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17. Volver a casa

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Abro el armario que comparto con mis dos hermanas, nuestra ropa no abunda, recorrer con la mirada el interior, desde la primera hasta la última prenda, solo me toma unos segundos.

- ¡Abigail! Deberías estar cambiada, es hora de biblia.

- Lo sé.

Puedo quejarme, llorar o hacer un berrinche digno de un bebé, pero no tiene sentido. María es mayor que yo por menos de tres años y eso la hace desarrollar un papel de protectora y capataz en casa. Ella jamás me dejaría faltar a la hora de biblia.

- Ya salgo –digo.

Ella me sonríe y sale de la habitación, dejándome sola con mi vista en el armario frente a mí. Mi cabello escurre agua, las gotas caen a mis pies descalzos y me dan un escalofrío que corre de mis dedos a mi talón. Tomo aire y lo saco en un suspiro mientras tomo uno de los vestidos color azul que cuelgan en el armario, solo cuento con 3 y un par de faldas de mezclilla.

Cepillo mi cabello, meto mi cuerpo en la prenda que llega hasta mis rodillas y salgo de mi habitación. Mi mamá tiene a mi hermano Sergio en sus brazos, él tiene cinco años, pero actúa como un bebé la mayoría del tiempo. Mamá dice que estamos obligados a querer a nuestros hermanos y entenderlos, aunque a veces sean tontos, esa palabra está prohibida, pero me gusta.

- Todos tomen su biblia –mi papá está con la vista fija en el libro frente a él.

Yo sigo a mis cuatro hermanos y nos sentamos en el suelo para ver a mi padre e imitar su acción mientras pasa cada una de las hojas hasta llegar a la página correcta. Mi mamá se sienta en uno de los sillones de la sala de estar y observa a mi papá con tanta atención como todos nosotros. Dios habla con mi papá, eso me han dicho, debemos hacer lo que él dice para ser salvados.

Mi papá comienza a hablar y leer el libro que he escuchado desde que nací. Mi cerebro se desconecta, como siempre lo hace, en algún momento de la historia e imagino lo bonito que sería no tener que leer la biblia por una hora todos los días, imagino que pasaría si pudiera usar lo que quisiera de ropa y salir a jugar a la calle. ¿Es un pecado desear eso a los diez años?

- Amén –mi mamá me dice al oído y me sobresalto, solo hasta ese momento entiendo que ella se movió del sillón en el que estaba hasta el suelo, junto a mí.

Siento un escalofrío recorrer mi espalda, estuve un rato distraída y olvidé responder después de cada afirmación, seguramente me castigarán, hice enojar a mamá, ella se lo dirá a papá y el a Dios. Espero a que papá termine de hablar y contesto a coro con mis hermanos:

- Amén.

Espero que eso sea suficiente para evitar el regaño y los golpes en el culo que me esperan por no estar atenta mientras todos rezan, pero sé que mi mamá no lo olvidará.

El movimiento del avión, debido a la turbulencia, me sacó de mis pensamientos más oscuros, recordando mi antigua vida.

Derek estaba dormido en el asiento, con Héctor a su lado, revisando su celular. Las últimas doce horas habían sido intensas, obtuvimos la fotografía perfecta para anunciar el compromiso ficticio y fui llevada a una de las habitaciones del penthouse para abrazar mis piernas y pasar la noche entera en vela, pensando en todo lo que había pasado. Apenas salió el sol, Héctor nos arrastró al aeropuerto para tomar el jet privado de Derek y regresar a España. Solo había tenido oportunidad de vestirme con un conjunto deportivo azul, no tenía ganas de nada más, sin mencionar que mi cerebro estaba seco de ideas.

Promesa de papelHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora