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0. Prólogo

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Caminé por la primera planta del edificio y me detuve en el elevador, había dos hombres esperándolo, ambos estaban vestidos con un traje negro y cargaban sus maletines. Parecían aburridos, manteniendo una vaga conversación sobre el trabajo y su fin de semana, sentí lástima por lo miserables que lucían, pero ese sentimiento se esfumó cuando el elevador se abrió de par en par y tuvimos que caminar dentro. Los dos hombres aprovecharon la distracción y la oportunidad para mirarme de arriba abajo, como un hambriento miraría la comida.

Por jodido que fuera lo anterior, no me era extraño, estaba acostumbrada a que me miraran de esa forma. Había estudiado toda mi vida, fui la primera de mi generación en la universidad y en mi postgrado solo para llegar al Bufete más importante de Barcelona a ser acosada de forma regular por los abogados de mierda con quienes compartía el edificio. Soporté como una campeona los cuarenta segundos que nos tomó llegar al cuarto piso. Cuando el pitido del elevador anunció la llegada, caminé sin mirar atrás y me enfoqué en llegar a mi oficina. Después de mi nada agradable encuentro con los hombres del elevador, ver a mi asistente con un traje impecable me daba una tranquilidad inimaginable, era mi gay favorito en el mundo y de lunes a sábado era todo mío por 9 horas.

- Buen día –Johnny se levantó de su asiento al verme entrar a la oficina y caminó a mi lado hasta llegar al escritorio.

- Buen día, Johnny. ¿Novedades?

- Tienes la reunión con el jefe y todos los del piso a las 9:00 a.m., después de eso debes llamar a tu clienta, la del Pomerania.

Intenté recordarla, pero no tenía idea. Me senté en mi silla y la jalé hasta acercar mi cuerpo al escritorio.

- La divorciaste hace un mes. El esposo le fue infiel con la mejor amiga, ella se quedó con la casa, una pensión de dos mil euros y ahora se están peleando al perro, quiere tu asesoría.

Bufé, era ridículo. El divorcio había sido largo, lo que menos necesitaba era estar peleando por un animal.

- Lo sé, yo pensé lo mismo –rodó los ojos y levantó sus hombros en derrota-. En fin, en medio día tienes una reunión, es un cliente nuevo. El jefe pidió que tu revises su caso y canceles todo, de ser necesario, para trabajar con él.

Respiré profundo, no cancelaría nada. Ese caso no podía ser tan difícil, yo podía con todo.

- Gracias Johnny.

- Lo que necesites –Cerró la tapa de su iPad y dio media vuelta para hacer una caminata digna de pasarela hacía su escritorio, fuera de mi oficina.

Convencer a mi clienta de no pelear por teléfono con su ex esposo por una rata peluda y costosa me llevó media hora. Al final, logré que accediera a cederme la negociación sobre el animal, eso era una ganancia, considerando que ella parecía disfrutar llamarlo para discutir.

- Johnny –pronuncié mientras salía de mi oficina, continuamente me parecía gracioso ver como él se levantaba de su asiento para seguirme en todo momento, siempre parecía estar listo.

Caminamos en silencio hasta la sala de juntas, donde estaban todos los abogados del piso, incluido mi jefe -y jefe de todos- el señor Hernández. Decir que adoraba a ese ser humano es poco, gracias a él pude llegar hasta ese Bufete y consolidar una carrera a mis veintiocho años sin tener que cogerme a hombres en el camino. El mundo laboral es un infierno para las mujeres y él parecía saberlo, me ayudó sin pedir nada inapropiado a cambio, gracias a él tuve mi primer caso de divorcio tres años atrás, desde ahí, mi vida cambió y las oportunidades se abrieron para mí en Madrid.

La reunión duró menos de una hora, en la que estuve intentando crujir mi espalda del cansancio, coloreé un mandala y respondí varios textos. En su mayoría, los temas de las reuniones eran los mismos que abordábamos en los correos y parecía repetitivo y estúpido repasarlos, pero seguían haciéndolo.

Promesa de papelHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora