30 - Full moon

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Un beso bajo la luna llena.

Nie MingJue y Jiang Cheng son dos culos inquietos. Lo han sido y lo serán siempre, y llegados a este punto a sus dos novios ya ni siquiera les extraña que pasen casi más tiempo fuera que dentro de casa ni que les vengan con planes nuevos cada semana. Cuando no están trabajando/estudiando (o follando) están haciendo algo. Y a veces sus novios se unen a ellos y a veces no.

Esta noche, por ejemplo, no.

Después de una cita bastante clásica para su gusto —por mucho que Meng Yao sostenga que, de hecho, por una vez está bien hacer algo convencional en vez de irse a lanzar hachas, de senderismo o ver quién traga más picante— la de cena y cine, pasean por un bonito parque que les queda cerca de casa cogidos de la mano. Los dedos del uno se entrelazan con los del otro, y si de repente Jiang Cheng los estruja Nie MingJue responderá pasándole un pulgar cariñoso por los nudillos. Están disfrutando de su tiempo juntos y a solas de la forma más relajada que se les ha ocurrido, porque en el fondo ambos lo necesitaban. Y aunque no sea su plan más original (pocas cosas pueden superar su cita de la escalada en una montaña y rafting, de todas formas) están viviendo cada segundo mientras caminan bajo las anchas copas de los árboles.

De vez en cuando, la luna resplandece por entre las hojas.

-¿Qué te apuestas -comienza Jiang Cheng con un cierto tonito divertido según caminan. Puede que esté un poco más feliz de lo habitual, porque han cenado en un italiano y se ha llevado más de media botella de vino tinto por delante él solo-, a que cuando lleguemos Lan Huan y Meng Yao se han quedado dormidos viendo una de esas comedias románticas malas de las suyas?

-¿Las que aprovechan a ver cuando no estamos?

-Esas. -Afirma el doctorando con una media sonrisa burlona-. ¿Deberíamos sentirnos ofendidos?

-Bueno, son su secreto. -Nie MingJue se encoge de hombros, y esta vez es él quién aprieta la mano de su pareja-. Además, no saben que lo sabemos.

-Pero lo sabemos. Y Meng Yao sabe que sabemos que lo sabe.

-Creo que me he perdido.

-Da igual. -Jiang Cheng desecha esa especie de trabalenguas con un gesto de la muñeca libre-. Que no es tonto.

-A-Huan tampoco.

-Ya, pero es más despistado, y Meng Yao se fija en todo. Seguro que se ha dado cuenta de que no son las hadas quiénes apagan la tele y les llevan de vuelta a la cama cuando se quedan dormidos.

-Ahí tienes razón.

-Pues como siempre.

Nie MingJue enarca las cejas, pero su novio le ignora. Además, está sonriendo y es adorable cuando sonríe —como cuando hace tantas cosas— así que no piensa quejarse. Le encanta esa sonrisa. Aunque, por otra parte, como la de sus otros dos novios también.  Y nunca será capaz de decidir cuál le gusta más.

No es que quiera hacerlo de todas formas. Su romance no es una competición, algo que han ido aprendiendo con el tiempo.

Contentos (no ha sido una mala semana, se lo han pasado muy bien en su cita y además saben cómo ponerle la guinda en cuánto lleguen a casa y acuesten a Lan Huan y a Meng Yao) siguen paseando por el parque. Hay senderos, caminos más o menos asfaltados que se desdibujan debajo de las largas sombras de los árboles. De cuando en cuando, las farolas iluminan sus pasos para que no se pierdan por la parte más silvestre de la naturaleza urbana. En cuanto algo se parece en lo más mínimo a un bosque, saben que es zona de cruishing. Y aunque ellos no es que estén libres de pecado —sí, han follado en ese parque más veces de las que les gustaría admitir, con ellos y con sus otros dos novios. Una vez hasta se montaron una orgía al aire libre— hoy no les parece tan buena idea como otros días. Hoy el cuerpo les pide algo más íntimo, más romántico. Así que solo pasean. Pasean con lentitud juntos por esos caminos que se conocen como la palma de la mano y, al cabo de un tiempo, quién sabe si diez minutos o media hora, los árboles comienzan a espaciarse entre ellos. Les conducen hasta una plaza llena de fuentes y un mirador desde el que las puestas de sol siempre se vuelven especialmente hermosas. Ahora ya no hay sol que ver, pero la luna domina un firmamento lleno de estrellas, así que se acercan a la barandilla de todas formas. Bajo ellos, se extienden calles y calles, los tejados y las azoteas de una zona más baja de la ciudad. Los dos sonríen cuando se apoyan lado a lado en la barandilla de hierro negro.

Nie MingJue sabe que debería estar mirando la luna. Es primavera, casi verano, y hay una noche preciosa de luna llena, espectacular y brillante, de esas que parecen llenar todo el cielo. Sin embargo —y para sorpresa de absolutamente nadie— alguien le llama más la atención. Alguien que está ahí con él, a su vera, con una sonrisa pintada en los labios y unos ojos que ahora son todo un océano.

Le encanta mirarle. Y a Jiang Cheng le encanta que le miren así, con todo ese amor que a veces parece irreal. Como lo sabe, Nie MingJue no plantea detenerse ni por un segundo. En realidad, prefiere acariciar su mejilla y colocar uno de esos mechones rebeldes que suelen enmarcarle la cara detrás de la oreja derecha, la que tiene llena de piercings, dos aros en el cartílago, uno en el lóbulo y el industrial. Acaricia de pasada los abalorios metálicos, pero su interés no está en ellos... aunque le quedan de maravilla, cosa que Nie MingJue suele admitir con bastante facilidad. Pero hoy, ahora, en vez de detenerse a contemplarle deja que su mano se deslice en forma de caricia hasta colocarse en su nuca. Jiang Cheng —que desde hace unos segundos lo mira a él y no a la luna— esboza una de sus sonrisas de medio lado.

Es todo lo que necesita Nie MingJue para besarle. Y lo hace. Es lento, suave (por una vez) justo como esa noche de luna llena sobre ellos lo pide. Y Jiang Cheng le responde de la misma manera, intenso, pero dulce por el rastro del sabor que queda en sus labios, vino tinto y tiramisú. Sus labios se mueven con cuidado los unos sobre los del otro, sin llegar a más, como si tuvieran todo el tiempo del mundo para besarse. Como si el amanecer fuese a esperarles para llegar o como si los minutos no corrieran entre sus dedos. Respiran por la nariz en cuidadosos alientos entre toque y toque de sus labios, y así, su beso se extiende hasta que Jiang Cheng cruza las manos detrás de la cintura de su novio. Cuando se separan, sus frentes quedan juntas.

-¿Y eso? -Cuestiona Jiang Cheng en un suspiro.

-Me apetecía hacerlo.

-Ya veo. -Intercambian una sonrisa. La de Nie MingJue se hace todavía más amplia cuando siente cómo las puntas de sus narices se rozan-. Hazlo otra vez.

Y dicho y hecho.

77 kisses [Mo Dao Zu Shi Fanfic]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora