13. El puto Elvis

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El agua de la ducha estaba helada, lo suficiente como para hacer que entrar en ella, los primeros segundos, se sintiera como un castigo. Cuando logré adecuarme a la temperatura, salté fuera y humecté mi piel. Era muy temprano aún, tenía tiempo de sobra para maquillarme y peinarme lo suficiente como para el día que nos esperaba. La realidad era que no sabía mucho de lo que haríamos ese día, solo que se trataba de un contrato de empleo y confidencialidad para una persona que se uniría al equipo de trabajo, gran parte de los proyectos de trabajo de Derek eran secretos y yo sabía todo de ellos hasta el día que se llevaban a cabo.

Pasé al menos un par de minutos atusando un mechón rubio a la altura de mi frente. Cuando logré acomodarlo, la idea del último trabajo que realizaría con Derek me abordó. Se suponía que, después de ese viaje, ya no pertenecería a su equipo, él me dejaría tranquila y yo regresaría a mi vida como la conocía. Ese pensamiento giró en mi cabeza por más tiempo del que me hubiera gustado, pero logré desecharlo cuando escuché el teléfono de la habitación timbrar.

- ¿Si?

- ¡Lorente! –la voz me causó cosquillas en el estómago, era Derek.

- Buen día, Derek. ¿Puedo ayudarte en algo?

- Eres la única despierta, todos estaban dormidos cuando los llamé. Ven a desayunar conmigo.

- ¿Dónde?

- En el penthouse. Tenemos que irnos en unas horas, no tiene mucho sentido salir. Quiero hablar contigo de algo.

Negarme era inútil. Además, me causaba mucha curiosidad ver el penthouse de ese hotel. Metí mi cuerpo en un pantalón negro y un blazer azul marino, aprobé mi elección de ropa en el espejo y caminé hasta el elevador. Llegar al último piso del hotel fue toda una travesía, la seguridad para aproximarse a Derek se había reforzado desde el día anterior.

Las puertas de la habitación se abrieron y el penthouse del Wynn brilló ante mí. Caminé al interior, sintiéndome en una película. El lugar era tan lujoso que sentía miedo de estar ahí, estaba segura que jamás en mi vida había estado en un lugar parecido. Era enorme, con cuadros coloridos, paredes muy altas, un bar lleno de bebidas y una sala de estar en tonos amarillo y blanco. Un cristal a lo largo de toda la pared proporcionaba una vista increíble a toda la ciudad.

- Llegaste –Derek apareció detrás de una puerta blanca que seguramente llevaba a su habitación, estaba usando un conjunto deportivo negro. ¿Cuánto tiempo tenía despierto?

- Hola, estaba casi lista cuando llamaste –me excusé, pensando que quizá había lucido bastante desesperada al llegar solo media hora después de su llamada-. ¿Dónde están los demás?

- Dormidos, supongo.

- ¿No vendrán?

- Desayunaremos solo tú y yo. Llamé a Héctor antes que, a ti, para preguntar la agenda del día, el resto del personal estaba dormido cuando él los llamo –se acercó y se sentó en uno de los sillones, yo imité su acción, seleccionando el sillón frente a él.

- Héctor no me llamó a mí. –La mesa de centro era tan bonita que captó mi atención al instante, el cristal brillaba y reflejaba los colores de la habitación.

- Le pedí que no lo hiciera –me miró, impasible-. Yo te explicaré la agenda y el trabajo de hoy.

- Claro, adelante.

- Pedí desayuno a la habitación, deben traerlo en cualquier momento, tengo hambre, supongo que tú también –se detuvo cuando se dio cuenta que yo no había dicho nada. Aclaró su garganta y continuó-. La agenda de hoy –elevó su voz como si esperara que sus palabras llamaran mi atención, funcionó-... está bastante saturada, tenemos que salir de aquí en dos horas, debemos estar en medio día en MGM para una reunión con un representante.

Promesa de papelHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora