y le besa la sien. Baja sin despegar los labios hasta su pómulo, y luego captura sus labios en un beso suave, cálido y cariñoso, uno que ni siquiera es demandante y que sabe a café. Lan Huan gime debajo, porque no sabe si la cabeza le duele más o menos por su culpa, pero le encanta que le besen así. Y vuelve a gemir cuando su novio se aparta y se levanta, su silueta ocultando el molesto sol que se cuela por la ventana.

-Vamos. -Le pica Jiang Cheng, todavía con esa media sonrisa suya presente-. Te hemos hecho el desayuno. Y hay un ibuprofeno esperándote.

Y la verdad es que esa es una oferta tentadora, así que no le queda otra que arrastrarse desde debajo de las sábanas. De todas formas, volverá a meterse en la cama después. 

77 kisses [Mo Dao Zu Shi Fanfic]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora