Cuando era niña mi mamá estaba siempre en casa, eso era algo obligatorio para ella y mi papá, quizá también para la sociedad, no lo sé. Lo que sé es que mi mamá crio a cinco hijos mientras mi papá trabajaba prácticamente todos los días. Siempre crecí pensando que el dinero escaseaba en mi casa, pero, la realidad es que nunca fue así, a mis papás no les faltaba dinero, tampoco nos sobraba, pero siempre crecimos bajo la creencia de que la austeridad era el camino al bien y para mis papás eso era algo importante. En la mente de mi familia, la religión y las normas sociales venían antes que cualquier cosa.
Mientras estaba en los brazos del hombre más deseado de España, recordé mi niñez, mi adolescencia y las veces en las que mi mamá me prohibió asistir a fiestas, salir con chicos de mi edad o tener novios, esas cosas enfurecían a Dios y era pecado. Toda mi vida giró en torno a no pecar, a tener a Dios feliz con mis decisiones y que mis vecinos y la comunidad en general vieran que yo era una buena persona, que merecía crecer y salir con un buen hombre que me cortejara por unos meses y pidiera mi mano para casarme con él y tener muchos hijos a quienes educar sobre Dios.
Dos de mis cinco hermanos ya habían cumplido su deber con mis padres, se habían casado y tenían dos hijos cada uno. Por orden de nacimiento, yo seguía de casarme y tener hijos desde hacía un par de años, pero me negaba a la idea. Quizá mi crianza había sido muy extrema y todo lo que se me educó que era un pecado ahora venía en un paquete con un enorme moño encima y me era imposible negarme a ello. Todo a lo que antes le tenía miedo por un castigo divino, ahora era para lo que vivía, como el dinero, los lujos, el sexo, el alcohol y el poder.
El pensamiento de lo anterior me hizo lanzar a Derek lejos, lo que ocasionó que el diera varios pasos en reversa y yo me estrellara contra la puerta que no había logrado abrir unos segundos atrás, cuando salté sobre él.
- Esto es pecado.
El deja vú que sentí al decir eso hizo que mi estómago doliera.
- ¿Qué?
La cara de Derek era una mezcla entre la confusión y el miedo.
- Eres mi cliente y tienes estrictamente prohibido acercarte nuevamente a mí... de esta forma... fuera del horario de trabajo.
Vi una sonrisa formarse en su cara y mi mente voló a todas las posibles razones por las que él podría estarse divirtiendo con algo que yo dije. Evalué mis palabras y noté un agujero en mis indicaciones, que podía ser la razón de su gesto.
- En cualquier horario. Esto nunca paso, Derek. Está muy mal. Te quiero físicamente lejos de mí, eres mi cliente y estás recién divorciado.
- Me he divorciado varias veces y eso no me impide hacer mi vida nuevamente.
- Por favor, escucha tus palabras. Soy tu abogada.
- También eras mi abogada hace cinco minutos, pero no pareció importarte.
- Vete a dormir –miré hacia abajo y me quedé mirando su entrepierna cuando algo me hizo detenerme-. También dúchate, con agua caliente.
Las manos me temblaban, pero hice todo lo que pude por abrir la puerta en segundos y cerrarla apenas estaba dentro. Me recargué en ella y me dediqué a respirar mientras evaluaba cada cosa que había sucedido en los últimos minutos. Mis sentidos parecían estar elevados, podía jurar que Derek seguía del otro lado de la puerta por qué no lo había escuchado irse.
El latido de mi corazón resonaba en mi oído mientras mi pecho subía y bajaba buscando tener un ritmo normal.
- Que descanses.
ESTÁS LEYENDO
Promesa de papel
Romance¿Cómo mierda Abigail Lorente, la abogada más brillante del Bufete, experta en divorcios, termina casada casi por accidente con uno de sus clientes? Peor aún, ¿Cómo logra un gilipolla, adinerado y tres veces divorciado, que me case con él? La respue...
